La figura de Nick Kyrgios vuelve a generar controversia en el mundo del tenis. A pocas semanas del Open de Australia (18 enero-1 febrero), el tenista australiano se encuentra en el centro de un debate que divide a la comunidad deportiva: ¿merece el excentrico jugador una invitación para disputar el primer Grand Slam de la temporada? La pregunta cobra especial relevancia tras su reciente actuación en Brisbane, donde una oportunidad de wild card se desvaneció con una temprana eliminación.
El número 670 del ranking ATP, que cumplió 30 años recientemente, sucumbió en su debut ante el estadounidense Aleksandar Kovacevic (58º mundial) por un contundente 6-3 y 6-4. Un resultado que no hace más que alimentar las dudas sobre su nivel actual, especialmente cuando cinco de las ocho invitaciones disponibles para Melbourne Park ya han sido adjudicadas y su nombre no figuraba entre los elegidos.
La trayectoria reciente de Kyrgios dibuja un panorama complejo. Su último compromiso oficial data del Masters 1.000 de Miami en marzo de 2025, donde las molestias en su muñeca le obligaron a abandonar la competición. Desde entonces, el silencio competitivo solo se vio interrumpido por un exhibición de dudoso sabor: la polémica 'Batalla de los Sexos' contra Aryna Sabalenka, un espectáculo más orientado al entretenimiento que a la competición seria.
Los problemas físicos han sido la constante en su carrera. El propio jugador lo reconoce sin ambages: "Me reconstruyeron la muñeca y me operaron dos veces la rodilla". Una realidad que comparte con otros talentos malogradas por las lesiones, como Thanasi Kokkinakis, Juan Martín del Potro, Dominic Thiem o Kei Nishikori. "Si analizamos a estos jugadores que llegaron a competir por Grand Slams, vemos que hay partes del cuerpo que simplemente fallan", reflexionó tras su derrota en Brisbane.
El australiano, que llegó a ser la gran esperanza de su país, especialmente tras alcanzar la final de Wimbledon 2022, ha visto cómo el caos y la inconsistencia han eclipsado su indiscutible talento. En su palmarés figuran siete títulos ATP, un bagaje que, lejos de crecer, amenaza con estancarse definitivamente.
La confesión más impactante llega cuando evoca su mejor momento: "Hubo un tiempo, en 2022 o cuando conquistaba varios títulos al año, en el que tenía una especie de delirio: creía ser el mejor del mundo". Una frase que resume la mentalidad de un jugador que, en su cima, se sentía invencible. "Cuando estás en la cima del deporte, realmente pensaba que era invencible. Salía a la pista convencido de que nadie podía derrotarme", rememora.
Esa aura de campeón, incluso inconsciente, ha desaparecido por completo. La realidad actual es mucho más cruda y desalentadora. "A veces me cuesta incluso salir a entrenar, y eso no es fácil de asumir", admite con una sinceridad que sorprende. El declive mental es tan evidente como el físico.
La motivación que le mantiene en activo también ha cambiado radicalmente. Lejos de la ambición de conquistar títulos mayores, su objetivo parece haberse desplazado hacia lo económico. "Si continúo jugando, es para ganar dinero", reconoció sin tapujos, una declaración que pone en cuestión su compromiso con la competición de élite.
El contexto es demoledor. Kyrgios no solo debe luchar contra su cuerpo, que le ha traicionado en múltiples ocasiones, sino también contra la sombra de su propio pasado. La comparación con otros jugadores que sufrieron lesiones graves pero mantuvieron su nivel competitivo resalta su situación. Mientras Del Potro luchó hasta el final con honor, o Thiem busca resurgir de sus problemas, el australiano parece haber perdido la chispa que le hizo especial.
El debate sobre su presencia en el Open de Australia no es solo técnico, sino también simbólico. ¿Debe un torneo de Grand Slam premiar con una invitación a un jugador cuya motivación principal es financiera y cuyo nivel no garantiza competitividad? La decisión de los organizadores de no incluirlo en las primeras cinco wild cards envía un mensaje claro: el mérito deportivo prima sobre el nombre.
La situación de Kyrgios plantea interrogantes sobre la gestión de la carrera de los talentos explosivos. Su caso no es único, pero sí especialmente llamativo por el contraste entre su potencial y su realidad. El tenis australiano, que una vez puso en él sus esperanzas de gloria, ahora contempla con preocupación cómo su estrella más mediática se desvanece sin haber alcanzado su techo.
Mientras tanto, el reloj del circuito no se detiene. Los nuevos talentos emergen, los veteranos consolidan su legado y Kyrgios permanece en un limbo competitivo, aferrado quizás a una fama que ya no se traduce en resultados. Su confesión sobre el "delirio" de grandeza sirve como epitafio prematuro de una carrera que prometió mucho más de lo que finalmente ha entregado.
El futuro inmediato del australiano es incierto. Sin invitación confirmada para Melbourne, con un ranking que le obligaría a pasar por la fase previa y una motivación cuestionable, todo apunta a que su presencia en el primer Grand Slam del año será testimonial, si es que finalmente existe. El tiempo dirá si este es el ocaso definitivo de uno de los talentos más controvertidos y carismáticos de la última década del tenis mundial.