El reciente acto político que reunió a Gabriel Rufián y Emilio Delgado ha desatado un intenso debate sobre el futuro de la izquierda confederal en España. Lo que prometía ser un espacio para consolidar liderazgos y trazar una hoja de ruta común terminó convertido en un ejercicio de retórica dispersa, donde las diferencias entre ambos ponentes eclipsaron cualquier posibilidad de consenso. La sensación generalizada entre los asistentes y analistas fue que el evento resultó vaporoso e inconcreto, más allá de las expectativas generadas en la previa.
Desde el inicio, quedó claro que cada uno traía una agenda diferente. Mientras Rufián centraba su intervención en la fórmula electoral y las alianzas territoriales, Delgado apostaba por una renovación del marco discursivo de la izquierda. Esta divergencia no fue una simple diferencia de matices, sino una fractura estructural que impidió articular un mensaje unitario. En momentos cruciales del debate, las intervenciones parecían contradictorias, como si cada ponente hablara de un proyecto político distinto, lo que generó una paradoja difícil de justificar en un acto que buscaba precisamente la unidad.
El objetivo explícito del encuentro tenía dos vertientes: por un lado, posicionar a ambos líderes como referentes capaces de aglutinar al electorado progresista; por el otro, abrir un debate público sobre la necesidad de transformar la forma de hacer política de la izquierda poscomunista. Sin embargo, el resultado final fue más bien un ejercicio de marketing personal que una propuesta seria de cambio. Las ideas quedaron flotando en el aire sin aterrizar en propuestas tangibles, y en ocasiones, ciertos argumentos resultaron incluso un tanto deshonestos al confundir los intereses particulares de una formación con las necesidades generales del espacio progresista.
La intervención de Gabriel Rufián llamó particularmente la atención por su enfoque electoralista. El líder de ERC planteó la necesidad de renuncias estratégicas para optimizar los resultados, sugiriendo que cada formación se presentara solo en sus territorios fuertes para maximizar la eficiencia del voto. A primera vista, la propuesta suena lógica dentro de nuestro sistema electoral, pero al analizarla en profundidad revela múltiples flancos débiles. La idea de que la suma de votos sea matemática es un voluntarismo que ignora la realidad sociopolítica del país.
Implementar tal estrategia requeriría un músculo demoscópico tremendamente costoso para determinar con precisión qué formación tiene más opciones en cada circunscripción. Además, no considera que la retirada de un partido no garantiza la transferencia automática de sus votos a la formación que se queda. Muchos electores podrían abstenerse o incluso migrar hacia otras opciones ideológicamente distantes. La complejidad de esta operación es tal que sin un plan detallado y consensuado, no pasa de ser un castillo en el aire.
Lo más llamativo es que estas renuncias electorales parecen diseñadas para beneficiar específicamente a ERC. La propuesta de Rufián no contempla, por ejemplo, que su formación ceda espacio en favor de otras fuerzas de izquierda en territorios donde no es hegemónica. La lectura es clara: se trata de un ejercicio de realpolitik encaminado a reforzar su posición como cabeza de lista por Barcelona en la próxima legislatura, más que de una genuina apuesta por la unidad progresista.
Por su parte, Emilio Delgado insistió en la importancia de reconquistar la agenda progresista desde el discurso. Su tesis se apoya en la idea de que la izquierda no puede limitarse a reaccionar ante las propuestas de la derecha radical, sino que debe imponer sus propios marcos de debate. En esto tiene razón: la batalla cultural es fundamental. Sin embargo, su intervención resultó demasiado abstracta, sin conectar con las necesidades inmediatas de una coalición electoral que pueda hacer frente al avance de la derecha.
La paradoja del evento radicó precisamente en esta disonancia. Mientras Rufián hablaba de números y escaños, Delgado se refería a hegemonía cultural. Ambas dimensiones son necesarias, pero en el acto parecían excluyentes. El público quedó con la sensación de asistir a dos conferencias paralelas que coincidían en el tiempo y el espacio, pero no en el fondo. Esta falta de sincronía terminó por diluir el mensaje y confirmar las fracturas internas del espacio progresista.
El contexto político actual hace aún más urgente una respuesta clara. Con Vox rozando el 20% de intención de voto en varios sondeos, la izquierda no tiene margen para el lujo de la dispersión. En este escenario, algunos analistas sugieren que la única estrategia viable sería la retirada masiva de formaciones minoritarias en favor del PSOE, con la esperanza de que recoja parte del voto progresista huérfano. Pero esta opción, que Rufián no mencionó, choca frontalmente con la lógica de eficiencia electoral que él mismo defendía. De hecho, parece más una concesión a la realidad de la polarización bipartidista que una apuesta por la pluralidad de la izquierda.
La crítica más dura al planteamiento de Rufián es que confunde los intereses partidistas con el bien común. Presentar las necesidades de ERC como si fueran las de toda la izquierda es un ejercicio de reduccionismo que no ayuda a generar confianza entre las distintas formaciones. Si realmente se busca una izquierda confederal, las renuncias deben ser mutuas y equilibradas, no unilateralmente diseñadas para fortalecer a un solo actor.
El acto dejó una enseñanza valiosa: la unidad no se construye con retórica, sino con propuestas concretas y concesiones reciprocas. No basta con invocar la necesidad de cambio; hay que diseñar un plan viable que respete la identidad de cada formación sin perder de vista el objetivo final, que es articular una alternativa de gobierno sólida y creíble. La agenda progresista necesita tanto una narrativa poderosa como una maquinaria electoral eficaz, y ambas cosas deben caminar juntas.
En definitiva, el encuentro entre Rufián y Delgado fue un primer round fallido. No logró consolidar liderazgos ni trazar un camino claro. Sin embargo, también sirvió para poner sobre la mesa las tensiones reales que existen y que no se resuelven con buenas intenciones. La izquierda española se encuentra en un momento de definición: o apuesta por una estrategia conjunta que supere los intereses particulares, o se arriesga a una nueva fragmentación que solo beneficiará a sus adversarios. El desafío está planteado. Ahora falta la voluntad política para responder con hechos, no solo con palabras.