La promesa de "América Primero" que Donald Trump proclamó en su discurso inaugural de 2017 resonó como un mantra entre sus seguidores. Aquel 20 de enero, el nuevo presidente de Estados Unidos dejaba claro que su administración priorizaría los asuntos internos por encima de cualquier compromiso exterior. Sin embargo, la reciente operación militar en Venezuela y la captura de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores han desatado una crisis de identidad dentro del propio movimiento que llevó a Trump al poder.
El presidente anunció este sábado, en una rueda de prensa que captó la atención mundial, que Estados Unidos asumiría el control directo de Venezuela durante un proceso de transición política. Las declaraciones, en las que no descartó un despliegue de tropas sobre el terreno, llegan en un momento de tensión ideológica creciente. Según la última encuesta de Gallup, el 28% de los ciudadanos estadounidenses identifica la economía y la inflación como el principal problema del país, seguido de cerca por el 26% que señala al propio Gobierno y el 19% que menciona la inmigración.
La fractura interna del movimiento MAGA se ha hecho visible de manera espectacular. Marjorie Taylor Greene, la representante republicana por Georgia y una de las figuras más influyentes y controvertidas del trumpismo, ha liderado las críticas contra la intervención. Su descontento no es menor: Greene anunció que este lunes renunciará a su cargo, tras un desencuentro directo con Trump por la gestión del 'caso Epstein', pero su oposición a la operación venezolana tiene raíces ideológicas más profundas.
En una publicación en la red social X que rápidamente se viralizó, Greene expuso su argumento con contundencia: "El cambio de régimen, la financiación de guerras en el extranjero y el constante desvío del dinero de los contribuyentes estadounidenses hacia causas extranjeras, tanto nacionales como internacionales, y hacia gobiernos extranjeros, mientras los estadounidenses se enfrentan constantemente al aumento del coste de la vida, la vivienda y la atención médica, y se enteran de estafas y fraudes relacionados con sus impuestos, es lo que enfurece a la mayoría de los estadounidenses".
El desencanto de la base queda patente en la conclusión de su mensaje: "Esto es lo que muchos en MAGA pensaron que votaron para poner fin. ¡Qué equivocados estábamos!". La congresista cuestionó además la coherencia de la operación: si el argumento para intervenir en Venezuela es "salvar vidas" combatiendo el tráfico de drogas, ¿por qué la Administración Trump no ha tomado acciones equivalentes contra los poderosos cárteles mexicanos?
El comentarista ultraconservador Tucker Carlson, quien recientemente ha caído en desgracia en el entorno de Trump, también ha criticado la captura de Maduro. Su voz, aunque ahora más distante del núcleo del poder, sigue teniendo peso entre la base trumpista y su cuestionamiento refuerza la percepción de una contradicción fundamental.
El contexto de las prioridades estadounidenses no puede ser más claro. Durante meses, Trump ha centrado su agenda en negociaciones internacionales para poner fin a conflictos en Ucrania y Oriente Medio. Pero mientras el presidente juega al ajedrez geopolítico, sus seguidores le recuerdan que las preocupaciones en casa son urgentes y tangibles. La inflación que erosiona el poder adquisitivo, la crisis de acceso a la vivienda, el colapso de la atención médica asequible y la percepción de que el propio Gobierno es parte del problema dominan el debate ciudadano.
La doctrina "América Primero" en crisis plantea un dilema existencial para el trumpismo. Si la intervención en Venezuela se consolida como precedente, ¿qué diferencia realmente a esta administración de los republicanos neoconservadores que el MAGA prometía dejar atrás? La promesa de no involucrarse en "guerras eternas" y de devolver los recursos a los ciudadanos parece desvanecerse ante la posibilidad de un nuevo compromiso militar en América Latina.
La operación venezolana no solo cuestiona la coherencia ideológica del trumpismo, sino que también expone las fracturas en una base que, pese a su lealtad inquebrantable hasta ahora, empieza a cuestionar si su líder ha abandonado los principios que le llevaron a la Casa Blanca. La captura de un dictador socialista puede resultar popular en abstracto, pero no cuando el precio parece ser el desvío de recursos de problemas domésticos urgentes.
El futuro del movimiento parece incierto si estas divisiones se profundizan. Trump ha construido su marca política en escuchar a su base, pero ahora esa misma base le acusa de traicionar su mandato. La pregunta no es solo sobre Venezuela, sino sobre qué significa realmente "América Primero" en la práctica. ¿Es una doctrina de no intervención o una justificación para intervenciones selectivas?
Mientras tanto, la administración insiste en que la operación fue un éxito y que estaban preparados para una "segunda oleada" de ataques. Pero en los foros digitales y los círculos conservadores, el debate ya no es sobre la efectividad militar, sino sobre la identidad misma del trumpismo. Y en esa batalla por el alma del movimiento, Trump puede haber encontrado su desafío más complejo: el de sus propios seguidores más radicales.
La tensión entre la política exterior intervencionista y las demandas de una base que exige foco interno define un momento crítico. Si Trump no logra reconciliar estas contradicciones, el movimiento que transformó la política estadounidense podría enfrentar su mayor crisis de legitimidad interna. La operación en Venezuela, lejos de unificar, ha abierto una grieta que amenaza con expandirse.
Los analistas políticos señalan que esta no es una división menor. El núcleo duro del MAGA, compuesto por votantes que vieron en Trump una alternativa al intervencionismo de las élites republicanas tradicionales, ahora se siente traicionado. Las redes sociales conservadoras arden con debates sobre si el presidente ha sucumbido al "establishment" que tanto criticó.
El legado de una promesa está en juego. Trump llegó a la Casa Blanca prometiendo terminar con el gasto militar sin fin, con las "guerras de nación construida" y con la agenda globalista. Venezuela parece contradecir cada uno de esos pilares. La pregunta que muchos se hacen es si esta es una anomalía o el comienzo de una nueva fase del trumpismo, más convencional y menos revolucionario.
Para el electorado medio que apoyó a Trump en 2024, la ecuación es simple: cada dólar gastado en Caracas es un dólar que no se invierte en Ohio, Pennsylvania o Michigan. Cada soldado desplegado en Venezuela es un recurso que no se usa para combatir la crisis de opioides en las zonas rurales o para fortalecer la frontera sur.
El reto de la coherencia es monumental. Trump debe demostrar que puede ser duro con los enemigos externos sin traicionar el compromiso con los problemas internos. La captura de Maduro, presentada como una victoria contra el socialismo, no resuena igual cuando los supermercados estadounidenses siguen sin poder ofrecer precios asequibles y los hospitales rurales cierran sus puertas.
El movimiento MAGA, construido sobre la idea de un líder que escuchaba a los "olvidados", ahora se pregunta si su campeón se ha olvidado de ellos. La grieta que la operación venezolana ha abierto no es solo sobre política exterior; es sobre la esencia misma de una revolución política que prometía poner a Estados Unidos, literalmente, primero.