La Real Academia Española atraviesa uno de los períodos de mayor tensión interna de su historia reciente. El reconocido escritor Arturo Pérez-Reverte, miembro del pleno de la institución, ha encendido la mecha de una polémica que pone al descubierto las profundas diferencias ideológicas entre dos corrientes de pensamiento dentro de la corporación. El foco del conflicto: el uso de la tilde diacrítica en la palabra "solo" y, en un plano más amplio, el papel que debe desempeñar la Academia en la normativa del idioma español.
El debate no es nuevo. Ya en marzo de 2023, durante las deliberaciones sobre la necesidad de mantener o suprimir la tilde en "solo", se vislumbraron fisuras entre los académicos. Ahora, casi tres años después, esas grietas se han convertido en verdaderas brechas. Pérez-Reverte publicó una tribuna en un medio nacional donde cuestionaba abiertamente la línea seguida por la actual dirección, acusándola de haber abandonado el rol histórico de la institución.
En su artículo, el novelista defiende que la RAE ha renunciado a su función normativa y cultural con la claridad y autoridad que caracterizó a la corporación durante décadas. Según su visión, la Academia se doblega ante la presión externa para aceptar construcciones que antes habría considerado incorrectas, delegando en los medios de comunicación la tarea de establecer criterios sobre el buen uso del español.
La crítica de Pérez-Reverte apunta directamente a lo que él considera una marginación de los escritores. En su opinión, la actual gestión ha roto el equilibrio histórico entre creación literaria y técnica lingüística, favoreciendo a los expertos en lexicografía en detrimento de los autores. Esta situación, advierte, provoca un registro cada vez más vulgar, adaptado a las exigencias del lenguaje en redes sociales.
Fuentes internas del Pleno confirman a este medio que el malestar es real. Reconocen que se están produciendo disputas inusuales y que algunas decisiones dejan a los escritores en un segundo plano. Nombres como Álvaro Pombo o Carlos García Gual aparecen junto al de Pérez-Reverte como parte de la facción literaria que se siente desplazada. Estos autores, con décadas de trayectoria, consideran que su experiencia en la creación literaria les da una perspectiva única sobre el funcionamiento del idioma que no puede ser ignorada.
Por el contrario, otros académicos minimizan el conflicto. Aseguran que los debates internos siempre han existido y que la pluralidad de opiniones es saludable en una institución de este calibre. El uso de la tilde en "solo" o la adaptación del idioma a los nuevos usos ciudadanos son, según esta corriente, temas legítimos de discusión que enriquecen el trabajo académico.
Salvador Gutiérrez Ordoñez, director del Departamento de Español al día, representa la voz de los técnicos. Desde su posición, defiende que la Academia no debe actuar como una inquisición lingüística. "La Academia es notario de la lengua, que es de todos los hablantes no solo de los escritores", argumenta. Para él, la institución debe documentar los usos reales del idioma, no imponer normas arbitrarias que no reflejen la realidad comunicativa actual.
Gutiérrez Ordoñez considera que el debate debería haberse mantenido en el ámbito interno antes de trasladarse a la esfera pública. Su equipo de filólogos y lingüistas trabaja en la orientación del hablante, no en la prohibición. "El uso del lenguaje es el que manda y los técnicos defendemos que no se puede estar todo el día con el estropajo", incide, refiriéndose a la necesidad de no corregir excesivamente los usos naturales del habla.
Esta postura refleja una concepción moderna de la normativa lingüística, donde la evolución natural del idioma y la influencia de las nuevas tecnologías juegan un papel central. Los expertos en lexicografía argumentan que el español debe adaptarse a los tiempos actuales, incluyendo los registros propios de internet y las redes sociales. Esta adaptación, sostienen, no es una degradación, sino una actualización necesaria.
La polémica de la tilde en "solo" simboliza este choque de visiones. Para los escritores, mantener la tilde diacrítica es cuestión de precisión y tradición, una herramienta que evita ambigüedades y respeta la herencia ortográfica. Para los técnicos, su supresión refleja la simplificación natural del sistema ortográfico y la tendencia generalizada hacia una escritura más ágil y funcional.
El próximo pleno de la Academia promete ser, como advirtió Pérez-Reverte, un encuentro "tormentoso". Las votaciones y los debates previos anticipan un enfrentamiento directo entre ambas facciones, donde cada decisión sobre la normativa será interpretada como una victoria de uno u otro bando.
El conflicto trasciende la mera discusión técnica. En juego está la identidad de la RAE: ¿debe ser un guardián conservador del idioma o un documentalista flexible de sus cambios? La respuesta a esta pregunta definirá el rumbo del español en las próximas décadas y establecerá el precedente para cómo se tomarán decisiones similares en el futuro.
Mientras tanto, los académicos continúan preparando sus argumentos. Los escritores reclaman su papel histórico en la institución, recordando que la RAE siempre ha contado con la visión de los grandes autores de cada época. Los técnicos defienden una visión más democrática y actualizada del idioma, argumentando que la lengua pertenece a todos sus hablantes, no solo a una élite literaria.
Y el público, ajeno a las luchas internas, espera que la RAE mantenga la autoridad que le ha caracterizado durante siglos. Los profesores, periodistas y comunicadores necesitan criterios claros y estables para desarrollar su trabajo. La incertidumbre sobre normas básicas como la tilde en "solo" genera confusión en todos los ámbitos.
La batalla por la tilde en "solo" es, en realidad, una batalla por el alma de la lengua española. Una confrontación entre tradición y modernidad, entre prescriptivismo y descriptivismo, que tendrá consecuencias en aulas, redacciones y redes sociales. La Academia, lejos de ser un monolito inmutable, demuestra ser un terreno de debate vivo, donde cada tilde puede convertirse en un campo de batalla.
En este contexto, la figura de Pérez-Reverte se erige como portavoz de una corriente que teme la pérdida de calidad y precisión en el idioma. Su prestigio como escritor le da peso a las críticas, pero también expone las tensiones inherentes a una institución que debe equilibrar tradición y evolución.
El futuro de la RAE se decidirá en los próximos meses. La resolución del conflicto sobre "solo" será solo el primer paso en una redefinición más amplia de su misión. Lo que está en juego no es solo una tilde, sino la filosofía que guiará la normativa del español en el siglo XXI.