Final de 'Él y ella' de Netflix: explicación del desenlace que conmociona

La miniserie de Netflix con Tessa Thompson y Jon Bernthal termina con una revelación sobre la memoria, la culpa y los límites de la protección familiar que desafía al espectador.

La miniserie Él y ella (His & Hers) se ha convertido en uno de los fenómenos más comentados de Netflix tras su estreno reciente. Con un desenlace que redefine por completo la naturaleza de la historia, la producción ha escalado hasta el primer puesto en más de setenta países, generando debates intensos sobre sus implicaciones morales. Los rostros principales, Tessa Thompson y Jon Bernthal, ambos reconocidos por sus papeles en el universo Marvel, lideran una narrativa que comienza como un thriller policial convencional y evoluciona hacia un drama psicológico profundo sobre la memoria, la culpa y los extremos a los que llega una madre por proteger a su hija.

La trama se desarrolla en el tranquilo pueblo de Dahlonega, en Georgia, donde Anna Andrews regresa tras años de ausencia. La protagonista, consolidada como periodista en una gran ciudad, acepta cubrir una cadena de asesinatos que sacude su lugar de origen. Lo que inicialmente parece una oportunidad profesional se convierte pronto en un viaje al pasado que preferiría mantener enterrado. Las víctimas no son extrañas: formaban parte del círculo de amistades de Anna durante su juventud, lo que establece una conexión personal que contamina cualquier objetividad periodística. Este retorno forzado a su territorio natal no solo implica enfrentar viejos fantasmas, sino también reabrir heridas que nunca cicatrizaron del todo.

El encargado de la investigación policial es Jack Harper, detective local y exmarido de Anna. Su relación, fracturada por una tragedia compartida que nunca superaron, añace capas de complejidad emocional a cada encuentro. La serie utiliza esta dinámica para explorar cómo el dolor no resuelto modela las decisiones presentes, creando una tensión que va más allá del misterio criminal. Cada episodio desplaza las sospechas entre diferentes personajes, incluida la propia Anna, manteniendo al espectador en constante estado de incertidumbre. La narrativa juega hábilmente con la perspectiva, mostrando cómo la memoria es selectiva y cómo cada personaje construye su propia versión de la verdad.

El sexto y último capítulo introduce el giro que redefine toda la experiencia narrativa. La mente criminal detrás de los crímenes no es un desconocido ni un rival del pasado, sino Alice, la madre de Anna. Hasta ese momento, Alice aparecía como una figura secundaria: una mujer mayor con evidentes problemas de salud y deterioro cognitivo que la hacían parecer vulnerable y ajena a la trama principal. Esta caracterización resulta crucial, ya que la convierte en el último personaje que cualquiera sospecharía. La serie plantea así una reflexión sobre cómo la sociedad descarta a las personas mayores, asumiendo su invisibilidad, y cómo esa misma invisibilidad puede convertirse en la cobertura perfecta para actuar impunemente.

La confesión llega a través de una carta que Alice prepara para su hija, revelada tras su muerte. En el documento, la madre admite haber planificado y ejecutado cada uno de los asesinatos con precisión metódica. Su motivación, lejos de ser un impulso irracional, responde a una venganza calculada: cada víctima tuvo alguna conexión con un evento traumático que Anna sufrió durante su adolescencia. Según la confesión, estas mujeres ignoraron, minimizaron o directamente silenciaron lo ocurrido, permitiendo que el trauma de Anna quedara sin reparación. Alice justifica sus actos como una forma de justicia tardía, una protección maternal extrema que trasciende la legalidad. La serie no juzga abiertamente esta justificación, pero presenta las consecuencias devastadoras de una venganza que, aunque entendible desde una perspectiva emocional, destruye vidas.

La narrativa salta entonces un año hacia el futuro. Anna y Jack han reconstruido su relación y planean formar una familia, asumiendo incluso el cuidado de la hija de una de las víctimas. Este aparente final feliz, sin embargo, se construye sobre una mentira fundamental. Anna toma la decisión de ocultar la verdad sobre su madre, tanto a las autoridades como a Jack. El último plano de la serie, un silencioso intercambio de miradas entre Anna y el retrato de Alice, confirma que este secreto quedará enterrado para siempre. Esta elección convierte a Anna en cómplice postuma de su madre, perpetuando el ciclo de silencio que inició el trauma original.

Este desenlace plantea interrogantes morales sin respuestas fáciles. La serie rechaza ofrecer una conclusión clara sobre si la decisión de Anna es justificable. ¿Es posible fundar un futuro sobre una mentira que protege la memoria de un ser querido? ¿Dónde está el límite entre la lealtad familiar y la responsabilidad social? El espectador se queda con estas preguntas, invitado a reflexionar sobre la naturaleza de la culpa y el precio del perdón. La obra sugiere que la justicia no siempre es binaria y que las personas viven en matices de gris, donde las decisiones correctas desde un punto de vista pueden ser terriblemente equivocadas desde otro.

El éxito de Él y ella radica precisamente en esta ambigüedad. No se trata solo de descubrir quién cometió los crímenes, sino de comprender las capas de motivación que llevan a una persona a tomar decisiones irreversibles. La transformación del thriller policial en un estudio de personajes profundo demuestra cómo el género puede servir para explorar temas universales como el trauma intergeneracional y la complejidad de las relaciones familiares. La serie utiliza el formato de misterio no como un fin en sí mismo, sino como una herramienta para desentrañar las complejidades del comportamiento humano cuando está impulsado por el amor y la culpa.

La dirección y el guion mantienen un ritmo deliberado que permite que la tensión emocional se acumule, mientras que las actuaciones de Thompson y Bernthal aportan la vulnerabilidad necesaria para que el público se identifique con sus dilemas. La serie se ha convertido en un fenómeno cultural no solo por su popularidad, sino por su capacidad para generar conversación sobre límites éticos en un contexto de entretenimiento masivo. En un panorama saturado de producciones que buscan sorprender al público con giros inesperados, Él y ella destaca por la coherencia emocional de su revelación final, que no busca el shock gratuito sino la reflexión profunda.

Referencias

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