Sánchez ataca a Iker Jiménez desde el Congreso: una polémica sin precedentes

El presidente usa la tribuna del Congreso para acusar a Horizonte de bulos, rompiendo tradición institucional y otorgándole inesperada visibilidad.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha protagonizado un hecho insólito en la reciente historia democrática de España: utilizar la tribuna de oradores del Congreso de los Diputados para lanzar un ataque directo y personalizado contra un periodista y su programa de televisión. Durante su intervención, Sánchez señaló específicamente a Iker Jiménez y a su espacio Horizonte, acusándolos de formar parte de un "patrón de desinformación" y de generar bulos sistemáticamente.

Este gesto, lejos de pasar desapercibido, ha encendido una polémica que trasciende la mera confrontación política. Lo que resulta verdaderamente llamativo no es tanto el contenido de las acusaciones, sino el escenario elegido para proferirlas. La cámara baja, tradicionalmente reservada para el debate de altura entre representantes políticos, se ha convertido en un auditorio desde el cual se juzga la labor de los profesionales de la comunicación.

La ruptura de un protocolo institucional

Históricamente, los mandatarios españoles han mantenido una cierta distancia protocolaria a la hora de criticar a la prensa desde el hemiciclo parlamentario. Felipe González, durante sus cuatro legislaturas, prefería los foros alternativos para expresar sus desacuerdos con determinados medios. Sus enfrentamientos con figuras como Pedro J. Ramírez o Luis María Ansón se producían en entrevistas, artículos o intervenciones fuera del ámbito institucional, pero nunca desde la tribuna del Congreso.

Del mismo modo, el gobierno de José María Aznar desarrolló una estrategia de confrontación con determinados grupos mediáticos, especialmente con el Grupo Prisa, pero delegando siempre esas críticas en otros miembros del ejecutivo. Fue su vicepresidente, Álvarez Cascos, quien acuñó el célebre término "Grupo PRI sociedad anónima" para referirse a la empresa, mientras que el propio Aznar evitaba la confrontación directa en sede parlamentaria.

Esta contención reflejaba un consenso tácito: el Congreso es el templo de la soberanía popular, donde se discuten leyes y políticas públicas, no el lugar idóneo para ventilar diferencias con periodistas. El hecho de que Sánchez haya quebrado esta tradición marca un punto de inflexión en las relaciones entre el poder político y el poder mediático.

La personalización del conflicto

Lo que distingue este episodio de confrontaciones anteriores es la personalización extrema del ataque. No se trata de una crítica genérica a un medio de comunicación o a una línea editorial, sino de una mención explícita a un profesional concreto. Sánchez no solo nombró a Iker Jiménez, sino que además lo hizo en el contexto de una acusación grave: participar en campañas de desinformación.

Esta táctica no es completamente nueva en el panorama político español. Durante la última década, tanto Podemos como Vox han protagonizado duras diatribas contra periodistas específicos. Figuras como Antonio García Ferreras, Ana Rosa Quintana o Ana Pastor han sido blanco de críticas feroces, llegando incluso a ser acusadas de comportarse como una "Gestapo" de la verdad.

Sin embargo, existe una diferencia cualitativa sustancial: cuando estos ataques provenían de formaciones de reciente creación, se interpretaban como una manifestación de su carácter disruptivo y antiestablecimiento. Ahora, que sea el propio Presidente del Gobierno quien asuma este rol inquisidor desde el púlpito parlamentario eleva la confrontación a un nivel sin precedentes.

Una estrategia con reminiscencias internacionales

El vídeo que ha viralizado esta polémica no deja de señalar las similitudes con la retórica de otros líderes políticos internacionales. El caso más paradigmático es el de Donald Trump, quien durante su mandato en Estados Unidos popularizó el concepto de "fake news" para descalificar a cualquier medio que publicara información que le resultara desfavorable. La repetición constante de esta acusación creó un ecosistema donde la verdad objetiva quedaba subordinada a la narrativa política.

La comparación resulta inevitable: un jefe de Estado utilizando su posición de poder para cuestionar públicamente la credibilidad de un periodista. Esta dinámica genera un efecto perverso: independientemente de la validez de las acusaciones, el mero hecho de que el presidente se refiera a un programa de televisión le confiere una relevancia que quizá no tenía previamente.

La paradoja de la visibilidad

Y aquí reside la gran paradoja de esta estrategia. Horizonte, el programa presentado por Iker Jiménez, no es líder de audiencia en su franja horaria. Su impacto mediático, si bien notable dentro de un nicho específico, no alcanza las cotas de los grandes espacios informativos o de entretenimiento de la televisión generalista. Al dedicarle atención desde la más alta tribuna del Estado, Sánchez le ha regalado una visibilidad exponencial que ninguna campaña publicitaria hubiera podido conseguir.

El efecto es inmediato: el ego del presentador se infla, su programa gana en notoriedad y su audiencia potencial se expande. Como indica el análisis, "la crítica presidencial puede acabar funcionando como la mejor campaña publicitaria". Es una lección básica de comunicación política: no debes mencionar a tu adversario si no es estrictamente necesario, porque le das oxígeno gratuito.

