Juan Bautista: Testimonio e Identidad en las Lecturas del Día

Las lecturas del viernes de la II semana de Navidad nos invitan a reflexionar sobre la identidad de Cristo y el rol del testimonio humilde en la fe cristiana.

Las lecturas litúrgicas del viernes de la II semana de Navidad ofrecen un profundo itinerario espiritual que nos sumerge en la cuestión de la identidad cristiana y la autenticidad del testimonio. En un momento en el que la Iglesia celebra la manifestación del Verbo hecho carne, estos textos nos recuerdan que conocer a Cristo y dar testimonio de Él constituye el núcleo mismo de la experiencia de fe.

La primera lectura, tomada de la primera carta del apóstol san Juan, aborda con contundencia la necesidad de mantener la ortodoxia cristiana frente a las falsas doctrinas. El autor se enfrenta a una comunidad que enfrenta la amenaza de enseñanzas que negaban la naturaleza divina de Jesús. En este contexto, la pregunta "¿quién es el mentiroso?" no es retórica, sino una advertencia pastoral urgente. Juan identifica como Anticristo a quien niega que Jesús es el Cristo, estableciendo una relación inseparable entre el Padre y el Hijo. La negación de una implica automáticamente la pérdida de la otra.

Este texto adquiere particular relevancia en nuestro tiempo, donde múltiples voces pretenden redefinir la figura histórica de Jesús según intereses ideológicos o filosóficos. La carta insiste en que quien confiesa al Hijo posee también al Padre, estableciendo que la fe cristiana no admite medias tintas. La confesión no es mera adhesión intelectual, sino una relación vital que implica permanecer en la verdad "desde el principio".

La promesa de vida eterna no se presenta como una recompensa futura, sino como una realidad actual que se experimenta en la medida en que permanecemos en el Hijo y en el Padre. Esta permanencia se nutre de la unción recibida, que el autor contrasta con la necesidad de enseñanzas humanas. La unción cristiana, entendida como la presencia del Espíritu Santo, se convierte en el maestro interior que guía al creyente hacia la verdad completa. No se trata de un individualismo espiritual que desprecie la tradición eclesial, sino de reconocer que la autenticidad de la fe se verifica en la experiencia personal de la gracia que nos capacita para discernir.

El salmo responsorial, el Salmo 97, prolonga esta reflexión con un cántico de alabanza que celebra la victoria de Dios manifestada a "los confines de la tierra". La universalidad de la salvación se entrelaza con la memoria de la fidelidad divina hacia "la casa de Israel". La liturgia nos invita a contemplar cómo la manifestación de Dios en Cristo no es un evento privado o sectario, sino una realidad que transforma la historia de la humanidad entera.

Sin embargo, es en el evangelio según san Juan donde la temática de la identidad alcanza su punto culminante. El texto nos presenta a Juan Bautista como el testigo por excelencia, cuya misión consiste en señalar hacia Aquel que está por venir. La escena está cargada de tensión dramática: una delegación oficial compuesta por sacerdotes y levitas, enviada desde Jerusalén, interroga al Bautista con una pregunta directa y exigente: "¿Tú quién eres?".

Esta interrogación no busca información biográfica trivial. En el contexto judío del siglo I, la expectativa mesiánica era palpable, y cualquier figura profética despertaba la atención de las autoridades religiosas. Las preguntas sucesivas revelan las categorías teológicas disponibles: ¿Eres tú el Mesías? ¿Eres Elías? ¿Eres el Profeta? Cada una de estas identidades representaba una expectativa específica del pueblo de Israel.

La respuesta de Juan Bautista es un modelo de humildad testimonial. Niega categoricamente cada una de estas identidades, sin ambages ni falsas modestias. No se trata de una negación por humildad fingida, sino de una claridad radical sobre su propia identidad y misión. Cuando le exigen una respuesta para quienes le enviaron, Juan no se define por lo que es, sino por su función: "Yo soy la voz que grita en el desierto: 'Allanad el camino del Señor'". Esta cita de Isaías 40:3 sitúa su misión en la tradición profética, pero como precursor, no como protagonista.

