Pitadas masivas a Iñaki Williams en Arabia por críticas a la Supercopa

La afición saudí no perdonó al delantero del Athletic por sus duras declaraciones, convirtiendo cada toque en abucheos

El delantero del Athletic Club de Bilbao, Iñaki Williams, vivió una noche para el olvido en el King Abdullah Sport City Stadium. Desde el momento en que saltó al césped para el calentamiento previo al partido de semifinales de la Supercopa de España contra el Barcelona, una torrente de pitidos le acompañó sin descanso. La hinchada local, lejos de mostrar la hospitalidad característica de la cultura árabe, decidió hacerle pagar caro cada una de sus palabras pronunciadas días atrás.

El origen de esta hostilidad no era otro que las contundentes declaraciones del atacante gipuzkoano sobre la celebración de la competición en territorio saudí. En una entrevista concedida antes de viajar a Yeda, Williams no se mordió la lengua al expresar su descontento: "Para mí jugar en Arabia es una mierda, hablando mal", afirmó con la rotundidad que le caracteriza. Sus palabras, lejos de ser un simple desahogo, apelaban a un argumento más profundo: la dificultad para que los seguidores de los clubes españoles pudieran desplazarse a presenciar el torneo.

El capitán del conjunto rojiblanco puso el foco en la masa social de su entidad. "El tener que llevar una competición nacional a otro país no facilita el desplazamiento para los aficionados. Por masa social parece que jugamos fuera de casa, y si fuera en España sabemos todos los aficionados que nos acompañarían", reflexionó. Una crítica directa a la decisión de la Real Federación Española de Fútbol de exportar uno de sus torneos más emblemáticos a territorio saudí, motivada por los cuantiosos acuerdos económicos.

Días después, en la rueda de prensa previa al encuentro, Williams mantuvo su postura crítica, aunque matizó el tono. "La palabra que utilicé tal vez no fue la más apropiada, pero es una faena no poder tener a nuestra gente aquí. Si fuese en España nuestra masa social es muy grande y nos hubiesen acompañado seguro. Será como jugar fuera de casa", se lamentó, tratando de suavizar la polémica sin renunciar al fondo de su argumento.

Sin embargo, el daño ya estaba hecho. La afición saudí, sensible a cualquier crítica que cuestione la idoneidad de su país como sede de eventos deportivos internacionales, no perdonó al futbolista. Desde el primer minuto de su aparición en el terreno de juego, cada contacto con el balón se convirtió en un mar de abucheos y silbidos que inundaba el estadio. La persecución sonora fue tan constante que apenas permitía escuchar el nombre del jugador cuando el speaker local lo anunciaba.

El patrón se repetía sin excepción: Williams recibía el balón y el estallido de pitidos era inmediato. Incluso cuando el atacante se acercaba a ejecutar una falta o un saque de esquina, la intensidad de la protesta aumentaba exponencialmente. Una presión psicológica añadida a la ya de por sí tensa atmósfera de una semifinal contra un rival de la entidad del Barcelona.

Para suerte del delantero, el dominio territorial del conjunto culé durante buena parte del encuentro limitó sus intervenciones con el balón. El Barcelona controló la posesión y el ritmo del juego, lo que redujo las ocasiones en las que Williams tuvo que soportar la cacofonía generalizada. No obstante, cada vez que el esférico llegaba a sus pies, la respuesta de la grada era inmediata y demoledora.

Este episodio no es aislado en el panorama futbolístico reciente. El caso de Toni Kroos en 2024 sirve como precedente inmediato. La leyenda del Real Madrid y de la selección alemana criticó duramente la creciente influencia de la liga saudí en el mercado de fichajes europeos, especialmente tras el traspaso de Gabri Veiga al Al Ahli. Kroos llegó a calificar de "vergonzoso" el éxodo de talento motivado exclusivamente por cuestiones económicas, lo que le valió una recepción similar cada vez que pisó un terreno de juego saudí.

