El Duero desborda en Tudela: inundaciones históricas y lucha vecinal

Cientos de vecinos de la localidad vallisoletana viven horas de angustia mientras el río alcanza caudales récord y anega viviendas

El río Duero ha desatado su furia sobre la localidad vallisoletana de Tudela, dejando tras de sí un panorama de inundaciones históricas que han transformado calles en canales y sembrado la desesperación entre decenas de familias. La mañana del lunes 16 de febrero de 2026 ha amanecido con la comunidad local enfrentando las consecuencias de un caudal que ha roto todos los registros anteriores, superando los 800 metros cúbicos por segundo en la estación de aforo de Quintanilla de Onésimo.

La situación ha obligado a los servicios de emergencia a desplegar un operativo sin precedentes en la zona. Bomberos de la Diputación, Guardia Civil, Policía Municipal y Protección Civil han trabajado de forma coordinada para asistir a la población y mitigar los daños causados por las aguas desbordadas. Su labor se ha centrado fundamentalmente en informar a los residentes sobre la evolución de la crisis y en prestar apoyo directo a los hogares más vulnerables.

Las zonas más afectadas han sido la ronda de San Esteban y la calle Abelardo, donde el agua ha invadido sin piedad los bajos de aproximadamente veinte viviendas. Los propietarios, muchos de ellos con décadas residiendo en la zona, aseguran no haber presenciado nunca una crecida de tal magnitud. Los sótanos y bodegas han quedado completamente sumergidos, con niveles que superaban el metro de altura durante las horas críticas.

El testimonio de Tomás García, vecino de 73 años, refleja el impacto emocional de la catástrofe: «No hemos dormido en toda la noche. Creemos que lo peor ya ha pasado, pero no podemos confiarnos. Mira el estado en el que nos encontramos». Su familia ha optado por permanecer en el domicilio pese al riesgo, levantando barricadas con ladrillos en la entrada principal y dispuestos a colocar sacos de arena si la situación empeora.

La crisis ha puesto a prueba la salud mental de los afectados. La madre de Marta García, residente en la misma zona, sufrió un ataque de ansiedad el domingo por la tarde que requirió asistencia médica urgente. La angustia de ver su bodega convertida en una piscina de agua turbia fue demasiado para su sistema nervioso. Este lunes, su yerno Tomás intentaba sobrellevar la situación con resignación mientras bombeaba agua sin descanso.

Los vecinos han tenido que convertirse en sus propios salvadores. Con bombas de achique prestadas o propias, han extraído miles de litros de agua de sus hogares. «Sabemos que no podemos controlar el río, pero al menos intentamos evitar daños mayores», comentaban varios residentes mientras vigilaban el nivel del agua. La comunidad de vecinos Flor de Castilla ha vivido momentos de particular tensión, con catorce viviendas oficialmente desalojadas, aunque los residentes hablan de cifras superiores.

La prevención ha sido clave para reducir las pérdidas materiales. Desde el sábado, muchos propietarios habían retirado enseres valiosos y vehículos de las plantas bajas. Sin embargo, la rapidez con que el agua ha ascendido ha dejado poco margen de maniobra. Las calles adyacentes al río se han convertido en verdaderos ríos secundarios, con corrientes capaces de arrastrar objetos y dificultar el paso de vehículos.

El caudal récord del Duero no solo ha afectado a Tudela. Todos los municipios ribereños permanecen en estado de alerta máxima, con el temor de que la situación se repita en otras localidades. Las autoridades hidrológicas han advertido que, aunque el pico de inundación parece haber pasado, el riesgo de nuevas crecidas persiste mientras no se estabilicen los aportes de agua de la cuenca alta.

El lunes por la mañana, el panorama era desolador. Vehículos todoterreno de emergencia recorrían las calles anegadas, mientras los vecinos sacaban muebles inservibles y evaluaban los daños. El barro y los sedimentos dejados por el agua han convertido las aceras en un terreno resbaladizo y peligroso. Los comercios de la zona baja han tenido que cerrar temporalmente, temiendo por el estado de sus instalaciones.

La resiliencia de la comunidad ha sido la nota positiva en medio del desastre. Vecinos que no habían cruzado palabra en años se han unido para compartir bombas, sacos de arena y consuelo mutuo. Los grupos de WhatsApp de la comunidad han explotado de mensajes de apoyo y ofertas de ayuda. «Aquí estamos todos juntos en esto», comentaba una vecina mientras ofrecía café a los voluntarios de Protección Civil.

Los expertos en climatología apuntan que este evento es consecuencia de los patrones meteorológicos extremos que cada vez son más frecuentes en la península ibérica. Las intensas precipitaciones de los últimos días, sumadas a la nieve fundida en la cabecera de la cuenca, han creado una combinación perfecta para la tragedia. El cambio climático, advierten, hará que episodios como este se repitan con mayor intensidad.

Mientras tanto, en Tudela la vida ha quedado paralizada. Los colegios han suspendido las clases, los accesos al pueblo están cortados y el suministro eléctrico ha sufrido interrupciones en varios puntos. La empresa eléctrica ha tenido que cortar el servicio en algunas zonas por seguridad, dejando a los residentes sin calefacción ni medios de comunicación en plena ola de frío.

La limpieza y reconstrucción será un proceso largo y costoso. Los técnicos municipales ya trabajan en evaluar los daños estructurales de los edificios más afectados. Muchas viviendas necesitarán una reforma integral de sus plantas bajas, con cambio de instalaciones eléctricas, fontanería y mobiliario. Los seguros tardarán semanas en procesar las reclamaciones, y muchos vecinos carecen de cobertura adecuada para este tipo de desastres naturales.

El alcalde de Tudela ha comparecido ante los medios para agradecer el trabajo de los servicios de emergencia y para anunciar que solicitará la declaración de zona catastrófica. Esta medida permitiría acceder a fondos estatales y autonómicos para la reconstrucción y para ayudar a las familias más vulnerables. «No vamos a dejar a nadie atrás», ha prometido, reconociendo el sufrimiento de sus conciudadanos.

A medida que avanza la tarde del lunes, el nivel del agua comienza a descender lentamente, pero la tensión permanece. Los pronósticos indican que las lluvias podrían volver en las próximas 48 horas, lo que mantendría en vilo a toda la población. Los vecinos de la ronda de San Esteban y la calle Abelardo no descansarán tranquilos hasta que el Duero retorne a su cauce normal.

La lección de Tudela es clara: la importancia de la preparación comunitaria y la necesidad de infraestructuras más resilientes ante el cambio climático. Mientras tanto, los residentes continúan su lucha contra el agua, con la esperanza de que la próxima vez -porque habrá una próxima vez- estén mejor preparados para enfrentar la furia de un río que, en un día de febrero, decidió recordarles quién manda en la naturaleza.

Referencias