El 30 de diciembre de 2024, Dinamarca ha vivido uno de esos momentos que marcan una época. PostNord, la empresa que durante siglos ha sido el equivalente al Correo danés, ha cerrado su servicio de reparto de cartas. Con este gesto, cuatro siglos de historia postal llegan a su fin, dejando atrás no solo un servicio público, sino toda una forma de entender la comunicación entre personas.
La noticia, confirmada para entrar en vigor con el Año Nuevo 2025, convierte a Dinamarca en el primer país europeo en abolir completamente el servicio postal tradicional. A partir de ahora, solo operadores privados se encargarán del envío de correspondencia física, mientras PostNord se reinventa como una mera empresa de paquetería, compitiendo directamente con gigantes globales como Amazon, Temu o Alibaba.
El declive no ha sido repentino, sino el resultado de una década de transformaciones. Durante 2024, la compañía ha despedido a cerca de 1.500 trabajadores, un número que refleja la brutalidad de la transición y la velocidad del cambio. Las icónicas cajas rojas de buzones que puntuaban cada esquina danesa han ido desapareciendo progresivamente, algunas vendidas como piezas de coleccionismo para quienes quieren conservar un pedazo de historia en sus hogares. Es el fin de un símbolo visual que formaba parte del paisaje urbano.
¿Qué ha llevado a este punto de no retorno? La respuesta oficial la dio Kim Pedersen, director de PostNord: la digitalización masiva de la comunicación. Los daneses reciben ahora una media de una carta al mes, un volumen insuficiente para mantener un modelo de negocio viable. Los correos electrónicos, las notificaciones instantáneas, las redes sociales y las apps de mensajería han sustituido a las cartas manuscritas con una eficiencia que deja poco espacio para la nostalgia o las tradiciones.
Sin embargo, la tecnología no es el único culpable de este desenlace. El Gobierno de Mette Frederiksen ha desempeñado un papel determinante y activo en este proceso. En 2023, la administración aprobó una controvertida ley que liberalizaba completamente el mercado postal, eliminando la subvención estatal anual de varios cientos de millones de coronas y, lo más importante, la obligación del Estado de garantizar el reparto universal de cartas en todo el territorio nacional.
Esta decisión política, presentada como una medida de modernización y eficiencia, fue en realidad un golpe de gracia para el servicio público. Documentos internos a los que tuvo acceso el medio Altinget revelaron que el ministro de Transportes, Thomas Danielsen, fue advertido previamente por sus asesores de que esta ley sacaría a PostNord del mercado de las cartas de forma definitiva. Su reacción fue de total despreocupación: "Existe un mercado libre tanto para cartas como para paquetes", declaró, como si la historia y el servicio universal no tuvieran peso en la balanza política.
La analogía es clara y desoladora: si PostNord fuera un organismo vivo, las cartas eran su corazón. Hoy, ese corazón ha sido arrancado, devorado por los leones voraces del mercado, y el cuerpo camina como un zombi, movido únicamente por la lógica del beneficio económico. La empresa seguirá operando, sí, pero su alma habrá desaparecido por completo.
Este final simbólico nos interpela como sociedad europea. ¿Qué perdemos realmente cuando desaparece el correo tradicional? Más allá de los puestos de trabajo —esas 1.500 familias afectadas— desaparece un ritual de comunicación humana que nos ha acompañado durante generaciones. La carta escrita a mano, el sello, la espera, la intimidad de un sobre abierto con calma en el salón de casa. Todo eso se desvanece en favor de la instantaneidad digital y la eficiencia cuantificable.
Dinamarca se convierte así en un laboratorio de futuro para el resto de Europa. Países como España, Francia, Italia o Alemania observan con preocupación este experimento nórdico. ¿Seremos capaces de mantener el equilibrio entre progreso tecnológico y preservación de servicios esenciales? ¿O seguiremos el mismo camino, sacrificando patrimonio en el altar de la eficiencia económica?
La respuesta no es sencilla. La digitalización es irreversible y, en muchos aspectos, beneficiosa para la agilidad comunicativa. Pero la decisión danesa plantea una pregunta incómoda: ¿hemos confundido liberalización con desmantelamiento? ¿Es posible diseñar un modelo híbrido que proteja el servicio universal sin frenar la innovación tecnológica? La experiencia danesa sugiere que una vez que se abre la puerta a la competencia desleal, el servicio público no puede sobrevivir.
Mientras tanto, los buzones rojos daneses se desvanecen del paisaje urbano. Algunos terminarán en museos, otros en salones particulares como curiosidades vintage. Y las cartas, esas mensajeras de papel, se convertirán en un lujo para coleccionistas o un gesto romántico ocasional, pero nunca más en un derecho universal al que cualquier ciudadano pueda acceder por pocos céntimos.
El 30 de diciembre ha sido el último capítulo de una historia que comenzó en 1624, cuando el rey Christian IV estableció el primer servicio postal regular. Una historia que, como tantas otras en esta época de transformaciones aceleradas, termina no con un estruendo, sino con el silencio de un sobre que ya no se abrirá. Dinamarca ha dicho adiós a su Correos, y con él, a una parte de su identidad colectiva. El resto de Europa observa, y se pregunta cuánto tiempo le queda al suyo.