La política venezolana contemporánea ha desarrollado un lenguaje único que combina retórica oficial con referencias de la cultura popular. Un episodio reciente ilustra perfectamente este fenómeno: la detención y posterior liberación de la líder opositora María Corina Machado en Caracas, durante las protestas de enero de 2025 contra la investidura de Nicolás Maduro.
Según testimonios recogidos por observadores políticos, Machado permaneció cuatro meses en situación de clandestinidad antes de reaparecer públicamente. Su arresto ocurrió cuando agentes del régimen interceptaron violentamente la motocicleta en la que se desplazaba, llevándosela de forma arbitraria. Sin embargo, horas después, un alto funcionario chavista negó ante los medios internacionales que tal detención hubiera ocurrido, asegurando que "la señora se encuentra bien en su casa".
Esta contradicción entre la realidad y la versión oficial no es nueva en el contexto venezolano. Lo que sí resultó novedoso fue la reacción de Delcy Rodríguez, quien a través de su canal de Telegram publicó un mensaje que trascendió las fronteras políticas: «Yo aconsejaría a la desquiciada que busque un oficio y se ponga a trabajar antes que la locura la consuma…».
El término "desquiciada" no pasó desapercibido. Más allá de su evidente carga despectiva, el epíteto evoca ecos de la cultura televisiva latinoamericana. Muchos comentaristas destacaron la similitud con la expresión "la lisiada" de la icónica telenovela mexicana "María la del barrio". En esa famosa escena, el personaje de Soraya Montenegro de la Vega Montalbán, interpretado por Itatí Cantoral, descubre a su sobrino besando a una joven discapacitada y estalla: «¿Qué haces besando a la lisiada?».
La escena, sobreactuada y memorable, se convirtió en un meme cultural que trasciende generaciones. Aunque muchos no han visto la telenovela completa, la frase "la lisiada" forma parte del imaginario colectivo. Del mismo modo, la calificación de "desquiciada" parece extraída de un guion melodramático, donde los enfrentamientos políticos adquieren tintes de ficción televisiva.
Este fenómeno no es exclusivo de Venezuela. En la política latinoamericana, las telenovelas han moldeado no solo la forma de consumir narrativas, sino también de construir discursos públicos. La mezcla entre realidad y ficción se hace evidente cuando funcionarios de alto rango utilizan un lenguaje que parece salido de una trama de prime time.
El caso de las parejas de líderes políticos también ofrece material para análisis. Observadores señalan que, tras cierta edad, muchas mujeres en posiciones de poder tienden a adoptar un estilo similar al de Lauren Postigo, una figura pública conocida por su particular look. Esta elección estética, completamente personal, contrasta con otras figuras como Cilia Flores, esposa de Nicolás Maduro, quien pasó de su tono morena juvenil a un look más elaborado.
Flores, quien fuera morena como la vicepresidenta Yolanda Díaz, aparece en fotografías de su juventud con un aspecto natural y cercano. Su transformación sigue un patrón común entre las élites políticas. Por su parte, Rosario Murillo, la controvertida poetisa y esposa de Daniel Ortega en Nicaragua, ha mantenido su coloración morena, convirtiéndola en una constante en su imagen pública.
Una tendencia más llamativa aún es la comparación que establecen los analistas entre estas figuras y Elena Ceaucescu, la poderosa esposa del dictador rumano. La semejanza, según expertos, se vuelve más evidente en momentos de crisis, cuando la caída del poder revela las fragilidades humanas detrás de la fachada oficial. La imagen de una figura política trasladada a los tribunales, sustituyendo su abrigo de pieles por una parka proporcionada por autoridades extranjeras, remite inevitablemente a los finales dramáticos de regímenes autoritarios.
El episodio de María Corina Machado también destaca por las contradicciones en su relato oficial. Versiones de su equipo indican que fue liberada inicialmente tras la protesta, para ser detenida nuevamente minutos después. Este vaivén, propio de una trama de suspenso, refuerza la percepción de que en Venezuela la política se vive como una telenovela desquiciada, donde los guionistas cambian el argumento sin previo aviso.
La referencia a la "desquiciada" adquiere mayor relevancia cuando se analiza el contexto de producción cultural venezolana. El país ha sido históricamente un exportador de contenidos televisivos, y su población está acostumbrada a narrativas emotivas y exageradas. No es de extrañar que sus líderes políticos, conscientes de este bagaje cultural, utilicen un lenguaje que resuene en la calle.
La jura de Delcy Rodríguez como presidenta encargada del país, por ejemplo, generó comparaciones inmediatas con escenas dramáticas de ficción. Su posesión, rodeada de la parafernalia del poder chavista, fue descrita por críticos como "un disparate sobreactuado", similar a los momentos cumbre de una producción televisiva.
Este hibridismo entre política y entretenimiento plantea preguntas sobre la seriedad del discurso público. Cuando un funcionario califica a una opositora de "desquiciada", no solo está atacando su credibilidad, también está bajando el nivel del debate a una confrontación personal, propia de la farándula.
La expectativa de que una directora de cine como Kathryn Bigelow pudiera contar la historia de la "Operación Resolución Absoluta" en una película muestra cómo incluso los actores políticos aspiran a que sus vidas sean narradas por Hollywood. Pero la realidad supera con creces cualquier guion, y Venezuela parece decidida a producir su propia versión, mezcla de thriller político y melodrama televisivo.
El lenguaje político en América Latina siempre ha sido colorido, pero en el caso venezolano alcanza niveles de teatralidad que confunden límites. Las telenovelas no son solo entretenimiento; son un marco interpretativo mediante el cual millones de ciudadanos entienden el poder, la traición y la redención.
En este escenario, María Corina Machado se convierte en la protagonista de una historia donde los villanos y héroes no están claros, donde los plot twists son moneda corriente, y donde el guion final aún no se ha escrito. La calificación de "desquiciada" es, en última instancia, un reconocimiento involuntario de que la opositora ha logrado desestabilizar el relato oficial, sacando a los funcionarios de sus guiones preparados.
La política venezolana, en su afán por controlar la narrativa, ha terminado adoptando los mismos recursos que critica: la emotividad desbordada, la personalización del conflicto y la espectacularización de la violencia. En este sentido, todos los actores, oficialistas y opositores, participan en la misma telenovela desquiciada, donde la realidad y la ficción ya no se distinguen.