La madrugada del 31 de diciembre en Barcelona terminó de la peor forma posible para la familia Jiménez. Cuando la madre de Sergio se levantó para ir al baño, notó que la puerta de la habitación de su hijo estaba entreabierta. Al intentar abrirla, encontró resistencia. Lo que vio tras asomarse la congeló: el cuerpo de Sergio, de 31 años, yacía en una postura antinatural sobre la cama. Lo que inicialmente parecía una tragedia personal pronto revelaría una dimensión mucho más oscura y colectiva.
Sergio Jiménez, conocido en el mundo digital como Sancho Panza, no estaba solo en esos momentos fatales. Su ordenador y su teléfono móvil permanecían encendidos, transmitiendo en directo a través de plataformas de streaming. Decenas de usuarios seguían conectados, muchos de ellos habiendo participado minutos antes en el reto que le costó la vida: consumir seis gramos de cocaína en menos de tres horas a cambio de donaciones económicas.
El caso, analizado en profundidad por el periodista Nacho Abad en el programa 'Herrera en COPE', ha destapado lo que el experto denomina uno de los rincones más oscuros de la sociedad digital. Una realidad donde la vulnerabilidad económica y emocional se convierte en mercancía para un público dispuesto a pagar por el espectáculo del sufrimiento ajeno.
Mendigos digitales y psicópatas virtuales
Abad ha acuñado un término demoledor pero preciso para describir esta dinámica: mendigos digitales. Se refiere a personas en situación de precariedad extrema que, al no encontrar salidas laborales o sociales, recurren a internet como último recurso de supervivencia. Su moneda de cambio es la dignidad, su mercado son las plataformas de contenido en directo, y su público, según el periodista, una legión de psicópatas digitales dispuestos a financiar la autodestrucción de otro ser humano.
La reflexión de Abad es contundente: "Para que haya mendigos digitales, tiene que haber psicópatas digitales". Esta frase resume la doble responsabilidad del fenómeno. No solo se culpabiliza a la víctima por su situación, sino que se pone el foco en aquellos que, desde el anonimato de un chat, incitan con dinero a que alguien se consuma drogas, se humille o se exponga físicamente.
En el caso de Sergio, la frialdad de los comentarios tras su colapso es escalofriante. Mientras yacía sin vida, algunos espectadores escribían en el chat frases como "estará durmiendo la mona" o "se ha pasado con la raya". Una desconexión total entre la realidad que se transmitía y la empatía humana más básica.
Investigación en marcha y el debate legal
Los Mossos d'Esquadra han abierto una investigación para esclarecer los hechos y determinar si existen responsabilidades penales más allá de la víctima. La principal dificultad radica en la naturaleza descentralizada de estas transmisiones: donaciones anónimas, usuarios con perfiles falsos y plataformas con sedes en paraísos fiscales.
El reto que le costó la vida a Sergio no fue un hecho aislado. Los investigadores están analizando sus últimas transmisiones, donde se veía claramente cómo los seguidores enviaban cantidades de dinero a cambio de que consumiera sustancias cada vez mayores. La pregunta clave es: ¿pueden ser considerados cómplices de un delito los espectadores que financian estos actos?
El código penal español contempla figuras como la inducción al consumo de drogas o la coacción, pero aplicarlas a un escenario digital con participantes de múltiples países es un desafío jurídico sin precedentes. Además, las plataformas alegan que son simples intermediarios tecnológicos y que actúan cuando detectan contenido ilícito, aunque siempre a posteriori.
El fantasma de Simón Pérez y la esperanza de Silvia Charro
El caso de Sergio no es el primero en España. En 2017, Simón Pérez se hizo viral junto a su pareja Silvia Charro por un vídeo sobre hipotecas. Tras perder su trabajo, Simón cayó en una espiral de consumo y comenzó a realizar directos donde cumplía retos degradantes a cambio de dinero: consumir cocaína en cámara, bajar a la calle disfrazado de pollo a gritar frases humillantes o autoinfligirse daño.
Su expareja, Silvia Charro, logró salir de ese mundo. En una conversación con Nacho Abad, le confesó: "He conseguido salir de la droga, he conseguido salir de los retos". Aunque admitía que seguía intentando cuidar de Simón, atrapado en una dinámica donde su único ingreso era "humillarse y degradarse" para el entretenimiento de desconocidos.
Tras la muerte de Sergio, plataformas como TikTok han cerrado canales relacionados con este tipo de contenido, pero la medida llega tarde y no resuelve el problema de raíz. Simón Pérez continúa en esa dinámica, mientras que Silvia representa la excepción que confirma la regla: la salida es posible, pero excepcionalmente difícil.
La deshumanización del espectador digital
¿Qué lleva a una persona a pagar para ver sufrir a otra? Los psicólogos sociales apuntan a una combinación de anonimato, desconexión emocional y efecto espectador. En el mundo digital, la distancia física y la sensación de no ser identificable desinhiben comportamientos que en persona serían impensables.
Además, la gamificación del sufrimiento -donde cada donación desbloquea un nuevo nivel de humillación- crea una dinámica similar a la de los videojuegos, pero con vidas reales. Los espectadores no ven a Sergio, ven un avatar que cumple misiones a cambio de recompensas virtuales.
Este fenómeno no es exclusivo de España. En Estados Unidos, casos como el de Ronnie McNutt, que se suicidó en directo mientras cientos miraban, o en Japón, donde un youtuber fue asesinado por un seguidor que pagó por verlo, demuestran que estamos ante una crisis global de empatía digital.
¿Hacia dónde vamos?
La muerte de Sergio Jiménez debería ser un punto de inflexión. No basta con cerrar canales o expresar indignación temporal. Se necesitan políticas públicas claras que protejan a los colectivos más vulnerables de convertirse en contenido, y una regulación efectiva que obligue a las plataformas a monitorizar en tiempo real este tipo de transmisiones.
Pero sobre todo, se requiere una reflexión profunda como sociedad. El problema no son solo los psicópatas digitales, sino el sistema que permite que la vulnerabilidad se convierta en espectáculo. Mientras exista demanda, habrá oferta. Y mientras un joven como Sergio vea en la autodestrucción su única vía de ingresos, seguiremos fallando como comunidad.
La despedida de Silvia Charro a Nacho Abad resume la tragedia mejor que cualquier estadística: "Él ya no ve otra salida. Para él, esto es el trabajo". Hasta que eso cambie, seguiremos teniendo mendigos digitales y psicópatas dispuestos a pagar por su desgracia.