Macedonia del Norte celebra la Navidad ortodoxa el 7 de enero

La comunidad ortodoxa de Skopie conmemora la Navidad según el calendario juliano con misas y tradiciones ancestrales

El 7 de enero marca una fecha señalada en el calendario para millones de fieles ortodoxos en todo el mundo, y Macedonia del Norte no es una excepción. Mientras la mayor parte de países occidentales concluyeron sus festividades navideñas hace días, las comunidades que siguen el calendario juliano inician hoy sus celebraciones más importantes, convirtiendo las primeras semanas de enero en un periodo de profunda reflexión espiritual y convivio familiar.

En la capital, Skopie, el corazón de estas celebraciones late con especial intensidad en la iglesia de San Clemente, el templo ortodoxo más representativo de la ciudad. Cientos de fieles se congregan en su interior para participar en la misa principal, un acto litúrgico que combina la solemnidad de los ritos bizantinos con la calidez de una tradición viva y arraigada en la identidad nacional.

La elección del 7 de enero como fecha navideña no responde a una mera cuestión de preferencia, sino a una compleja historia eclesiástica. La Iglesia ortodoxa macedonia, al igual que otras iglesias ortodoxas como la rusa, la serbia o la georgiana, mantiene el calendario juliano para sus festividades religiosas más importantes. Este sistema, establecido por Julio César en el año 46 a.C., acumula actualmente un desfase de 13 días respecto al calendario gregoriano que rige la vida civil en la mayor parte del planeta.

Skopie se viste de gala para la ocasión. Las calles adyacentes a los principales templos ortodoxos lucen un ambiente festivo pero sobrio, donde las luces navideñas conviven con la nieve invernal característica de la región balcánica en esta época del año. La temperatura, que ronda los cero grados, no disuade a los fieles que, desde primera hora de la mañana, forman filas para recibir la bendición del sacerdote y participar en los ritos litúrgicos.

La iglesia de San Clemente, dedicada al santo patrón de la educación y la literatura eslava, se convierte en el epicentro de la devoción colectiva. Construida en el siglo IX y reconstruida en varias ocasiones a lo largo de la historia, este templo representa no solo un lugar de culto, sino un símbolo de resistencia cultural y espiritual del pueblo macedonio. Sus muros de piedra han presenciado siglos de celebraciones, guerras, reconstrucciones y, sobre todo, la preservación de una identidad que ha sabido mantenerse firme frente a las adversidades históricas.

Durante la misa de Navidad, el obispo local oficia la liturgia en lengua macedonia, aunque los cánticos conservan ecos del antiguo eslavo eclesiástico. El ritual incluye la procesión del icono del Nacimiento, la bendición del pan tradicional conocido como kolach, y la distribución de vino consagrado entre los asistentes. Cada elemento simbólico refuerza la conexión entre la comunidad y sus raíces espirituales.

El kolach merece una mención especial dentro de las tradiciones navideñas macedonias. Este pan redondo, decorado con motivos religiosos, se prepara exclusivamente para esta festividad y se coloca en el centro de la mesa familiar. Su elaboración sigue recetas transmitidas de generación en generación, donde cada ingrediente tiene un significado simbólico: la harina representa la fertilidad, el agua la pureza, y el fuego del horno la presencia divina.

Tras la ceremonia religiosa, las familias regresan a sus hogares para compartir la česnica, la comida navideña que reúne a parientes y amigos en torno a una mesa abundante. El menú típico incluye sarmale (hojas de repollo rellenas), pita de carne, ensaladas de temporada y, como no podía ser de otro modo, el rakija, el aguardiente de ciruela que calienta los espíritus en las frías noches balcánicas.

Una curiosidad de estas celebraciones es la figura del Badnik, equivalente a la Nochebuena occidental, que se celebra el 6 de enero. En esta jornada previa, las familias encienden un fuego en el hogar con tronco de roble, simbolizando la luz que guía al mundo hacia el nacimiento de Cristo. Las cenizas de este fuego se conservan durante todo el año como amuleto protector para la casa.

La dualidad calendárica en Macedonia del Norte genera un fenómeno sociológico interesante. Muchas familias, especialmente en zonas urbanas, celebran ambas Navidades: la del 25 de diciembre, más comercial y globalizada, y la del 7 de enero, más arraigada en la tradición y la fe. Esta convivencia refleja la capacidad de adaptación de una sociedad que mira hacia Europa sin renunciar a sus particularismos culturales.

Desde la perspectiva turística, estas celebraciones ofrecen una oportunidad única para observar la autenticidad de las tradiciones ortodoxas sin las masificaciones que afectan a otros destinos religiosos. Los visitantes que se acercan a Skopie durante esta fecha pueden presenciar rituales que han permanecido inalterados durante milenios, participar en la hospitalidad local y degustar la gastronomía típica en un contexto genuino.

La prensa local, como reflejan los recursos fotográficos de Gjorgji Licovski, captura cada año la esencia de estas celebraciones. Sus imágenes muestran rostros serenos de ancianos con velas encendidas, niños fascinados por el esplendor de los iconos, y sacerdotes con vestimentas ceremoniales que parecen transportarnos a la Constantinopla bizantina. Estas fotografías constituyen un archivo visual invaluable de la memoria colectiva macedonia.

En el ámbito político, la Navidad ortodoxa también tiene su relevancia. Las autoridades del país, incluido el presidente y el primer ministro, suelen asistir a los actos religiosos principales, reconociendo así la importancia de la Iglesia ortodoxa como pilar de la identidad nacional. Este gesto, lejos de ser meramente protocolario, refuerza la cohesión social en un estado multiétnico donde la convivencia entre macedonios, albaneses y otras minorías requiere constantes esfuerzos de integración.

La celebración de la Navidad según el calendario juliano en Macedonia del Norte nos recuerda que, en un mundo globalizado y acelerado, persisten espacios donde el tiempo fluye a otro ritmo. Un ritmo marcado por tradiciones centenarias, por la comunidad, y por una fe que no necesita adaptarse a las convenciones occidentales para mantenerse viva. Para los macedonios ortodoxos, el 7 de enero no es solo una fecha en el calendario: es la manifestación tangible de su historia, su resistencia cultural y su esperanza en el futuro.

A medida que las campanas de San Clemente repiquen en el cielo de Skopie, anunciando el nacimiento de Cristo a su manera, el resto del mundo recibe una lección de identidad. Una lección que nos invita a valorar la diversidad cultural, a respetar las diferencias en las manifestaciones espirituales, y a reconocer que, al final del día, la esencia de la Navidad —ortodoxa o no— reside en la capacidad de congregar a las personas en torno a valores universales de paz, amor y fraternidad.

Referencias

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