El Dakar no necesita presentaciones. Considerado el rally raid más duro del planeta, esta prueba extrema ha escrito algunas de las páginas más dramáticas del automovilismo. La edición de 2006 no fue una excepción, y para Isidre Esteve se convirtió en un punto de inflexión que marcaría su carrera para siempre. Durante la novena etapa, un accidente en pleno desierto mauritano estuvo a punto de cobrarse una facta demasiado alta.
Aquella temporada pintaba de maravilla para el piloto de Oliana. Montado sobre su potente KTM del equipo Gauloises, Esteve se encontraba en una posición envidiable: segundo en la general, a escasos seis minutos de su rival y compatriota Marc Coma. La confianza crecía con cada kilómetro recorrido, y las opciones de alcanzar el liderato eran más que reales. El objetivo era claro: llegar a meta en Kiffa, una localidad de unos 33.000 habitantes situada en el sur de Mauritania, y mantener vivas las esperanzas de victoria.
La etapa programada para aquel fatídico día era la más larga de toda la edición: nada menos que 874 kilómetros desde Nuakchot, la capital mauritana, hasta Kiffa. Una distancia de vértigo que pondría a prueba la resistencia de pilotos y máquinas por igual. Sin embargo, lo que debía ser una jornada de competición pura se convirtió en una auténtica odisea por culpa de una serie de decisiones controvertidas y condiciones meteorológicas adversas.
La organización del rally, ASO (Amaury Sport Organisation), tomó una determinación que generó no poca polémica entre los participantes. "Aquel día, no sé por qué, ASO decidió dar el orden inverso, es decir, el primero salía último", recordaba Esteve en declaraciones recientes. Esta medida, sumada a la ruta trazada hacia el este, provocó que los pilotos tuvieran que enfrentarse de lleno al sol naciente. El resultado fue una visibilidad prácticamente nula en la pista, agravada por las nubes de polvo que levantaban las motos precedentes.
En esas condiciones límite, el piloto catalán sufrió una caída que, en principio, parecía sin mayor importancia. "Tuve una caída, no sé dónde fui ni dónde fue", confesaba Esteve, aún con la secuela emocional de aquel momento. Sin signos externos evidentes de lesión, el piloto hizo lo que cualquier competidor de su nivel haría: se levantó, se sacudió el polvo y se dispuso a continuar la lucha por la victoria. Su espíritu competitivo seguía intacto, pero su cuerpo empezaba a dar señales de alarma.
El primero en percibir que algo no funcionaba correctamente fue su mochilero, quien notó que el ritmo de Esteve había decayendo de forma inusual. No era el único. La propia organización del rally, desde el helicóptero de seguimiento, observó que el piloto de la KTM no mantenía el ritmo esperado para un corredor de su posición. "Yo estaba bien, la moto no tenía nada. Pero algo pasaba. Me paró el helicóptero porque iba despacio, pero yo no me acuerdo de nada", relataba el piloto.
Los médicos de la organización insistieron en examinarlo, pero Esteve, consciente de las implicaciones, se resistía. Sabía que cualquier evaluación médica podía significar la descalificación inmediata y el fin de sus aspiraciones al podio. La negociación fue breve pero intensa. "Me dijeron: 'no sabemos qué tienes, pero algo no está bien. Debes abandonar'", recordaba. La respuesta del piloto fue contundente: "¿Cómo? Estoy aquí para ganar".
Sin embargo, la realidad médica era implacable. Tras la insistencia del equipo sanitario, Isidre Esteve fue evacuado de urgencia al hospital más cercano. Allí, los profesionales de la salud le sometieron a un escáner corporal que reveló la verdadera gravedad de la situación: el piloto había sufrido una rotura de bazo como consecuencia de la caída. Una lesión interna silenciosa pero potencialmente mortal si no se trataba con rapidez.
El bazo, un órgano situado en el hipocondrio izquierdo, es especialmente vulnerable en los impactos laterales. Una rotura puede provocar hemorragia interna masiva y, de no ser atendida a tiempo, llevar a la muerte por shock hemorrágico. Esteve, por suerte, recibió atención médica en el momento adecuado, aunque ello significara decir adiós a sus sueños de victoria en aquella edición del rally.
La noticia cayó como un jarro de agua fría en el equipo Gauloises-KTM, que había preparado meticulosamente toda la temporada con el objetivo de la victoria. El abandono forzoso de su piloto estrella representaba no solo una pérdida deportiva, sino también un duro golpe moral para todo el conjunto. Para Esteve, la frustración era doble: por un lado, ver esfumarse sus opciones reales de proclamarse campeón; por otro, la certeza de que su cuerpo le había traicionado en el peor momento posible.
El piloto catalán, conocido por su fortaleza mental y su capacidad de superación, tuvo que enfrentarse a una recuperación compleja. La lesión de bazo requiere reposo absoluto y una vigilancia médica constante para evitar complicaciones. La temporada quedaba truncada, pero lo más importante era la salud. Aquel accidente en las arenas de Mauritania le sirvió como una dura lección sobre los riesgos inherentes al motorismo extremo y la importancia de no menospreciar ningún impacto, por leve que parezca.
Con el paso de los años, Esteve ha sabido poner en perspectiva aquel trago amargo. El Dakar 2006 pasó a formar parte de su bagaje personal y profesional, un recordatorio constante de que la vida está por encima de cualquier victoria deportiva. Su carrera continuó con altibajos, pero aquella experiencia le dotó de una madurez y una conciencia de sus propios límites que le ha acompañado en todas las competiciones posteriores.
La historia de Isidre Esteve en el Dakar 2006 no es solo una anécdota más del mundo del motor. Es un testimonio vivo de la delgada línea que separa la gloria del desastre en el deporte de alto riesgo. Una lección sobre la vulnerabilidad humana, incluso para los pilotos más curtidos y experimentados. Y sobre todo, un recordatorio de que en el rally raid, como en la vida, nunca se debe dar nada por sentado.
Hoy, cuando se repasan las páginas más duras del Dakar, el nombre de Isidre Esteve ocupa un lugar destacado no solo por sus logros deportivos, sino por su capacidad de resurgir de una situación límite. Aquel "¿Mañana? Mañana estás muerto" que podría haber sido su epitafio en las dunas mauritanas, se convirtió en el punto de partida de una nueva etapa en su vida, más consciente, más humana y, en cierto modo, más fuerte.