La pregunta de los fariseos sobre el bautismo revela su incomprensión: "¿Por qué bautizas si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?" Para ellos, el bautismo era un rito que implicaba autoridad mesiánica o profética. La respuesta de Juan es paradigmática: distingue entre su bautismo con agua, signo de conversión y purificación, y la presencia oculta de Aquel "que no conocéis". La expresión "en medio de vosotros hay uno" sugiere una presencia ya activa pero no reconocida. La humildad de Juan alcanza su cima cuando declara no ser digno "de desatar la correa de la sandalia" del que viene después de él, una expresión que en la cultura semítica denota una subordinación absoluta.

Esta escena del evangelio de Juan, colocada estratégicamente al inicio del relato, establece el patrón hermenéutico para toda la obra: Jesús es el protagonista oculto, cuya identidad se revela gradualmente a través de testimonios fieles. Juan Bautista no es un mero personaje secundario, sino el arquetipo del discípulo que sabe desaparecer para que Cristo crezca.

La conexión entre ambas lecturas es profunda. Mientras la primera carta de Juan advierte contra quienes niegan la identidad de Cristo, el evangelio muestra a quien la proclama con exactitud teológica y humildad espiritual. El Bautista no pretende apropiarse de una identidad que no le corresponde, ni tampoco permanece en la indiferencia. Su testimonio es preciso, humilde y orientado exclusivamente a preparar el encuentro con el Otro.

Para el creyente contemporáneo, estas lecturas plantean interrogantes ineludibles. En un contexto cultural que celebra la construcción autónoma de la identidad y la afirmación del yo, el modelo de Juan Bautista resulta radicalmente contracultural. No se trata de una negación de la propia identidad, sino de su correcta ubicación en relación con Cristo. La pregunta "¿tú quién eres?" no desaparece, sino que se reformula: "¿quién eros en relación con el proyecto de Dios?".

La unción de la que habla la primera lectura nos capacita precisamente para esta tarea de discernimiento. No necesitamos "que nadie nos enseñe" en el sentido de que la relación con Dios es personal y directa, pero esta afirmación no invalida la necesidad de la comunidad eclesial y la tradición. Más bien, subraya que la autenticidad del testimonio cristiano no puede reducirse a mera repetición de fórmulas, sino que debe brotar de una experiencia viva del Espíritu.

La figura del Anticristo, lejos de ser una especulación escatológica abstracta, representa toda tendencia que desvincula al Padre del Hijo, que separa la ética de la fe, o que reduce el cristianismo a una ideología más. En este sentido, la advertencia de Juan es contemporánea: la negación de la divinidad de Cristo, explícita o implícita, vacía de contenido la experiencia cristiana.

Las lecturas nos invitan a una examen de conciencia sobre nuestro propio testimonio. ¿Somos capaces de reconocer la presencia de Cristo "en medio de nosotros", aun cuando se manifieste de formas inesperadas? ¿Nuestras palabras y acciones preparan el camino para que otros encuentren a Cristo, o más bien nos presentamos como los protagonistas de la acción salvífica?

La respuesta de Juan Bautista a los enviados de Jerusalén nos ofrece una clave pastoral fundamental: la autoridad del testigo no proviene de su propia importancia, sino de la fidelidad a su misión. No necesitamos ser el Mesías, ni Elías, ni el Profeta. Nuestra vocación es más humilde y, por eso mismo, más realizable: ser voces que preparan el camino, testigos que señalan hacia Aquel que sí tiene el poder para transformar la existencia.

En el corazón de estas lecturas late la promesa de la vida eterna, entendida no como mera supervivencia post mortem, sino como calidad de vida en comunión con Dios que comienza aquí y ahora. Esta vida eterna es la promesa que "él mismo nos hizo", subrayando su carácter gratuito y seguro. No depende de nuestra perfección, sino de nuestra permanencia en Él.

La liturgia de este viernes de Navidad, por tanto, no nos ofrece una devoción sentimental, sino una propuesta existencial radical. Nos llama a la claridad sobre nuestra identidad, a la humildad en nuestro testimonio, y a la confianza en la unción que nos capacita para vivir la verdad. En un mundo saturado de ruido y de afirmaciones identitarias, el silencio humilde de Juan Bautista y la voz profunda de la unción cristiana nos recuerdan que solo desde la verdad sobre Cristo podemos conocer la verdad sobre nosotros mismos.

Referencias

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