La postura del centrocampista alemán trasciende lo puramente deportivo. Kroos ha sido uno de los pocos futbolistas de élite que ha alzado la voz contra la celebración de eventos mundialistas en países con controvertidos registros en derechos humanos. Su oposición al Mundial de Qatar 2022 fue tan firme que decidió poner fin a su carrera internacional con la Mannschaft antes de la cita, aunque oficialmente alegara otros motivos.

"Estoy totalmente en contra de que el Mundial se juegue en Qatar. Designar ese país fue un error de las federaciones", declaró en su momento. Kroos no se limitó a cuestionar la decisión, sino que denunció las condiciones laborales de los trabajadores inmigrantes en las obras de infraestructura: "Los inmigrantes están sometidos, trabajan sin descanso con 50 grados de calor, sufren una alimentación insuficiente, sin agua potable y a temperaturas de locura".

Además, el exfutbolista abordó temas tabú en la región: "Una cosa son las condiciones laborales, pero también hay un punto u otro, diré, todavía hay, por ejemplo, que la homosexualidad en Qatar es un delito penal y también está enjuiciada". Unas declaraciones que, lejos de buscar el aplauso fácil, ponían el dedo en la llaga de las contradicciones del fútbol moderno.

El paralelismo entre ambos casos es evidente. Tanto Williams como Kroos han utilizado su visibilidad pública para cuestionar la geopolítica del deporte rey. Sin embargo, las consecuencias son inmediatas: la afición local, orgullosa de la proyección internacional de su país, responde con hostilidad a quienes cuestionan esa legitimidad.

La situación plantea un dilema ético en el mundo del fútbol. Por un lado, los jugadores tienen derecho a expresar su opinión sobre las decisiones que afectan directamente a su profesión y a sus seguidores. Por otro, los organismos rectores y los países sede esperan una lealtad incondicional que rara vez se cuestiona.

El caso de la Supercopa de España en Arabia Saudí es particularmente significativo. El acuerdo, renovado hasta 2029, garantiza a la RFEF ingresos millonarios que, según defiende su presidente Luis Manuel Rubiales, se invierten en el fútbol base y en competiciones amateur. Sin embargo, esta justificación económica choca frontalmente con las quejas de los aficionados que ven cómo una competición que debería ser suya se aleja miles de kilómetros.

Williams, como capitán del Athletic, asumió el rol de portavoz de una disconformidad generalizada en los vestuarios. Su club, con una masa social fiel y numerosa, habría llenado cualquier estadio español. La decisión de llevar el torneo a Yeda priva a esos seguidores de una experiencia que consideran su derecho inherente como socios.

La respuesta de la afición saudí, aunque comprensible desde el orgullo nacional, refleja la tensión entre la globalización comercial del fútbol y las voces críticas que resisten esa mercantilización. Los silbidos a Williams no son solo una reacción a un insulto percibido, sino un rechazo a la narrativa que cuestiona la idoneidad de Arabia Saudí como anfitriona.

Desde la perspectiva del jugador, la experiencia debe haber sido desagradable. Convertirse en el blanco de la ira de miles de espectadores por expresar una opinión sincera sobre el bienestar de sus aficionados es un precio alto por la coherencia. Sin embargo, Williams no retractó su mensaje, solo matizó el lenguaje, manteniendo firme su postura sobre el fondo.

El incidente abre el debate sobre hasta qué punto los futbolistas pueden ejercer su libertad de expresión sin sufrir repercusiones profesionales. Mientras que en Europa las críticas a la gestión de competiciones son comunes, en el contexto saudí estas se interpretan como un agravio personal al país anfitrión.

La pregunta que surge es si este tipo de reacciones disuadirán a otros jugadores de alzar la voz en el futuro. La presión mediática y económica es enorme, y las consecuencias, como demuestra el caso de Williams, son inmediatas y demoledoras. Sin embargo, la alternativa es el silencio cómplice ante decisiones que muchos consideran perjudiciales para el alma del fútbol.

Mientras tanto, la Supercopa continúa su periplo saudí hasta 2029, y los jugadores que decidan criticarla sabrán que les espera una recepción similar a la de Williams. El delantero del Athletic, al menos, puede tener la satisfacción de haber representado los intereses de su afición, aunque el precio haya sido convertirse en el enemigo público número uno en Yeda.

Referencias

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