Pierce Brosnan ha vuelto a estar en boca de todos, pero esta vez no es por su icónico papel como James Bond. El actor irlandés de 72 años protagoniza la adaptación cinematográfica de El crimen de los jueves, la exitosa saga literaria que ha conquistado a lectores de todas las edades. La película, disponible en Netflix desde el pasado verano, presenta un grupo de jubilados que no solo resuelven misterios, sino que también se enfrentan a los poderosos para proteger su hogar.
El reparto de lujo incluye a figuras como Helen Mirren, Ben Kingsley y Celia Imrie, pero es precisamente Brosnan quien ha captado la atención mediática por sus declaraciones sobre el compromiso social. En una reciente entrevista, el actor ha cuestionado el nivel de activismo de las generaciones más jóvenes, sugiriendo que carecen del espíritu combativo que caracterizó a sus mayores.
La trama de la cinta gira en torno a un grupo de residentes de un asilo que descubren su vocación detectivesca mientras luchan por salvar su residencia de las garras de especuladores inmobiliarios. Esta dualidad entre investigación y activismo no es casual, sino que refleja una realidad social cada vez más presente en el Reino Unido.
El activismo de los mayores como referente
Curiosamente, la ficción se ha entrelazado con la realidad de forma inesperada. En los últimos meses, diversos medios británicos han documentado la detención de varios ancianos activistas durante protestas pacíficas en solidaridad con Gaza. Estos hechos no han pasado desapercibidos para Brosnan, quien los ha utilizado como ejemplo de la fortaleza de una generación que no se amilana ante la adversidad.
El actor ha destacado que personas de su edad han demostrado una capacidad de movilización que contrasta vivamente con la pasividad que percibe en los jóvenes. Según su perspectiva, los mayores han vivido épocas de transformación radical, lo que les ha forjado una mentalidad más resistente y menos conformista de lo que muchos podrían suponer.
Esta reflexión no surge del vacío. Brosnan compara a su personaje Ron con el agente 007 que tantas veces encarnó: ambos, a su manera, luchan por un mundo mejor. Sin embargo, mientras Bond operaba desde el anonimato de los servicios secretos, Ron y sus compañeros actúan abiertamente, convirtiendo su experiencia vital en herramienta de cambio social.
La desesperanza juvenil: un fenómeno comprensible
No obstante, la crítica de Brosnan no debería interpretarse como un mero reproche intergeneracional. La realidad que enfrentan los jóvenes en la actualidad difiere sustancialmente de la que vivieron sus predecesores. La desesperanza generacional no es un defecto de carácter, sino una respuesta lógica a un contexto de crisis múltiples.
Las nuevas generaciones han crecido asistiendo a la erosión del estado de bienestar, la precarización laboral, la crisis climática y la concentración de poder en manos de elites cada vez menos disimuladas. Cada intento de protesta parece chocar contra muros institucionales infranqueables, generando un sentimiento de impotencia que puede desembocar en apatía.
El ciclo es perverso: cuanto más evidentes se vuelven las injusticias, más difícil parece combatirlas. Los jóvenes han presenciado cómo movimientos masivos como el 15-M, las marchas climáticas o las protestas feministas obtienen respuestas insuficientes o simplemente retóricas. Esta repetición de fracasos políticos legitima la desconfianza y el cansancio activista.
¿Es justo comparar épocas?
La pregunta clave radica en si resulta equitativo cotejar el activismo de diferentes momentos históricos. Los mayores de hoy fueron jóvenes en décadas donde la movilización ciudadana parecía tener un impacto más tangible. Las protestas contra la guerra de Vietnam, el movimiento por los derechos civiles o las luchas obreras del siglo XX lograron victorias concretas que reforzaron la creencia en el cambio.
En cambio, la generación actual enfrenta un sistema donde el poder económico ha desbordado ampliamente el poder político. Las corporaciones multinacionales, los fondos de inversión y las plataformas tecnológicas operan con una libertad que dificulta enormemente cualquier intento de regulación democrática. Protestar contra entidades tan abstractas resulta desmoralizador.
Además, el activismo digital, aunque masivo, carece a menudo de la persistencia y el sacrificio de las manifestaciones tradicionales. Un tuit o una firma online, por muy extendida que esté, no produce el mismo impacto emocional y político que una ocupación pacífica o una huelga prolongada.
La lección intergeneracional
Lo que realmente subyace en las palabras de Brosnan no es una crítica, sino una invitación a recuperar el espíritu de lucha. El actor sugiere que, en lugar de señalar culpables generacionales, deberíamos aprender de la experiencia acumulada. Los mayores pueden ofrecer resiliencia y estrategia; los jóvenes, innovación y energía.
La película que protagoniza ilustra precisamente esta síntesis: un grupo de jubilados usa su astucia y redes de contactos para desenmascarar crímenes, pero necesitan de la complicidad de terceros y de la comunidad para triunfar. No actúan aislados, sino como parte de un tejido social más amplio.
Esta colaboración intergeneracional es el verdadero camino. Los mayores han demostrado que la edad no es obstáculo para la indignación ética. Su activismo reciente, aunque menos mediático que el juvenil, ha sido constante y efectivo. Desde las Brigadas de Vigilancia de los Ancianos en protestas climáticas hasta su participación en movimientos de solidaridad internacional, los jubilados están lejos de ser pasivos.
Más allá de los estereotipos
Es fácil caer en la simplificación de que "los jóvenes están desconectados" o "los mayores están obsoletos". Ambas afirmaciones son falsas y dañinas. La realidad muestra una complejidad mayor: existen jóvenes profundamente comprometidos con causas locales y globales, y mayores que resisten activamente el cambio.
El mensaje de Brosnan debería leerse como un llamado a la acción conjunta. No se trata de que los jóvenes imiten mecánicamente los métodos del pasado, sino de que recuperen la fe en la acción colectiva. Las herramientas han cambiado, pero la necesidad de compromiso permanece.
El actor irlandés insiste en que nadie vendrá a salvarnos, ni siquiera un superagente cinematográfico. La responsabilidad recae en cada ciudadano, independientemente de su edad. La lucha por un mundo más justo es larga y exigente, pero como demuestran los personajes que interpreta, nunca es tarde para sumarse.
Una reflexión necesaria
En definitiva, la polémica suscitada por Brosnan abre un debate esencial sobre el estado de la ciudadanía contemporánea. La desesperanza juvenil es real y merece ser comprendida, pero no puede convertirse en excusa para la inacción. Los mayores, por su parte, tienen la obligación de no solo criticar, sino de acompañar y transmitir herramientas de lucha.
La película El crimen de los jueves funciona como metáfora perfecta: la justicia no se impone desde arriba, sino que se construye desde la base, con paciencia, astucia y, sobre todo, con la determinación de no rendirse nunca. Esa es, quizás, la lección más valiosa que tanto jóvenes como mayores necesitan recordar en tiempos de incertidumbre.