Ian Huntley, el condenado por el doble asesinato de las niñas Holly Wells y Jessica Chapman en el 2002 en Soham, Reino Unido, se encuentra en estado crítico tras sufrir una violenta agresión en el interior de la prisión de máxima seguridad de Frankland, ubicada en el condado de Durham.
El incidente ocurrió el jueves por la mañana, alrededor de las nueve, cuando Huntley se encontraba en el taller del centro penitenciario. Según las primeras informaciones, otro interno le propinó un brutal golpe en la cabeza con una barra metálica provista de pinchos. El resultado fue devastador: el agresor de 52 años quedó tendido en el suelo, inconsciente y rodeado por su propia sangre, antes de ser descubierto por el personal del establecimiento.
Las circunstancias del ataque han generado serias interrogantes sobre los protocolos de seguridad en una de las cárceles más vigiladas del sistema penitenciario británico. Huntley, cuyos crímenes lo convirtieron en uno de los presos más odiados del país, suele recibir protección especial debido al riesgo constante de represalias por parte de otros reclusos. Sin embargo, en esta ocasión, el agresor logró acercarse y atacarle cuando aparentemente no contaba con la custodia directa de los funcionarios.
Una fuente con conocimiento del funcionamiento interno de la prisión declaró a medios británicos que el suceso ha sido "caótico" y que resulta "inusual" que un interno pueda aproximarse tanto a Huntley, considerando las estrictas medidas de vigilancia que normalmente se aplican. El informante añadió: "Han debido esperar el momento exacto en que no estaba custodiado para utilizar un arma tan peligrosa y causarle heridas tan graves".
El Servicio de Prisiones emitió un comunicado oficial confirmando que un recluso recibió atención médica de urgencia tras un incidente ocurrido la mañana del jueves en HMP Frankland. No obstante, las autoridades se han mostrado reacias a proporcionar más detalles, argumentando que una investigación policial está en curso y que sería inapropiado hacer declaraciones prematuras.
Por su parte, la Policía de Durham ha ofrecido una actualización sobre el estado de salud de la víctima, confirmando que el preso de 52 años continúa ingresado en estado grave tras ser atendido por lesiones craneales. Los agentes de policía científica han trabajado durante horas en el lugar de los hechos, recabando evidencias que les han permitido identificar a un sospechoso: un recluso masculino de aproximadamente 45 años que, aunque no ha sido formalmente detenido, permanece aislado en una celda de la propia prisión mientras concluyen las pesquisas.
Este no es el primer episodio de violencia que sufre Huntley desde que comenzó a cumplir su condena. Su notoriedad como asesino de menores lo ha convertido en un blanco constante para otros presos que buscan hacer "justicia por mano propia". Según fuentes citadas por la prensa británica, el interno ha sido víctima de al menos tres agresiones violentas desde su ingreso en prisión en 2002.
El incidente más grave antes del actual ocurrió en 2018, cuando otro recluso armado con una "shank" —un arma blanca improvisada fabricada con materiales disponibles en la cárcel— intentó degollarlo en su propia celda. Huntley mismo narró este ataque en una grabación que se hizo pública ese año, describiendo cómo el agresor, identificado como Simon Maskrey, irrumpió en su celda con una cuchilla incrustada en un cepillo de dientes y trató de cortarle el cuello.
En esa grabación, Huntley relataba sin ambages: "Hubo un intento de acabar con mi vida el año pasado. No tengo problema en decir su nombre, fue un preso llamado Simon Maskrey. Entró en mi celda armado y trató de degollarme. Conseguí defenderme, pero fue una experiencia aterradora".
Los crímenes por los que Huntley purga condena conmocionaron al Reino Unido en agosto de 2002. Las niñas Holly Wells y Jessica Chapman, ambas de diez años, desaparecieron tras asistir a una barbacoa en el pueblo de Soham, Cambridgeshire. Huntley, que trabajaba como conserje en un colegio local, fue uno de los últimos en verlas con vida. Durante días, participó en las labores de búsqueda y dio entrevistas a la prensa mostrando su preocupación.
Sin embargo, las investigaciones policiales pronto revelaron que había sido él quien las asesinó. Los cuerpos de las menores fueron encontrados quemados y abandonados en un bosque cercano. En el juicio, se demostró que Huntley había atraído a las niñas a su casa, las había asesinado y luego había intentado ocultar las evidencias. En 2003, fue condenado a dos cadenas perpetuas con una pena mínima de 40 años antes de poder optar a la libertad condicional.
Desde entonces, su vida en prisión ha estado marcada por el aislamiento y la constante amenaza de ataques. Los funcionarios penitenciarios han tenido que implementar medidas especiales para protegerle, incluyendo la asignación de celdas individuales y la restricción de sus interacciones con otros internos. No obstante, estos protocolos no siempre han resultado efectivos, como demuestra el reciente incidente.
El ataque con barra metálica ha reavivado el debate sobre la seguridad en las prisiones de máxima seguridad británicas. Expertos en derecho penitenciario cuestionan cómo un arma tan peligrosa pudo ser fabricada o introducida en el taller de la prisión, y cómo el agresor pudo aprovechar un momento de vulnerabilidad para perpetrar el ataque.
La prisión de Frankland, donde Huntley está recluido, alberga a algunos de los criminales más peligrosos de Inglaterra y Gales, incluyendo terroristas, asesinos en serie y violadores. La instalación cuenta con un régimen de seguridad extremadamente estricto, lo que hace aún más preocupante que se haya producido este tipo de incidente.
Mientras tanto, las familias de las víctimas originales, los padres de Holly y Jessica, han mantenido un perfil bajo respecto a este último acontecimiento. Desde los terribles acontecimientos de 2002, han dedicado su vida a preservar la memoria de sus hijas y a apoyar causas relacionadas con la protección de menores. No han hecho declaraciones públicas sobre el ataque a Huntley, aunque fuentes cercanas indican que su único deseo es que se haga justicia de acuerdo con la ley y que no se perpetúe el ciclo de violencia.
El caso también plantea cuestiones éticas sobre el trato que reciben los presos más detestados en el sistema penitenciario. Mientras que muchos consideran que Huntley merece el castigo máximo por sus crímenes, otros argumentan que el Estado tiene la obligación de proteger la vida de todos los internos, independientemente de la gravedad de sus delitos.
El futuro inmediato de Huntley permanece incierto. Los médicos del hospital donde fue trasladado continúan evaluando la gravedad de las lesiones craneales, mientras las autoridades penitenciarias y policiales trabajan para esclarecer los hechos y prevenir futuros incidentes. El sospechoso, mientras tanto, permanece bajo vigilancia constante, aislado del resto de la población reclusa.
Este episodio sirve como recordatorio de los desafíos que enfrenta el sistema penitenciario británico al gestionar a presos de alta notoriedad, y de las tensiones que existen en el interior de las cárceles entre la necesidad de seguridad, la justicia y la rehabilitación.