Después de más de treinta años de silencio, Leo González, hijo de Mariví Dominguín, ha decidido alzar la voz para hablar por primera vez en público sobre uno de los capítulos más escandalosos de la crónica social española. Se trata nada menos que del romance que mantuvo su madre con su primo, el famoso torero Luis Miguel Dominguín, una relación que en la década de los setenta conmocionó a la sociedad y terminó en los tribunales.
La muerte de Mariví Dominguín en diciembre de 1994 dejó en el olvido muchos detalles sobre su vida, pero su hijo ha elegido el programa 'Y ahora Sonsoles' para desenterrar recuerdos y ofrecer una perspectiva actual sobre aquel idilio que, según sus propias palabras, hoy día sería considerado un delito.
Una relación con diferencia de edad de dos décadas
Durante la entrevista, Leo González no ha dudado en señalar la abismal diferencia de edad que existía entre ambos. «Una relación ciertamente de primos, donde sí hay mucha diferencia de edad, diecinueve, veinte años. Sí, creo que es una diferencia muy grande. Eso es un delito hoy en día», manifestó con contundencia.
El hijo de la socialité española ha enfatizado que el código penal actual dejaría poco margen de duda sobre la naturaleza ilegal de aquella relación. «El código penal está escrito. Si pasara ahora, me temo que habría consecuencias. No voy a decir más», ha añadido, dejando entrever la gravedad que tendría un caso similar en la actualidad.
Los inicios de un escándalo mayúsculo
Para comprender la magnitud del escándalo, es necesario retroceder a los orígenes de esta historia. Mariví Lucas, cuyo nombre real era Ana María, y Luis Miguel Dominguín no solo compartían sangre, sino también un destino que los uniría de forma controvertida. Él, casado con la actriz italiana Lucía Bosé y consolidado como una de las figuras más importantes del toreo a nivel internacional. Ella, una joven atractiva, cosmopolita y con un futuro por delante.
La relación, que se prolongó durante algo más de una década, comenzó cuando ambos aún estaban casados con otras personas. Sin embargo, lo más llamativo es que Mariví tenía apenas quince años cuando el torero comenzó a fijarse en ella.
El punto de inflexión se produjo cuando el padre de Mariví se trasladó con toda su familia a una de las fincas propiedad de Dominguín para encargarse de su administración. En aquella época, la joven se refería al diestro cariñosamente como 'tío Luis Miguel', reflejando la diferencia generacional y de parentesco que existía entre ellos.
Tras un período estudiantil en el extranjero, Mariví regresó al hogar familiar con tan solo quince años. En sus propias memorias, que dejó como testimonio escrito, describió con detalle cómo el torero comenzó a prestarle una atención inusual: «Me sorprendió que mi tío Luis Miguel estuviese más pendiente de mí que nunca».
La insistencia del diestro fue aumentando progresivamente. «Me llamaba constantemente. Venía mucho a verme a la residencia y, después, a casa de mis padres cuando ellos se trasladaron a Madrid y yo vivía con ellos», relató en sus escritos. La presión se hizo tan insoportable que la joven llegó a sentirse «ahogada» y tomó una decisión desesperada: casarse para escapar de aquella situación.
El matrimonio fallido como solución
La boda, lejos de solucionar el problema, lo agravó. «Cuando volví del viaje de novios, Miguel me dejó el recado de que le llamara y me di cuenta de que con mi boda no solo no había arreglado nada, sino que todo se había complicado aún más», confesó Mariví en sus memorias.
Durante aquella época, ambos amantes intentaron minimizar el daño a sus respectivos cónyuges, que consideraban «personas magníficas» a las que «queríamos muchísimo». Sin embargo, la pasión era más fuerte que cualquier consideración. «Brujita, como descubran lo nuestro, nos matan», le advertía él en sus encuentros clandestinos.
Pero los secretos a voces acaban por revelarse. La revista 'Garbo' publicó unas fotografías comprometedoras en las que Mariví aparecía en biquini sentada sobre el torero mientras se besaban. Aquellas imágenes fueron la gota que colmó el vaso y desencadenaron una reacción en cadena.
Condena por escándalo público
Las consecuencias no se hicieron esperar. La publicación de las fotografías provocó que ambos fueran denunciados por escándalo público, un delito que en la España de la época todavía tenía peso jurídico. El resultado fue una condena que les obligó a pagar 100.000 pesetas, una cifra considerable para aquel entonces.
El caso no solo tuvo repercusiones legales, sino que también sacudió los cimientos de una sociedad que todavía estaba anclada en los valores del nacionalcatolicismo. La transgresión de varios tabúes simultáneamente—adulterio, incesto desde el punto de vista moral y diferencia de edad abismal—convirtió a la pareja en el centro de una tormenta mediática sin precedentes.
La perspectiva actual de Leo González
Ahora, con la distancia que proporcionan los años, Leo González ofrece una mirada crítica sobre aquellos acontecimientos. Su intervención en el programa de televisión no busca excusar ni juzgar, sino contextualizar una realidad que, en su opinión, sería inadmisible en el siglo XXI.
La reflexión de González pone de manifiesto cómo la evolución social y legal ha cambiado la percepción de conductas que en su momento, si bien escandalosas, no fueron tratadas con la severidad que tendrían hoy. La mención explícita al código penal actual deja claro que, desde su punto de vista, la relación no solo era moralmente cuestionable, sino que también vulneraba principios de protección de menores que ahora están firmemente establecidos.
Un capítulo cerrado pero no olvidado
El romance entre Mariví Dominguín y Luis Miguel Dominguín permanece como uno de los episodios más recordados de la crónica social española del siglo XX. Más allá del morbo y el escándalo, el testimonio de Leo González sirve para recordar cómo los tiempos cambian y cómo lo que en una época podía ser considerado una simple travesura social, hoy sería un asunto de extrema gravedad legal.
La intervención del hijo de Mariví no solo cierra un círculo personal después de más de treinta años de silencio, sino que también abre un debate sobre la evolución de los estándares éticos y legales en materia de protección de menores y consentimiento. Una historia que, lejos de quedar enterrada en el pasado, resuena con actualidad gracias a la valentía de quien decide mirarla de frente y llamar a las cosas por su nombre.