Trump impulsa a Delcy Rodríguez como presidenta interina de Venezuela

La vicepresidenta chavista asume el poder bajo presión estadounidense mientras la oposición busca su espacio en la transición

La captura de Nicolás Maduro en Nueva York ha activado un mecanismo de transición inédito en Venezuela. Delcy Rodríguez, histórica aliada del chavismo y hasta ahora vicepresidenta, ha jurado como presidenta interina del país caribeño en una ceremonia que marca el inicio de una nueva etapa política teledirigida desde Washington. La toma de posesión, celebrada en Caracas, se produce bajo una presión internacional sin precedentes y con la mirada puesta en los próximos movimientos del gobierno de Donald Trump.

El propio Trump ha dejado claro el escenario en una entrevista con The Atlantic: "Si no hace lo correcto", advirtió sobre Rodríguez, "pagará un precio muy alto, probablemente mayor que Maduro". Esta declaración no es una simple amenaza retórica, sino la expresión de una estrategia diseñada para mantener el control sobre la transición venezolana desde la distancia. Las cartas estadounidenses ya están sobre la mesa, y ahora la incógnita reside en cómo responderá el chavismo y qué papel desempeñará la oposición democrática.

El secretario de Estado, Marco Rubio, ha sido el encargado de precisar los contornos de esta apuesta. En sus declaraciones recientes, Rubio descartó una transición rápida hacia elecciones libres: "Es absurdo pensar que después de tantos años del chavismo en el poder, vas a sacar a Maduro y un día después vas a tener elecciones". Esta frase resume la postura de la administración Trump: un proceso gradual donde los actores actuales del régimen mantienen temporalmente el control, pero bajo vigilancia constante.

La figura de Delcy Rodríguez no es ajena a la controversia internacional. Su nombre saltó a los titulares en España por su polémico viaje a Madrid en plena pandemia, episodio que generó un serio conflicto diplomático. Su cercanía con el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, quien ha mediado en ocasiones previas en el conflicto venezolano, añade una capa adicional de complejidad a su perfil. Ahora, se convierte en la pieza central de una estrategia que busca evitar el vacío de poder mientras se negocian las condiciones de un cambio real.

Los intentos de la oposición venezolana por liderar este proceso han chocado con la realidad del poder. Fuentes políticas consultadas por este medio confirman que el equipo de María Corina Machado trabajó durante semanas para convencer a Washington de que, llegado el momento, la dirigente opositora asumiría las riendas del país. Sin embargo, los acontecimientos demuestran que estas gestiones no fructificaron. Rubio mismo lo insinuó al señalar que "María Corina es fantástica, pero desafortunadamente la oposición ya no está presente en Venezuela".

Esta ausencia física de la oposición en el territorio nacional ha sido uno de los argumentos clave de la administración Trump para justificar su apoyo a una figura del chavismo. La lógica es pragmática: sin capacidad de ejercer el control inmediato, cualquier alternativa opositora sería inviable en las primeras fases de la transición. No obstante, esta decisión ha generado profunda incertidumbre entre la población venezolana, que percibe a los jerarcas del régimen como "la misma cosa" que Maduro.

Las palancas de presión estadounidenses son múltiples y efectivas. Rubio adelantó que "en el futuro juzgaremos todo lo que hagan" y recordó que Estados Unidos conserva "numerosas palancas de influencia para garantizar la protección de nuestros intereses, en particular el embargo petrolero". Esta advertencia sutil pero directa implica que cualquier desviación del camino trazado por Washington podría desencadenar medidas económicas devastadoras para un país ya sumido en una profunda crisis.

El secretario de Estado también dejó entrever las diferencias con el anterior inquilino de la Casa Blanca. Según Rubio, Maduro "no es una persona que haya mantenido ninguno de los acuerdos, rompió todos los acuerdos, hizo el tonto con la administración Biden en el trato que hicieron con él". Esta crítica al enfoque anterior justifica, en su opinión, la necesidad de una estrategia más dura y realista. "Le ofrecimos, en múltiples ocasiones, la oportunidad de retirarse de la escena de una manera positiva. Eligió no hacerlo y ahora está en Nueva York", añadió Rubio en referencia a la captura del líder chavista.

La designación de Delcy Rodríguez como presidenta interina no es, por tanto, un reconocimiento de legitimidad, sino una solución de conveniencia. Representa un puente entre el régimen pasado y un futuro incierto, pero controlado. La administración Trump ha decidido que es mejor tener a un actor conocido bajo vigilancia que arriesgarse a un vacío de poder que podría generar inestabilidad regional o aprovecharse de actores no deseados.

Para Venezuela, esto significa que la transición será larga y compleja. La oposición, liderada por María Corina Machado, deberá negociar su participación desde una posición de debilidad institucional. El chavismo, por su parte, tendrá que demostrar si es capaz de evolucionar hacia un modelo más abierto o si persistirá en las prácticas que llevaron al aislamiento internacional. Mientras tanto, Estados Unidos mantendrá su rol de sheriff a la distancia, vigilante y dispuesto a actuar si las condiciones no se cumplen.

El escenario que se abre es sin precedentes. Nunca antes una potencia extranjera había diseñado con tanta precisión los contornos de una transición democrática en la región. La presión sobre Rodríguez será constante y exigente. Cada decisión, cada nombramiento, cada política pública será examinada bajo la lupa de Washington. El precio del error, como advirtió Trump, podría ser mayor que el pagado por Maduro.

En este contexto, la población venezolana observa con mezcla de esperanza y desconfianza. La esperanza de que finalmente se abra una vía hacia el cambio democrático en lo político y en lo social, tal como lo imagina Rubio. La desconfianza de que los mismos actores que contribuyeron al desastre económico y social del país puedan liderar su rescate.

La transición teledirigida por Washington ha comenzado con un golpe de efecto: mantener las estructuras del poder bajo nueva gestión pero con viejas caras. El éxito o fracaso de esta apuesta dependerá de la capacidad de Delcy Rodríguez para distanciarse del legado de Maduro sin romper las lealtades internas que le permiten gobernar. Y dependerá, sobre todo, de la paciencia y la determinación de una administración estadounidense que ha decidido jugar a la geopolítica con reglas claras y consecuencias tangibles.

Las próximas semanas serán cruciales. Se definirán los términos de la convivencia entre el chavismo reformado, la oposición exiliada y el poderoso vecino del norte. Venezuela entra en una fase donde la soberanía nacional se negocia en mesas lejanas, pero cuyas decisiones se sienten con intensidad en cada rincón del país. La transición ha comenzado, pero su destino final permanece en el aire, sujeto a intereses, presiones y calculadas apuestas estratégicas.

Referencias

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