Los fichajes que prometieron gloria y se convirtieron en pesadilla

El fútbol recuerda con crueldad los errores que marcaron carreras enteras, como el de Predrag Spasić en el Camp Nou

El fútbol no es solo un juego. Es un espejo donde se reflejan emociones, esperanzas y frustraciones humanas. Como apuntó el periodista Enric González, cuando escribimos sobre este deporte escribimos sobre personas: sobre esos héroes de cortos pantalones que cargan con presiones descomunales, y sobre las masas que proyectan en ellos sus propios anhelos. Esta advertencia es necesaria porque cada traspaso, cada jugada fallida, cada ilusión rota tiene un rostro propio.

Todo aficionado guarda en su memoria un álbum de fichajes fallidos. No de estrellas que brillaron, sino de esos nombres que llegaron con el cartel de salvadores y se marcharon como parias. El periodista Miguel Gutiérrez dio forma literaria a este fenómeno en su obra Parecía un buen fichaje, donde desfilan los casos más sonados del balompié español. No es un ejercicio de crueldad, sino de memoria colectiva. Una constatación incómoda: el fútbol está lleno de decisiones que salen mal.

La hemeroteca está repleta de ejemplos que el tiempo convirtió en chascarrillo. Está Edwin Congo, fichado por el Real Madrid tras una carta de un aficionado que juraba haber visto en él a un crack. O el marfileño Serge Alain Maguy, que desembarcó en el Atlético de Jesús Gil para vivir cuatro meses de caos con cuatro técnicos diferentes. También Stan Collymore, que llegó al Oviedo con el bagaje de haber sido el traspaso más caro de la Premier, pero solo duró 34 días. Y no podemos olvidar los millones que el Barcelona, tan fiel a su cantera, dilapidó en Dehu, Rochemback y Christanval.

Entre todos esos nombres, algunos noventeros resucitan: Romerito, el Tren Valencia, Robert Prosinečki y Renaldo (sí, el que decía ser como Ronaldo pero con 'e'). Pero hay un caso que trasciende por su tragicomedia visual y su impacto emocional: Predrag Spasić.

El central serbio aterrizó en el Real Madrid en 1990 con la carta de especialista en marca. Alto, robusto, con aire de jerarca defensivo. Sin embargo, una sola jugada el 19 de enero de 1991 le convirtió en mito del barcelonismo. Fue en un Camp Nou gris y bajo. El partido transcurría con normalidad: Laudrup había adelantado a los locales y Butragueño había empatado. En el minuto 62, un córner inocente cambió todo.

El balón flotó en el área madridista. Jaro, el portero, no acertó a despejar. Spasić, en un acto reflejo desafortunado, cabeceó hacia atrás. La pelota entró suave, casi con vergüenza, en su propia portería. El estadio explotó en un clamor que mezclaba la alegría con la compasión. Allí estaba Spasić, arrodillado en el césped, congelado en el tiempo, mientras Alexanco le daba una palmadita en la mejilla que parecía más un gesto de piedad que de consuelo. En un instante, una carrera prometedora quedó definida por el error.

De la gloria del fichaje a los infiernos del recuerdo. Así funciona el fútbol. La memoria del aficionado es selectiva y cruel. Retiene con nitidez los fallos, los ridiculiza, los convierte en meme eterno. Los buenos momentos, en cambio, se desvanecen con rapidez. Los fichajes de verano llegan con montajes de jugadas imposibles, con promesas de títulos y alegrías. Pero basta un error en un partido clave para que todo eso se desvanezca.

Spasić no fue un mal defensa. Fue un futbolista profesional que tuvo la mala suerte de que su peor momento ocurriera en el escenario más grande. Ese día en el Camp Nou no solo perdió un partido; perdió el control de su propia narrativa. A partir de entonces, su nombre sería sinónimo de autogol fatídico. Los aficionados del Barcelona lo recordarían con cariño, los del Madrid con estupor, y el resto del mundo futbolero como ejemplo de cómo una fracción de segundo puede borrar años de trabajo.

Esta dinámica no es exclusiva del fútbol español. En cada liga, en cada país, existen los Spasić locales. Jugadores que llegaron como salvadores y se fueron como villanos sin intención. La presión mediática, las expectativas desmesuradas y la naturaleza impredecible del deporte crean una tormenta perfecta donde el fracaso es más memorable que el éxito.

El libro de Gutiérrez no busca el ensañamiento, sino la comprensión. Cada nombre que aparece en sus páginas representa una lección sobre la volatilidad del éxito deportivo. Edwin Congo no pidió que un aficionado escribiera por él. Maguy no eligió que Jesús Gil cambiara de entrenador cada mes. Spasić no quiso marcar en propia. Son víctimas de un sistema que glorifica el triunfo y castiga sin piedad el error.

Al final, el fútbol es un negocio de emociones. Y las emociones negativas, las frustraciones, los chascos, suelen grabarse con más fuerza. El aficionado necesita referentes, necesita héroes, pero también necesita cortafuegos emocionales. Los fichajes fallidos son eso: una forma de canalizar la decepción, de encontrar culpables ajenos a la propia existencia.

Spasić se retiró en 1995, pero su error sigue vivo. Cada vez que un defensa cabecea en propia, cada vez que un fichaje caro fracasa, su fantasma reaparece. No como advertencia, sino como recordatorio de que el fútbol es, sobre todo, humano. Y en lo humano, los errores definen tanto como los aciertos, a veces más.

Por eso, cuando evaluamos un traspaso, cuando juzgamos a un jugador por un mal partido, deberíamos recordar a Spasić arrodillado en el césped. Deberíamos recordar que detrás de cada error hay una persona, una carrera, una vida. El fútbol olvida rápido los buenos momentos, pero los errores perduran en el imaginario colectivo. Es una injusticia, pero es la naturaleza de este deporte que tanto amamos y odiamos a la vez.

Referencias

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