Yannick Nézet-Séguin conquista Viena en el Concierto de Año Nuevo 2026

El director canadiense transforma su relación con la Filarmónica vienesa en una interpretación llena de vitalidad y matices, marcando un antes y un después en la tradicional cita musical

La mañana del 1 de enero de 2026 en el Musikverein de Viena estuvo marcada por una energía renovada. El Concierto de Año Nuevo, cita ineludible para melómanos de todo el planeta, contó con una figura que, pese a no ser nueva en la escena, sí lo fue en su conexión con la mítica orquesta anfitriona. Yannick Nézet-Séguin, el maestro montrealense de 50 años, demostró que su lugar en este podio no respondía al azar, sino a un vínculo fortalecido en circunstancias excepcionales.

La trayectoria de Nézet-Séguin con la Filarmónica de Viena había sido, hasta hace pocos años, un camino de tibieza. Sus primeros contactos, iniciados en 2010, no generaron la chispa necesaria para consolidar una colaboración sólida. La orquesta, conocida por su exigencia y su resistencia a los cambios, mantuvo con él una relación profesional pero distante durante más de una década. Sin embargo, un evento geopolítico de enorme calado alteraría este rumbo de forma irreversible.

El 25 de febrero de 2022, el mundo de la música clásica se vio sacudido por las consecuencias del conflicto en Ucrania. Valeri Gergiev, entonces director asociado de la Filarmónica, vio rescindidos sus compromisos al negarse a condenar públicamente la invasión. En ese momento crítico, Nézet-Séguin recibió una llamada de última hora para sustituir al ruso en el Carnegie Hall neoyorquino. Aceptó sin dudar, a pesar de no haber dirigido a la orquesta desde hacía cinco años y de estar inmerso en los ensayos de Don Carlos en el Metropolitan Opera.

Aquella gesta, realizada sin alterar ni una nota del programa previsto, resultó ser el punto de inflexión. "Esos conciertos transformaron nuestra percepción sobre él", reconoció Daniel Froschauer, presidente de la Filarmónica, durante la presentación oficial del Concierto de Año Nuevo. El esfuerzo del canadiense, que le costó una enfermedad posterior y la renuncia a su compromiso verdiano en el Met, selló un pacto de confianza mutua que el 1 de enero quedó patente en cada compás.

La elección de la obra inaugural ya dejaba entrever la personalidad de Nézet-Séguin. En lugar de la tradicional marcha, optó por la obertura de Indigo y los cuarenta ladrones, primera opereta de Johann Strauss hijo. Esta decisión, arriesgada pero acertada, permitió apreciar desde el inicio su meticulosidad en la articulación y su habilidad para tejer con sutileza las diferentes secciones de esta compleja pieza. La orquesta respondió con una precisión notable, mostrando la solidez del trabajo previo.

La primera novedad programática llegó con el vals Leyendas del Danubio de Carl Michael Ziehrer. La interpretación destacó por su introducción concebida como un viaje sonoro por las cuencas del gran río europeo. Los músicos desplegaron con refinamiento una paleta de timbres que evocaban melodías húngaras, un breve Ländler austríaco y ecos bosnios, demostrando una versatilidad poco común. Este enfoque narrativo enriqueció la experiencia más allá de la mera ejecución virtuosa.

El momento de mayor complicidad entre director y orquesta surgió con Malapou-Galopp de Joseph Lanner. Nézet-Séguin, que dirigió todo el concierto sin partitura, contagió a los músicos con su entusiasmo. El griterío inicial y la inclusión de instrumentos de origen popular, como la flauta de caña india, añadieron un color exótico que la realización televisiva de Michael Beyer supo resaltar visualmente. Esta pieza se convirtió en el epicentro de la alegría compartida que caracterizó la velada.

No todas las novedades alcanzaron el mismo nivel de brillantez. La polca rápida Diablillo burbuja, de Johann Strauss padre, resultó más convencional en su tratamiento. Aunque la ejecución fue impecable, careció del carácter revelador de las anteriores. Sin embargo, este contraste permitió apreciar mejor los aciertos de las piezas centrales del programa.

El control rítmico de Nézet-Séguin se manifestó especialmente en los pasajes más veloces. Su batuta, precisa pero nunca rígida, otorgó a cada sección su momento de protagonismo sin perder la cohesión global. Los chelos y contrabajos aportaron la base sonora necesaria, mientras que las cuerdas agudas desplegaron su característico gemütlichkeit vienés con elegancia natural.

La crítica especializada ha señalado que, si bien la interpretación careció de la magia intangible de algunas ediciones históricas, la frescura y la vitalidad aportadas por el director canadiense suponen un respiro necesario para una tradición que corre el riesgo de la fossilización. Su capacidad para rescatar la chispa original de estas obras, sin caer en el academicismo excesivo, abre nuevas vías de disfrute tanto para el público veterano como para las nuevas generaciones.

El propio Nézet-Séguin, en declaraciones previas, había manifestado su intención de "encontrar el equilibrio entre el respeto a la tradición y la necesidad de contar una historia propia". Este objetivo se cumplió en gran medida, especialmente en los momentos donde la orquesta parecía dialogar consigo misma, descubriendo matices olvidados en partituras demasiado ejecutadas.

La gala concluyó con los clásicos imperiales, donde la Marcha Radetzky sirvió como colofón festivo. La interacción con el público, coreando el ritmo con aplausos, confirmó que el espíritu del concierto seguía intacto. La tradición se cumplió, pero con un sello personal indiscutible.

Mirando hacia el futuro, la Filarmónica ya ha anunciado que en 2027 el podio será ocupado por Tugan Sókhiev, director ruso que debutará en esta cita. Este anuncio, realizado durante la presentación del concierto actual, sugiere que la orquesta continúa su política de abrirse a nuevas sensaciones sin romper con su linaje.

El Concierto de Año Nuevo 2026 quedará recordado como el momento en que Yannick Nézet-Séguin selló definitivamente su pertenencia a la familia vienesa. Su trayectoria, de reemplazo de urgencia a director consolidado, refleja cómo la autenticidad artística puede forjar vínculos más duraderos que los protocolos establecidos. Para los espectadores, fue una mañana donde la música de los Strauss y sus contemporáneos sonó con renovado vigor, demostrando que incluso las tradiciones más arraigadas pueden encontrar nuevas formas de emocionar.

Referencias

Contenido Similar