Martín Llade desvela los pecados capitales de los grandes compositores

El periodista y escritor, que retransmite el Concierto de Año Nuevo de Viena, relaciona los pecados capitales con grandes compositores

Martín Llade, periodista y escritor de referencia en el ámbito musical, ha consolidado su figura como uno de los rostros más reconocibles de las retransmisiones culturales en España. Su voz se ha convertido en sinónimo de calidad y rigor para millones de espectadores que cada año sintonizan RTVE para disfrutar del Concierto de Año Nuevo de la Orquesta Filarmónica de Viena, un evento que él comenta con una autoridad y pasión inigualables.

Precisamente, su conexión con este emblemático concierto ha servido de inspiración para su más reciente obra literaria. Bajo el título 'El último concierto de Viena', Llade publica una novela negra que adentra al lector en los oscuros orígenes de este tradicional evento musical, remontándose a 1939. A través de la enigmática figura de Clemens Krauss, creador del concierto, el autor teje una trama que combina rigor histórico con la intriga propia del género negro.

En una reciente conversación, Llade ha ofrecido una visión singular sobre los pecados capitales, aplicando esta clásica clasificación teológica al universo de la composición musical. Sus reflexiones revelan una profunda conocimiento de la psicología de los grandes creadores, mostrando cómo las debilidades humanas convivieron con el genio artístico.

La gula, primer pecado analizado, encuentra en el propio Llade un confeso practicante. Reconoce abiertamente su incapacidad para resistirse a una bandeja de cigalas o un buen jamón, a pesar de su condición de hipertenso. Esta honestidad sirve de puente para hablar de Gioachino Rossini, a quien identifica como el máximo representante de este pecado en el mundo de la música. El autor italiano, famoso por su amor a la buena mesa, protagoniza una anécdota que ilustra perfectamente su carácter: estando reclinado en su lecho, se le deslizó un aria al suelo y, por evitarse el esfuerzo de recogerla, prefirió componer una nueva. Esta misma pereza, que constituye otro de los pecados capitales, la atribuye también a Rossini, convirtiéndolo en un doble poseedor de estas debilidades humanas.

La vanidad, considerada por Llade como el pecado más característico del ámbito compositivo, genera una reflexión interesante. El periodista cuestiona si realmente podríamos reprocharle a genios absolutos como Mozart o Beethoven que tuvieran una elevada opinión de sí mismos. Su respuesta es contundente: no solo es perdonable, sino que resulta casi obligatorio que figuras de tal calibre manifestaran este rasgo. La verdadera transgresión, según su criterio, reside en que aquellos carentes de talento exhiban una vanidad desmesurada.

Esta distinción entre mérito y presunción lleva a Llade a analizar la intriga palaciega, una habilidad que históricamente ha sido más valorada de lo que merecería. En las cortes y salones de la aristocracia, muchos músicos mediocres alcanzaron posiciones privilegiadas gracias a su capacidad para moverse con astucia en ambientes selectos, mientras que los verdaderos genios, a menudo incapaces o reacios a estos juegos de poder, veían cómo otros menos talentosos disfrutaban de mayor éxito social y económico. Esta dinámica generaba, lógicamente, envidia e ira entre los grandes creadores, abriendo la puerta al resto de pecados capitales.

La avaricia encuentra su representante en Igor Stravinsky, cuya reputación de ser especialmente tacaño es bien documentada. El compositor ruso, a pesar de su inmensa contribución a la música del siglo XX, era conocido por su actitud mezquina con el dinero, un rasgo que contrasta curiosamente con la generosidad espiritual de su arte.

Sobre la lujuria, Llade no duda en señalar a Giacomo Puccini como su máximo exponente. La vida del autor de "Tosca" y "La Bohème" estuvo salpicada de numerosos escándalos amorosos que reflejan una pasión desbordante que trascendía sus obras para manifestarse en su existencia personal.

El periodista se declara a sí mismo un procrastinador confeso, sugiriendo que este defecto debería considerarse como un octavo pecado capital. Sin embargo, su productividad desmiente esta autocrítica: además de su reciente novela, lleva doce años creando un relato diario para el programa 'Sinfonía de la mañana'. Esta aparente contradicción se resuelve cuando precisa que su pereza es "de pensamiento, no de obra", una distinción sutil que revela cómo la mente puede divagar mientras la mano trabaja.

La fuente de inspiración para esta prolífica producción narrativa reside en el inagotable pozo de anécdotas que ofrece el mundo de los compositores. Cada figura, cada época, cada obra esconde historias que pueden ser transformadas en relatos cautivadores. Llade demuestra una capacidad única para extraer de la erudición musical historias accesibles y atractivas para el público general.

La conversación culmina con la promesa de poder asignar un compositor específico a cada uno de los pecados capitales, un desafío que el periodista acepta con la seguridad de quien domina su materia. Esta capacidad para humanizar a las figuras históricas, mostrándolas como seres de carne y hueso con debilidades y pasiones, constituye el valor añadido de su trabajo tanto periodístico como literario.

A través de su mirada, Mozart deja de ser únicamente el genio divino para convertirse en un profesional con envidia del éxito ajeno, aunque no del talento. Beethoven no es solo el titán sordo, sino un artista consciente de su grandeza. Rossini es tanto el maestro de la ópera bufa como un gastrónomo indolente. Stravinsky, el revolucionario del ritmo, era también un hombre avaricioso. Y Puccini, el poeta de la pasión romántica, era él mismo un apasionado en la vida.

Esta aproximación a la historia de la música a través de la psicología humana y los vicios capitales ofrece una perspectiva fresca y accesible. Llade no pretende menospreciar la grandeza artística, sino contextualizarla dentro de la condición humana, haciendo más cercanos y comprensibles a estos gigantes de la cultura occidental.

Su última novela, 'El último concierto de Viena', representa la culminación de esta filosofía. No se trata solo de una obra de ficción ambientada en el mundo de la música, sino de una investigación sobre los mecanismos del poder, la ambición y la supervivencia artística en uno de los momentos más convulsos de la historia europea. La figura de Clemens Krauss, a quien Llade rescata del olvido, simboliza la complejidad moral de quienes navegaron entre el arte y la política en la Viena de 1939.

El Concierto de Año Nuevo, que millones disfrutan como un ritual de esperanza y belleza, esconde según esta obra un pasado turbio que el periodista desvela con maestría narrativa. Esta dualidad entre la perfección musical y las imperfecciones humanas constituye el núcleo del pensamiento de Llade.

En definitiva, Martín Llade invita al público a redescubrir la música clásica no como un monumento intocable, sino como un reflejo de la naturaleza humana en toda su complejidad. Sus pecados, sus virtudes, sus genialidades y sus miserias conviven en cada compás, en cada partitura, en cada interpretación. Y es precisamente esta humanidad lo que hace eternamente relevante su legado.

Referencias

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