Pareja atrapada en Praga: mujer en coma y sin ayuda de España

Pedro denuncia la falta de respuesta del seguro y las autoridades españolas tras más de 20 días con su esposa hospitalizada en la capital checa

Pedro y Ángeles habían planificado aquel viaje a Praga como una escapada romántica para desconectar de la rutina diaria. Lo que debía ser unos días inolvidables en la capital checa se convirtió en una pesadilla sin fin que ya dura más de tres semanas. Mientras ella lucha por su vida en un hospital militar, él se siente abandonado por las instituciones españolas que, según denuncia, les han dejado completamente desprotegidos en el peor momento de sus vidas.

El calvario comenzó de forma inesperada durante lo que parecía una jornada turística como cualquier otra. Ángeles empezó a sentirse extrañamente débil, con una fatiga que no conseguía explicarse. Cada movimiento requería un esfuerzo sobrehumano, y subir unas simples escaleras se convirtió en una hazaña imposible. En cuestión de horas, su estado se agravó de manera alarmante. La fiebre se disparó por encima de los 40 grados y su respiración se volvió agitada y difícil, lo que obligó a Pedro a buscar ayuda médica de urgencia en una ciudad que no conocían y cuyo idioma no dominaban.

Acudieron a una clínica privada, donde los profesionales constataron la gravedad del cuadro clínico. Sin embargo, lo que vino después fue una odisea burocrática y sanitaria que ha dejado a esta pareja en una situación límite. Desde el día 12 del ingreso, según relata Pedro con evidente frustración, han estado completamente desamparados. Ninguna autoridad española se ha puesto en contacto con ellos, y el seguro de viaje que contrataron antes de salir de España no ha respondido a sus demandas de asistencia con la celeridad y eficacia que el caso requiere. Las llamadas telefónicas se pierden en burocracia sin fin y los correos electrónicos quedan sin respuesta durante días.

La situación médica empeoró rápidamente, superando las peores expectativas. Los médicos checos decidieron trasladar a Ángeles a una unidad de cuidados intensivos del hospital militar de Praga, donde fue inducida en coma para proteger su organismo del colapso inminente. Los pulmones dejaron de responder como debían a los tratamientos convencionales, y los especialistas llegaron a considerar incluso la posibilidad de un trasplante como último recurso terapéutico. Mientras tanto, Pedro permanecía en un país extranjero, sin recursos económicos suficientes, sin apoyo institucional y con la angustia de no saber si su esposa sobreviviría a aquella crisis médica devastadora.

El coste económico ha sido devastador para sus finanzas personales. Pedro ha tenido que desembolsar más de 4.500 euros de su propio bolsillo para hacer frente a los gastos médicos, medicación y estancia en un país donde el coste de vida supera con creces sus previsiones. "Sigo en Praga y nadie paga nada. Las autoridades españolas no han hecho nada. Necesito ayuda", repite una y otra vez, desesperado por la falta de respuesta oficial. Su denuncia refleja el sentimiento de abandono que muchos turistas experimentan cuando se enfrentan a emergencias graves fuera de las fronteras nacionales.

A pesar del abandono institucional, Pedro quiere dejar constancia de que no todo ha sido negativo en esta pesadilla. En la embajada española ha encontrado a personas voluntarias con buen corazón que, a título personal y sin recibir instrucciones oficiales, han intentado ayudarles dentro de sus posibilidades. Sin embargo, estas acciones aisladas y de buena voluntad no sustituyen el deber de protección que el Estado tiene con sus ciudadanos en situación de crisis en el extranjero. La diferencia entre la empatía individual y la respuesta institucional no podría ser más abismal.

En las últimas horas, ha llegado una noticia que ilumina la oscuridad del túnel: Ángeles ha salido del coma inducido y sus signos vitales empiezan a responder favorablemente a los tratamientos. Es una luz de esperanza en medio de la incertidumbre, pero el futuro sigue siendo incierto. Pedro sigue atrapado en Praga, sin saber cuándo podrá regresar a España con su esposa, y sin garantías de que alguien asuma las responsabilidades que le corresponden por ley. Los médicos son cautos en sus pronósticos y el tiempo de recuperación podría prolongarse durante semanas más.

Este caso pone de manifiesto las lagunas en la protección a turistas españoles que sufren emergencias médicas graves en el extranjero. ¿Qué protocolos se activan automáticamente cuando un ciudadano entra en coma fuera de España? ¿Por qué un seguro de viaje no responde con la celeridad necesaria cuando la vida de una persona está en juego? ¿Cuál es el papel exacto de las autoridades consulares en situaciones límite donde cada minuto cuenta? Estas interrogantes revelan un sistema que parece funcionar bien en el papel pero que falla estrepitosamente en la práctica cuando se pone a prueba.

Las preguntas se acumulan sin respuestas claras por parte de las administraciones competentes. Mientras tanto, Pedro continúa su vigilia en un hospital lejos de casa, esperando que su mujer se recupere del todo y que alguien, alguna institución, finalmente les tienda la mano que tanto necesitan. Su historia sirve como advertencia para otros viajeros y como reproche a un sistema que parece fallar precisamente cuando más se necesita. La falta de coordinación entre seguros, embajadas y servicios de emergencia crea un vacío que las familias deben llenar con sus propios recursos, físicos y emocionales.

La experiencia de Pedro y Ángeles debería servir para revisar los protocolos de actuación y garantizar que ningún ciudadano español se sienta tan solo en el extranjero. La seguridad de los viajeros no puede depender únicamente de pólizas de seguro que, en momentos críticos, no cumplen con su función, ni de la buena voluntad de funcionarios individuales que actúan por iniciativa propia. Se necesita un compromiso real y efectivo del Estado para con quienes, como Pedro y Ángeles, confían en que su país les respaldará cuando más lo necesitan.

Referencias

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