El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha reactivado de manera contundente su interés por adquirir Groenlandia, la vasta isla autónoma perteneciente al Reino de Dinamarca. Esta vez, la propuesta cuenta con el respaldo explícito de su administración, que ya trabaja en un plan concreto para hacer realidad esta ambiciosa pretensión territorial que ha despertado rechazo unánime en Europa.
El secretario de Estado, Marco Rubio, confirmó la existencia de este plan durante una reunión informativa celebrada el pasado lunes con miembros destacados de los comités de Fuerzas Armadas y Política Exterior del Congreso estadounidense. Aunque el encuentro tenía como objetivo principal analizar la situación en Venezuela, varios legisladores aprovecharon para cuestionar al alto funcionario sobre las repetidas declaraciones del mandatario respecto a Groenlandia, un tema que ha generado creciente inquietud en los círculos diplomáticos internacionales.
El plan en desarrollo
Rubio reconoció ante los senadores que el equipo presidencial está elaborando una propuesta actualizada para abordar la situación de Groenlandia, aunque no profundizó en los detalles específicos de cómo funcionaría este mecanismo. La falta de concreción sobre el proceso no ha impedido que la Casa Blanca mantenga una postura firme y sin ambages sobre las herramientas disponibles para lograr el objetivo, incluyendo opciones que generan serias preocupaciones en el ámbito internacional.
En este sentido, la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, emitió un comunicado este martes donde dejó claro que la acción militar "siempre es una opción" sobre la mesa. Esta declaración llega después de que varios gobiernos europeos expresaran su rechazo frontal a las insinuaciones de Trump sobre la posibilidad de que Washington asuma el control de la isla más grande del planeta, un territorio con estatus autónomo pero bajo soberanía danesa.
"El presidente Trump ha sido muy claro en que la adquisición de Groenlandia es una prioridad de seguridad nacional de Estados Unidos, y es vital para disuadir a nuestros adversarios en la región ártica", afirmó Leavitt. Añadió que tanto el presidente como su equipo analizan "una gama de opciones" para alcanzar este "importante objetivo de política exterior", incluyendo el despliegue del ejército estadounidense si el comandante en jefe lo considera necesario.
Esta retórica belicista resulta llamativa, especialmente si se considera que figuras clave de la administración, como el enviado especial para Groenlandia y el subjefe de despacho Stephen Miller, habían sugerido previamente que probablemente no sería necesario recurrir a la fuerza armada para conseguir los propósitos de Washington. La contradicción interna en el seno de la administración refleja la complejidad y controversia que rodea esta iniciativa.
Rechazo unánime desde Europa
La postura estadounidense ha encontrado una respuesta contundente y unificada por parte de los líderes europeos. Groenlandia, un territorio extenso pero escasamente poblado que goza de autonomía dentro del Reino de Dinamarca, ha rechazado de manera tajante cualquier posibilidad de integrarse en Estados Unidos, reafirmando su derecho a la autodeterminación y su identidad propia.
La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, ha elevado el tono de la advertencia hasta niveles sin precedentes. En sus últimas declaraciones, Frederiksen advirtió que cualquier ataque estadounidense contra Groenlandia podría significar el fin de la OTAN, la alianza militar transatlántica que ha sido el pilar de la seguridad occidental durante más de siete décadas. Esta advertencia pone de manifiesto la gravedad que Dinamarca atribuye a las intenciones estadounidenses.
El rechazo no se limita a Dinamarca. Una coalición de potencias europeas, incluyendo Francia, Alemania, Italia, Polonia, España y Reino Unido, ha respaldado públicamente a Copenhague. En un frente común, estos países han reafirmado que Groenlandia "pertenece a su pueblo" y que solo los groenlandeses y Dinamarca tienen legitimidad para decidir el futuro del territorio, descartando cualquier injerencia externa.
Tanto autoridades danesas como groenlandesas han exigido respeto irrestricto a la soberanía nacional y al marco del derecho internacional, instando a Washington a abandonar sus pretensiones coercitivas. El primer ministro groenlandés, Múte Bourup Egede, ha sido tajante al señalar que Groenlandia "no está en venta" y que el pueblo groenlandés tiene derecho a determinar su propio futuro.
El contexto estratégico
El interés de Trump por Groenlandia no es nuevo. Durante su primer mandato ya había planteado la posibilidad de comprar la isla, argumentando razones de carácter estratégico. Sin embargo, la retórica se ha intensificado tras las recientes acciones militares estadounidenses en Venezuela el pasado fin de semana, que parecen haber reforzado la voluntad de la administración de proyectar poder en regiones clave del planeta.
La importancia de Groenlandia desde una perspectiva geopolítica es indiscutible. Situada en el Ártico, la isla controla rutas marítimas emergentes debido al deshielo provocado por el cambio climático y alberga importantes recursos naturales no explotados, incluyendo minerales estratégicos. Además, su posición geográfica la convierte en un punto de vigilancia estratégico para la defensa aeroespacial, algo que Washington valora enormemente en el contexto de la creciente competencia con potencias como Rusia y China en la región polar.
Implicaciones para la seguridad colectiva
La mención explícita del uso de la fuerza militar como herramienta de política exterior ha generado inquietud entre los aliados tradicionales de Estados Unidos. La posibilidad de que Washington recurra a medidas unilaterales contra un territorio de un aliado de la OTAN pone en tela de juicio los principios fundamentales de la alianza, basados en la defensa colectiva y el respeto mutuo a la soberanía de sus miembros.
La advertencia de Frederiksen sobre el potencial colapso de la OTAN no es una simple hipérbole. Un ataque contra Groenlandia equivaldría a una agresión contra Dinamarca, país miembro de la organización, lo que activaría el artículo 5 del tratado que establece la defensa colectiva. Sin embargo, el agresor sería precisamente el principal socio de la alianza, creando una paradoja sin precedentes que podría desestabilizar todo el sistema de seguridad occidental.
Expertos en relaciones internacionales señalan que esta situación pone a prueba la cohesión de la OTAN en un momento crítico, donde la unidad occidental ya está bajo presión por otros conflictos globales. La capacidad de la alianza para gestionar esta crisis interna podría definir su viabilidad futura.
El camino por delante
Mientras la administración Trump continúa desarrollando su plan, la comunidad internacional observa con preocupación el aumento de tensiones. La insistencia en la vía militar como opción viable, sumada al rechazo unánime de Europa, dibuja un escenario de confrontación diplomática sin salida clara a la vista.
La soberanía de Groenlandia, el futuro de la cooperación transatlántica y la estabilidad del Ártico están en juego. Con cada declaración, Washington profundiza la brecha con sus aliados tradicionales, mientras Copenhague y Nuuk (la capital groenlandesa) fortalecen su posición en defensa de la autodeterminación y el derecho internacional.
El tiempo dirá si esta retórica presidencial se traduce en acciones concretas o si permanece como una aspiración territorial que, como en el pasado, choca contra la realidad del derecho internacional y la voluntad de los pueblos afectados. Mientras tanto, la incertidumbre planea sobre el futuro de una de las regiones más estratégicas del planeta.