La tensión entre Pakistán y Afganistán ha alcanzado su punto más crítico en años tras una serie de bombardeos aéreos que han marcado un antes y un después en las relaciones bilaterales. En la madrugada del viernes, las fuerzas armadas pakistaníes lanzaron ataques contra la capital afgana, Kabul, así como contra las ciudades de Kandahar y Paktia, una acción que el gobierno de Islamabad calificó como el inicio de una guerra abierta contra su vecino.
Los objetivos seleccionados por Pakistán incluyeron zonas estratégicas de la capital afgana. Según fuentes consultadas en el terreno, los bombardeos se concentraron principalmente en los distritos de Khair Khana, Darul Aman y Pul-e-Charkhi. Mientras que este último alberga instalaciones militares de importancia, los otros dos son áreas predominantemente residenciales, lo que ha generado preocupación sobre posibles daños colaterales. Además, las operaciones alcanzaron posiciones en Kandahar y Paktia, consideradas zonas de influencia talibán.
La respuesta del régimen talibán no se hizo esperar. A través de su portavoz Zabihullah Mujahid, las autoridades afganas confirmaron la preparación de una respuesta militar inmediata, pero simultáneamente dejaron abierta la puerta al diálogo. "Siempre hemos insistido en una solución pacífica y todavía queremos que el problema se resuelva mediante conversaciones", declaró Mujahid en una rueda de prensa convocada de urgencia. Esta dualidad entre disposición al combate y voluntad negociadora refleja la complejidad de una crisis que podría desestabilizar toda la región.
Las acciones de represalia afganas se materializaron pocas horas después. El gobierno talibán anunció el lanzamiento de contraataques aéreos contra instalaciones militares pakistaníes en Abbottabad, Nowshera, Jamrud y las proximidades de Faisalabad, cerca de la capital Islamabad. Según la versión oficial afgana, la incursión se ejecutó con precisión a las 11:00 hora local (06:30 GMT) y alcanzó centros de mando estratégicos. Pakistán no ha confirmado oficialmente estos impactos, sumiendo el conflicto en una guerra de cifras y versiones contradictorias.
Desde Islamabad, el primer ministro Muhammad Shehbaz Sharif adoptó un tono beligerante en sus primeras declaraciones públicas sobre el incidente. A través de su cuenta en la red social X, el mandatario aseguró que las fuerzas armadas de su país poseen la "plena capacidad de reducir a polvo cualquier ambición agresiva". Sharif enfatizó que toda la nación está "hombro con hombro" con los militares, quienes cumplen sus deberes "con fervor nacional" bajo el liderazgo del Mariscal de Campo Syed Asim Munir. Este mensaje de unidad nacional busca fortalecer la postura gubernamental ante una potencial escalada bélica.
Paradójicamente, la vida en Kabul ha mostrado una capacidad de resistencia. A pesar de los bombardeos nocturnos, la ciudad retomó este viernes su actividad cotidiana con mercados abiertos y circulación vehicular normal. Esta normalidad superficial contrasta con la tensión latente y los daños materiales en las zonas impactadas, donde equipos de emergencia trabajan para evaluar los estragos de la ofensiva aérea.
Uno de los aspectos más controvertidos de este enfrentamiento es la imposibilidad de verificar las cifras de víctimas. Tanto Pakistán como Afganistán han publicado balances que, sumados desde el inicio de las hostilidades el pasado fin de semana, superarían los 300 muertos. Sin embargo, la ausencia de fuentes independientes y el hermetismo de ambos gobiernos convierten estos números en meras especulaciones. La opacidad informativa dificulta la evaluación del impacto humanitario real y alimenta la propaganda de ambas partes.
Este incidente representa el mayor enfrentamiento militar entre ambas naciones desde el regreso de los talibanes al poder en 2021. Las tensiones históricas por la frontera Durand, la presencia de grupos insurgentes y los acusaciones mutuas de apoyo a extremistas han creado un caldo de cultivo perfecto para la confrontación. La comunidad internacional observa con preocupación cómo dos potencias nucleares -de facto en el caso de Pakistán y potencialmente en el futuro de Afganistán- se enzarzan en un ciclo de violencia que podría tener consecuencias regionales impredecibles.
El escenario actual presenta dos caminos posibles: la escalada militar con incursiones terrestres y más ataques aéreos, o la activación de canales diplomáticos tras el amago de fuerza. La postura talibán, que combina respuesta armada con oferta de diálogo, sugiere que aún existe una ventana de oportunidad para la negociación. Sin embargo, la retórica beligerante de Islamabad y el respaldo popular a las fuerzas armadas complican cualquier intento de desescalada inmediata.
El tiempo jugará un papel crucial. Cada hora sin nuevos ataques es una oportunidad para que mediadores regionales -como China, Rusia o Catar- intervengan. Pero cada nuevo bombardeo cierra más esa posibilidad. La región de Asia Central, ya inestable por conflictos internos y presencia de grupos yihadistas, no puede permitirse una guerra frontal entre estos dos actores clave. La comunidad internacional deberá actuar con rapidez para evitar que esta guerra abierta se convierta en un conflicto prolongado y devastador para millones de civiles a ambos lados de la frontera.