El presidente de la República Francesa, Emmanuel Macron, mantuvo el pasado sábado una conversación telefónica de alto nivel con la destacada líder opositora venezolana y premio Nobel de la Paz, María Corina Machado. Durante este intercambio, el mandatario galo expresó su firme confianza en que Edmundo González Urrutia, reconocido internacionalmente como presidente electo en los comicios presidenciales de 2024, esté en condiciones de garantizar un cambio de régimen ágil, efectivo y respetuoso con las instituciones democráticas en el país caribeño.
A través de su cuenta oficial en la red social X, Macron ofreció detalles significativos sobre el contenido de esta conversación, enfatizando el compromiso francés con una transición democrática y pacífica que respete tanto la soberanía nacional como la voluntad expresada por los ciudadanos venezolanos en las urnas. El líder del Elíseo señaló de manera explícita que la opositora venezolana "puede contar con el apoyo de Francia" en este complejo proceso de transición que vive la nación sudamericana, marcado por años de crisis institucional y deterioro de las libertades fundamentales.
Uno de los puntos centrales y más sensibles del intercambio diplomático fue el llamado conjunto para la liberación inmediata y protección de los presos políticos que permanecen bajo el régimen de Nicolás Maduro. Esta declaración cobra particular relevancia y urgencia en el contexto de la próxima toma de posesión de Delcy Rodríguez, quien asumirá este lunes como nueva presidenta interina de Venezuela, consolidando así el control chavista sobre el aparato estatal y generando incertidumbre sobre el futuro de los derechos humanos en el país. La situación de los detenidos por motivos políticos se ha convertido en una de las principales preocupaciones de la comunidad internacional y un punto de fricción constante en las relaciones con el régimen de Caracas.
La postura adoptada por Macron ha generado intensos debates y controversias en el panorama político francés. El presidente ha sido objeto de duras críticas por parte de formaciones de izquierda y extrema izquierda, que le reprochan abiertamente su supuesta complacencia y alineación hacia la administración Trump. "Francia no es un estado vasallo de Estados Unidos y nuestro presidente no puede comportarse como un simple portavoz de la Casa Blanca", declaró Olivier Faure, líder del Partido Socialista francés, cuyo respaldo resulta crucial para la estabilidad de la frágil coalición gubernamental encabezada por el primer ministro macronista Sébastien Lecornu. Estas declaraciones reflejan la tensión creciente entre los aliados de la coalición y ponen en riesgo la mayoría parlamentaria.
Estas críticas se intensificaron considerablemente cuando Macron afirmó que "el pueblo venezolano solo puede alegrarse ahora que está libre de la dictadura de Nicolás Maduro", sin hacer mención explícita a la intervención militar estadounidense que precipitó la caída del régimen chavista. Su silencio estratégico sobre este aspecto ha sido interpretado por analistas políticos como una concesión diplomática hacia Washington, buscando mantener la cohesión de la alianza occidental en un momento de redefinición de las relaciones transatlánticas. Esta omisión ha generado malestar incluso dentro de su propio partido, donde algunos diputados cuestionan la independencia de la política exterior francesa.
En marcado contraste con el tono directo del presidente, el ministro de Exteriores francés, Jean-Nöel Barrot, adoptó una postura más cautelosa y diplomática. El jefe de la diplomacia gala advirtió públicamente que "una solución política y duradera no puede ser impuesta desde el exterior", subrayando con énfasis que "los pueblos soberanos deben decidir su porvenir sin injerencias foráneas". Barrot recordó el compromiso histórico de Francia con la mediación internacional y la defensa de la soberanía popular en Venezuela, cuya voz, insistió, "debe prevalecer por encima de cualquier consideración geopolítica". Esta divergencia entre el Elíseo y el Quai d'Orsay revela las tensiones internas sobre la política exterior.
Más allá de su conversación con Machado, Macron ha desplegado una intensa agenda diplomática multilateral sobre el país sudamericano. El sábado mismo, el mandatario francés dialogó telefónicamente con el presidente argentino, Javier Milei, y mantuvo intercambios por escrito con su homólogo brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva. Estas gestiones forman parte de una estrategia más amplia de coordinación con los principales actores regionales, buscando un consenso latinoamericano sobre la transición venezolana y evitando una fragmentación de la respuesta continental.
El próximo 6 de enero, Macron recibirá en París a miembros de la Coalición de Voluntarios de Ucrania, un evento que demuestra la activa política exterior francesa en múltiples frentes geopolíticos simultáneos. Paralelamente, el Elíseo continúa monitoreando la evolución de la situación venezolana en estrecha colaboración con sus socios europeos, en particular con Alemania, Italia y España, buscando una posición común de la Unión Europea que permita una respuesta coordinada.
La compleja posición adoptada por Francia refleja el dilema estratégico que enfrentan muchas potencias occidentales: apoyar el cambio de régimen en Venezuela sin parecer legitimar intervenciones unilaterales. Mientras la izquierda francesa exige una postura más independiente de Washington, el gobierno busca equilibrar sus principios democráticos con las realidades de la geopolítica actual y la necesidad de mantener la unidad occidental.
El caso de Venezuela se ha convertido así en un nuevo campo de batalla político dentro de Francia, donde las divisiones sobre la política exterior amenazan con afectar la cohesión de la coalición de gobierno. La figura de María Corina Machado, como interlocutora válida para la comunidad internacional, gana protagonismo mientras se delinean los contornos de una nueva era en la política venezolana. El respaldo francés, aunque condicionado, representa un importante aval diplomático para las fuerzas democráticas del país.