La desaparición del freno institucional

En épocas anteriores, cuando un diputado o un presidente se excedía en sus críticas hacia personas que no tenían posibilidad de defenderse en el hemiciclo, la presidencia de la Cámara intervenía para llamar al orden. Existía un freno institucional que preservaba la dignidad del debate parlamentario y evitaba que se convirtiera en un ring de boxeo donde se golpea a terceros indefensos.

Hoy, sin embargo, estas alusiones se han normalizado. La repetición las ha convertido en algo rutinario, casi esperado. El Congreso ya no se escandaliza cuando se menciona a un periodista para criticarle. Esta banalización del protocolo refleja una transformación más profunda en nuestra cultura política: la polarización extrema ha hecho que todo sea campo de batalla, incluso espacios que antes se consideraban sagrados.

Implicaciones para la libertad de prensa

Más allá de la polémica puntual, este episodio plantea interrogantes serios sobre el estado de la libertad de prensa en España. Cuando el presidente del Gobierno utiliza su autoridad para descalificar a un periodista, está ejerciendo un chantaje sutil sobre el conjunto de la profesión. El mensaje es claro: si criticáis al gobierno, podéis ser señalados públicamente desde la tribuna más poderosa del país.

Esto genera un efecto de autocensura preventiva. Los medios pueden tender a suavizar sus críticas para evitar convertirse en el próximo blanco presidencial. La independencia periodística se ve así erosionada no por leyes restrictivas, sino por la presión implícita del poder ejecutivo.

El juego de espejos mediático

La relación entre políticos y periodistas siempre ha sido compleja, una mezcla de necesidad mutua y desconfianza recíproca. Los políticos necesitan a los medios para llegar a la ciudadanía; los periodistas necesitan a los políticos para generar contenido relevante. Pero este simbiosis se está convirtiendo en un juego de espejos deformantes, donde cada lado se acusa al otro de manipulación.

Sánchez acusa a Jiménez de desinformación; Jiménez y sus seguidores acusan a Sánchez de censura. La ciudadanía, ante este tira y afloja, pierde la capacidad de distinguir dónde está la verdad. En un contexto de sobrecarga informativa y desconfianza institucional, este tipo de confrontaciones solo sirve para profundizar la brecha entre la población y sus representantes.

¿Estrategia deliberada o error de cálculo?

La pregunta que surge inevitablemente es si esta intervención forma parte de una estrategia comunicativa deliberada o constituye un error de cálculo por parte del equipo del presidente. Por un lado, podría interpretarse como un intento de movilizar su base electoral, que probablemente comparte la visión crítica de ciertos medios de comunicación. En un momento de polarización política, señalar a los "enemigos del pueblo" (en este caso, los generadores de bulos) puede ser una forma de reforzar la identidad de grupo.

Por otro lado, los costes de esta estrategia son evidentes. Romper con una tradición institucional de décadas, dar publicidad gratuita a un programa crítico con el gobierno y cuestionar la libertad de prensa son factores que pueden generar un efecto bumerán. Los sectores moderados, independientemente de su ideología, pueden ver con recelo que el presidente se inmiscuya en estas lides.

El precedente peligroso

Lo más preocupante de este episodio es el precedente que establece. Si hoy es Sánchez quien ataca a Jiménez, mañana podría ser Feijóo atacando a un programa progresista, o cualquier otro líder político utilizando el Congreso como altavoz para sus disputas personales con la prensa. La institución se debilita cuando se convierte en herramienta de venganza política o en escenario de guerras mediáticas.

La normalización de esta práctica erosiona la separación de poderes de una forma sutil pero peligrosa. Cuando el ejecutivo utiliza el legislativo para atacar a los medios, está creando una concentración de poder que debería preocupar a cualquier demócrata, independientemente de su color político.

Conclusiones: más allá de la polémica del día

Más allá del titular de la semana, este incidente refleja una transformación profunda en nuestra democracia. La tribuna del Congreso, que debería ser el espacio del debate de ideas y propuestas, se está convirtiendo en un plató de televisión donde se actúa para las cámaras y se busca el impacto mediático inmediato.

La mención de Sánchez a Iker Jiménez no es solo un ataque a la credibilidad de un profesional, sino un síntoma de una enfermedad más grave: la espectacularización de la política, donde el impacto en redes y la generación de trending topics sustituye a la argumentación rigurosa y al consenso democrático.

Paradójicamente, el presidente que acusa a un programa de televisión de generar bulos ha conseguido que todo el país hable de ese mismo programa. Ha convertido a un espacio de nicho en un actor político relevante. En política, como en comunicación, no existe la publicidad negativa. Toda mención, incluso la más crítica, construye notoriedad.

El verdadero peligro no es lo que dice Sánchez sobre Jiménez, sino lo que este gesto dice sobre el estado de nuestras instituciones. Cuando el presidente del Gobierno utiliza el Congreso para sus guerras mediáticas, todos perdemos: la institución parlamentaria, la libertad de prensa y, sobre todo, la ciudadanía, que merece un debate político de calidad, no un reality show institucional.

Referencias