Pakistán bombardea Kabul y declara guerra abierta al régimen talibán

El gobierno de Islamabad eleva a 297 los insurgentes muertos en los ataques aéreos mientras Kabul pide diálogo para resolver la crisis fronteriza.

La tensión entre Pakistán y Afganistán ha alcanzado su punto más crítico en las últimas horas tras una serie de ataques aéreos sin precedentes sobre territorio afgano. El gobierno de Islamabad ha lanzado una ofensiva militar que incluye el bombardeo de la capital, Kabul, y otras localidades estratégicas controladas por el régimen talibán, en lo que marca una escalada sin precedentes en las hostilidades entre ambas naciones vecinas.

El ministro de Defensa paquistaní, Khawaja Asif, dejó clara la postura de su país a través de un mensaje contundente en la red social X: "Nuestra paciencia ha llegado al límite. A partir de ahora, es la guerra abierta entre nosotros y ustedes". Esta declaración formaliza lo que hasta ahora habían sido enfrentamientos esporádicos y escaramuzas en la disputada zona fronteriza que ambos países comparten desde hace décadas.

Según el balance oficial proporcionado por el ministro de Información paquistaní, Ataulá Tarar, los bombardeos han causado 297 muertos entre presuntos talibanes y miembros de grupos terroristas, además de más de 450 heridos de gravedad. Las operaciones militares, que se han extendido por 29 localidades diferentes en todo el territorio afgano, habrían destruido 89 puestos de control, capturado otros 18, y eliminado 135 tanques y vehículos armados, según las fuentes militares paquistaníes.

Estas cifras contrastan notablemente con las versiones ofrecidas por las autoridades afganas. El Ministerio de Defensa talibán ha reconocido la muerte de 12 militares paquistaníes en los combates de este viernes, cifra que se sumaría a los 100 soldados que aseguran haber neutralizado durante los enfrentamientos del pasado fin de semana. Por su parte, el gobierno de Islamabad mantiene un hermetismo casi total sobre sus propias bajas, centrando su comunicación exclusivamente en los supuestos éxitos contra objetivos insurgentes.

El escenario de opacidad informativa dificulta enormemente la verificación independiente de los datos. Si se sumaran las reivindicaciones de ambas partes, el conflicto habría dejado más de 300 muertos en menos de una semana, además de decenas de posiciones militares cambiando de manos en la frontera. Sin embargo, apenas una treintena de estas bajas han sido confirmadas oficialmente por las autoridades competentes en los territorios donde se produjeron los incidentes, lo que genera serias dudas sobre la precisión de los informes.

Los enfrentamientos se concentran principalmente en la frontera disputada entre ambas naciones, una zona montañosa y extremadamente difícil de controlar que ha sido históricamente escenario de tensiones y conflictos armados. El paso fronterizo de Torkham, uno de los más importantes para el comercio regional y el flujo de mercancías, se ha convertido en el epicentro de las hostilidades, con soldados talibanes reforzando sus posiciones y observando constantemente el lado pakistaní a través de sus visores.

La crisis actual tiene sus raíces en meses de crecientes tensiones y acusaciones mutuas. Islamabad ha acusado repetidamente a Kabul de permitir la presencia de grupos insurgentes que operan desde territorio afgano para lanzar ataques contra objetivos paquistaníes, particularmente en las provincias fronterizas. Los talibanes, por su parte, rechazan categóricamente estas acusaciones y denuncian violaciones sistemáticas de su soberanía por parte de las fuerzas paquistaníes.

La comunidad internacional observa con creciente preocupación esta escalada militar. El portavoz del Gobierno afgano, Zabihulá Mujahid, ha manifestado en rueda de prensa que prefiere una resolución pacífica a través del diálogo, aunque la contundencia de la respuesta militar paquistaní parece cerrar temporalmente esa vía diplomática. Las declaraciones contrastan con la realidad de los bombardeos continuos.

El contexto regional complica aún más el panorama geopolítico. Pakistán, potencia nuclear con uno de los ejércitos más grandes de la región, comparte una frontera de más de 2.600 kilómetros con Afganistán, país que vive una profunda crisis humanitaria desde la toma del poder por los talibanes en agosto de 2021. La estabilidad de esta zona es crucial para la seguridad de toda Asia Central y para el control del tráfico de drogas y armas.

Los analistas internacionales advierten que esta confrontación directa podría tener consecuencias impredecibles y potencialmente desastrosas para toda la región. La posibilidad de que el conflicto se prolongue o se expanda más allá de la frontera genera inquietud entre los países vecinos y las organizaciones internacionales, temerosas de una nueva guerra que podría desestabilizar Asia Central.

Mientras tanto, la población civil en las zonas afectadas por los bombardeos paga el precio más alto de esta confrontación. Testimonios de residentes en Kabul hablan de explosiones que sacudieron la capital en plena noche, generando pánico generalizado entre una ciudadanía ya agobiada por años de guerra, inestabilidad política y crisis económica severa. Los hospitales de la capital reportan una afluencia masiva de heridos.

La situación humanitaria en Afganistán, ya crítica por la sequía prolongada, el desplazamiento interno masivo y la falta de acceso a servicios básicos como alimentación y salud, se ve agravada por esta nueva ola de violencia. Las organizaciones internacionales han expresado su profunda preocupación por la seguridad de los trabajadores humanitarios y la continuidad de los programas de ayuda que mantienen con vida a millones de afganos.

En Islamabad, el gobierno defiende su acción como una medida de legítima defensa contra el terrorismo transfronterizo. Las autoridades paquistaníes insisten en que los talibanes no han cumplido con sus compromisos internacionales de no permitir que su territorio sea utilizado como base para ataques contra terceros, especialmente contra instalaciones paquistaníes.

La escalada militar pone a prueba la capacidad de ambos gobiernos para gestionar una crisis que podría desestabilizar toda la región. Mientras Pakistán muestra su poderío militar y su disposición a usar la fuerza aérea, el régimen talibán debe balancear cuidadosamente su respuesta entre mantener la soberanía nacional y evitar una confrontación mayor que podría poner en riesgo su ya frágil control del país.

El tiempo dirá si las palabras del ministro Asif sobre una "guerra abierta" se convierten en una realidad prolongada o si las vías diplomáticas, aún latentes pero debilitadas, pueden frenar el ciclo de violencia. Por ahora, la frontera permanece tensa, los bombardeos continúan, y la comunidad internacional espera una señal de de-escalada que parece cada vez más lejana en el horizonte geopolítico.

Referencias