La oferta de Saddam Hussein al shah de Irán para eliminar a Khomeini

Un episodio olvidado revela cómo el dictador iraquí ofreció asesinar al líder religioso en 1978, una propuesta que el monarca persa rechazó por razones éticas e imagen.

Una revelación periodística reciente ha sacado a la luz un capítulo poco conocido de la historia de Medio Oriente, ocurrido durante los turbulentos años previos a la revolución islámica en Irán. Según una investigación publicada por el diario israelí Jerusalem Post, el entonces vicepresidente de Irak, Saddam Hussein, extendió una macabra propuesta al shah de Persia, Mohammad Reza Pahlavi: la eliminación física del ayatollah Ruhollah Khomeini, quien se encontraba exiliado en territorio iraquí.

El autor de la nota, Alex Winston, reconoce que existen líneas temporales contradictorias que dificultan establecer una cronología exacta del evento. Sin embargo, asegura que hay evidencia suficiente para confirmar los puntos fundamentales de esta historia, la cual ha permanecido durante décadas en los márgenes de la memoria histórica y en los susurros de quienes vivieron los últimos días de la monarquía iraní.

Para comprender el contexto de esta oferta, es necesario retroceder a 1964, cuando Khomeini, entonces un destacado clérigo chiita, emitió una fuerte condena contra la alianza del shah con las potencias occidentales. Este discurso, cargado de retórica religiosa y antiimperialista, marcó el inicio de su confrontación directa con el régimen monárquico. Las consecuencias no se hicieron esperar: el líder religioso fue arrestado y, tras meses de confinamiento, obligado al exilio.

El destino inicial de Khomeini fue Turquía, pero pronto se trasladó a Irak, donde permanecería durante catorce años. Desde la ciudad santa de Najaf, el ayatollah consolidó su liderazgo espiritual y político, manteniendo contacto con sus seguidores en Irán y expandiendo su influencia entre la población chiita iraquí. Mientras tanto, la agitación revolucionaria ganaba terreno en Persia, alimentada por la represión del régimen y la creciente desafección popular hacia la modernización forzada y los vínculos con Occidente.

Irak, por su parte, se presentaba como un estado secular gobernado por la élite socialista árabe del partido Baaz. A pesar de su retórica panárabe y socialista, el régimen de Bagdad mantenía un control férreo sobre la mayoría chiita de su población, temeroso de que las ideas revolucionarias de Khomeini pudieran contagiar a su propio pueblo.

Fue en este escenario de creciente tensión regional donde, según el libro "El Espíritu de Alá: Khomeini y la Revolución Islámica" del periodista iraní Amir Taheri, ocurrió el encuentro clave. En septiembre de 1978, Barzan al-Tikriti, hermanastro de Saddam Hussein y jefe de la inteligencia iraquí, viajó en secreto a Teherán con una misión delicada.

El mensaje que Barzan llevaba era directo y sin ambigüedades: Bagdad estaba dispuesta a ayudar al shah a mantenerse firme frente a la inminente revuelta islamista. La ayuda, sin embargo, no se limitaba a apoyo diplomático o logístico. Según las fuentes consultadas por el Jerusalem Post, el enviado iraquí ofreció explícitamente la eliminación física del ayatollah Khomeini como solución definitiva al problema que representaba para ambos regímenes.

La respuesta del monarca persa, sin embargo, no fue la que Saddam Hussein esperaba. Agradecido por la preocupación y el ofrecimiento, el shah descartó de plano cualquier sugerencia de organizar un "desafortunado accidente" para el líder religioso exiliado. En cambio, solicitó a los iraquíes que simplemente obligaran a Khomeini a abandonar el territorio iraquí, medida a la que Barzan accedió de inmediato.

Las razones que motivaron esta negativa han sido objeto de debate intenso entre historiadores y miembros de la comunidad exiliada iraní durante décadas. Winston identifica al menos dos interpretaciones principales que intentan explicar la decisión del shah.

La primera postula que el rechazo obedeció a restricciones morales profundamente arraigadas. Según esta versión, el monarca consideraba que el asesinato político, especialmente de un clérigo venerado, era simplemente impensable desde un punto de vista ético. Esta interpretación presenta a Pahlavi como un gobernante con límites claros, reacio a mancharse las manos con sangre sagrada.

La segunda interpretación, más pragmática, sugiere que se trató de una cuestión de imagen y legado histórico. El shah se esforzaba por proyectarse al mundo como un monarca modernizador, ilustrado y progresista, alejado de los métodos brutales característicos de otros regímenes de la región. Convertirse en el mandatario que ordenó el asesinato de un líder religioso habría destruido cuidadosamente construida imagen de reformador, relegándolo a la categoría de simple dictador mafioso.

Independientemente de la motivación real, la consecuencia fue inmediata. Khomeini fue obligado a dejar Irak en octubre de 1978, apenas un mes después de la visita de Barzan al-Tikriti. Su destino final sería Francia, desde donde coordinaría con mayor libertad la revolución que derrocaría al shah apenas meses después, en febrero de 1979.

El destino de los protagonistas de este episodio resultó irónicamente trágico. El shah murió en el exilio en El Cairo en 1980, enfermo de cáncer y abandonado por la mayoría de sus antiguos aliados occidentales. Saddam Hussein, por su parte, consolidó su poder absoluto en Irak y protagonizaría una cruenta guerra contra la República Islámica de Irán entre 1980 y 1988, conflicto que costaría cientos de miles de vidas.

La oferta de asesinato, finalmente rechazada, no impidió que ambos regímenes cayeran. El shah perdió su trono y su vida, mientras que Saddam fue derrocado en 2003 por la invasión estadounidense y ejecutado tres años después. Khomeini, el hombre que ambos temían, estableció una teocracia que transformó radicalmente a Irán y continúa vigente hasta hoy.

Este episodio, perdido en los archivos oficiales pero preservado en los relatos de testigos y documentos periodísticos, ilustra las complejas dinámicas de poder en la región durante la Guerra Fría. Revela cómo regímenes secularistas y monárquicos, a pesar de sus profundas diferencias ideológicas, estaban dispuestos a colaborar en la eliminación de un enemigo común. También demuestra que, a veces, las decisiones basadas en principios morales o consideraciones de imagen pueden tener consecuencias históricas impredecibles.

La historia de la oferta de Saddam Hussein al shah no es solo un curioso anécdota diplomática, sino un recordatorio de que los grandes eventos históricos a menudo dependen de decisiones individuales tomadas en momentos de crisis. La negativa del shah a aceptar la propuesta de asesinato, ya fuera por convicción ética o por cálculo político, alteró el curso de la historia de Medio Oriente de manera irreversible.

Referencias