El Nuevo Los Cármenes vivió este martes 6 de enero, día de Reyes, una de las jornadas más bochornosas de su historia reciente. Un total de 4.468 personas ocuparon las gradas del coliseo granadino, registrándose la peor entrada de la temporada para un encuentro oficial del Granada CF. El rival no era un humilde conjunto de categorías inferiores, sino el Rayo Vallecano, un equipo de Primera División que visitaba la ciudad andaluza para disputar los dieciseisavos de final de la Copa del Rey.
La causa de este desolador panorama no residía en la falta de ilusión por el torneo del KO, ni en el rival, ni en la festividad. El verdadero motivo que mantuvo a miles de aficionados en sus casas fue una decisión controvertida de la dirección del club: imponer un suplemento de 20 euros a todos los socios que quisieran presenciar el partido, además de establecer una tarifa para no abonados que oscilaba entre los 55 y 80 euros, dependiendo de la ubicación en el estadio.
Esta política de precios, considerada abusiva por gran parte de la parroquia rojiblanca, provocó una respuesta contundente: el boicot organizado. El colectivo Unión Granadinista (UG), con el respaldo de otros grupos de animación como 'You'll never drink alone' y diversas peñas oficializadas, entre ellas la 'Sur Granaíno', lanzó un comunicado público a través de sus redes sociales instando a la afición a no acudir al encuentro.
El manifiesto, que rápidamente se viralizó entre la comunidad granadinista, dejaba clara la postura de los seguidores: «La situación económica del club no es la ideal, pero precisamente por eso, consideramos inaceptable que una vez más sea la afición quien pague las consecuencias de una gestión claramente mejorable». Los organizadores de la protesta argumentaban que si el club necesitaba generar ingresos extraordinarios, el camino no debía ser cobrar por un partido que tradicionalmente forma parte de lo abonado al inicio de la temporada, sino que debería explicar con transparencia la situación financiera y buscar alternativas que no castigaran al aficionado.
La respuesta de la masa social no se hizo esperar. Las gradas, que en otros tiempos hubieran estado repletas para un cruce copero contra un rival de élite, lucieron semivacías. El ambiente fue más propio de un partido de pretemporada que de un duelo eliminatorio. Incluso la afición del Rayo Vallecano, conocida por su fidelidad y desplazamientos numerosos, decidió quedarse en Madrid ante los elevados costes de desplazamiento y entrada.
El propio entrenador del conjunto madrileño, Iñigo Pérez, no dudó en referirse a la situación en la rueda de prensa posterior al encuentro. «Es normal que no hayan venido nuestros aficionados y es normal que la afición del Granada esté cansada de pagar precios desorbitados, pasar frío y ver a su equipo mal», declaró el técnico, mostrando una empatía poco habitual en el mundo del fútbol profesional. «Mi deseo es que las personas que ponen horarios y precios hagan que esto sea mejor», añadió, lanzando un mensaje directo a la directiva granadinista.
Durante los 90 minutos, los pocos asistentes que sí decidieron acudir al Nuevo Los Cármenes no dudaron en hacer oír su voz. Cánticos como «directiva, dimisión» y «china, vete ya» resonaron en varios momentos del partido, interrumpiendo el silencio generalizado que reinaba en las gradas. Estas consignas reflejaban el profundo descontento no solo con la política de precios, sino con la gestión general del club, que muchos aficionados consideran que ha perdido el norte.
El desenlace del encuentro no ayudó a calmar los ánimos. El Granada CF cayó derrotado por 1-3 ante un Rayo Vallecano que supo aprovechar la falta de apoyo local y la evidente falta de confianza de un equipo que parece perdido en la categoría de plata. La eliminación de la Copa del Rey, un torneo que históricamente ha servido para levantar el ánimo de las aficiones y generar ilusión en temporadas complicadas, se convirtió en un nuevo capítulo de crisis para una entidad que atraviesa por momentos difíciles tanto en el terreno deportivo como en el económico.
La situación pone de manifiesto un problema estructural en el modelo de gestión de muchos clubes de fútbol españoles. La tendencia a trasladar las dificultades económicas al bolsillo del aficionado está generando una fractura cada vez más profunda entre las directivas y las bases sociales. En el caso del Granada CF, que ha vivido en los últimos años un vaivén entre Primera y Segunda División, la estabilidad financiera parece un objetivo lejano que solo se consigue a costa de la fidelidad de su parroquia.
Los colectivos de aficionados han dejado claro que esta no será la última vez que alzan la voz. El comunicado de Unión Granadinista insinuaba que si no hay cambios en la política de precios y en la transparencia de la gestión, las protestas continuarán. «No podemos permitir que el club que amamos se convierta en una empresa que solo mira por el beneficio económico, olvidando que el corazón de cualquier entidad deportiva es su afición», señalaba el texto.
El debate sobre los precios en el fútbol profesional no es nuevo, pero casos como el del Granada CF lo ponen sobre la mesa con crudeza. Mientras los salarios de los futbolistas y los costes de operación de los clubes siguen aumentando, las aficiones se ven presionadas con tarifas que muchas familias no pueden asumir. La Copa del Rey, tradicionalmente una competición con precios populares y entradas más asequibles, ha perdido ese carácter en muchos estadios, convirtiéndose en una fuente más de ingresos a corto plazo.
La pregunta que muchos se hacen es si esta estrategia es sostenible a largo plazo. ¿Qué sentido tiene sacrificar la fidelidad de una afición por unos ingresos inmediatos que no solucionan los problemas estructurales? El ejemplo del Nuevo Los Cármenes, con sus 4.468 espectadores, debería servir como toque de atención para la directiva y para otros clubes que contemplen medidas similares.
El futuro inmediato del Granada CF pasa por reconstruir la confianza con su masa social. La derrota en la Copa del Rey puede ser un punto de inflexión negativo, pero también una oportunidad para sentar las bases de una nueva relación con los aficionados. La transparencia en las cuentas, el diálogo con los colectivos y una política de precios razonable serían los primeros pasos para sanar una herida que, de momento, sigue abierta.
Mientras tanto, los ecos de los cánticos contra la directiva seguirán resonando en las gradas semivacías del Nuevo Los Cármenes, recordando a quienes gestionan el club que sin afición, el fútbol pierde su esencia. La lección del 6 de enero debería ser clara: no se puede construir un proyecto deportivo sobre la base de enfadar a quienes más aman los colores.