La magistrada Ángela Murillo ha fallecido este viernes a los 74 años, dejando atrás una de las trayectorias más destacadas de la judicatura española reciente. Su nombre estará eternamente vinculado a la Audiencia Nacional, donde se convirtió en la primera mujer en integrar la Sala de lo Penal en 1993, y también en la primera en presidir una sección, concretamente la Cuarta. Su deceso llega apenas dos años después de su jubilación en septiembre de 2022, poniendo fin a más de cuatro décadas de servicio a la justicia.
Nacida en Almendralejo en 1952, Murillo inició su carrera judicial en 1980 con apenas 25 años en un juzgado de Lora del Río, Sevilla. En aquella época, su juventud generó confusiones incluso entre los propios trabajadores del tribunal, quienes en sus primeros días la confundieron con la nieta del juez titular. Sin embargo, esta anécdota no hizo más que presagiar una carrera meteórica que la llevaría a los tribunales más importantes del país.
Su ascenso a la Audiencia Nacional marcó un antes y un después en la historia de la institución. Durante tres décadas, Murillo se consolidó como una figura central en la lucha contra el terrorismo, especialmente contra ETA, cuyos momentos más violentos coincidieron con su etapa más activa. La magistrada no solo fue una pieza clave en la persecución judicial de la banda, sino que también se convirtió en uno de sus objetivos, sufriendo una amenaza directa en 1997.
La dedicación de Murillo contra el terrorismo se materializó en juicios de gran relevancia, como el conocido como caso EKIN, donde se juzgó al aparato político, financiero, mediático e internacional de ETA. Este proceso representó un golpe crucial a las estructuras de la organización terrorista y consolidó la reputación de la magistrada como una de las principales azotes de ETA desde el tribunal.
No obstante, su carrera no se limitó exclusivamente al terrorismo. A lo largo de los años, Murillo protagonizó algunos de los procesos más mediáticos de la democracia española. Desde el caso Nécora contra el narcotráfico, apenas llegada a la Audiencia, hasta los escándalos de las tarjetas black o la polémica salida a bolsa de Bankia. También estuvo al frente de juicios contra la célula de Al Qaeda en España, el excomisario José Villarejo y el líder de EH Bildu Arnaldo Otegi.
Precisamente el juicio contra Otegi generó algunos de los momentos más controvertidos de su carrera. Durante el caso Bateragune, su intercambio con la abogada Ione Goirizelaia se hizo viral cuando, ante la pregunta de si su cliente podía beber agua, respondió con un escueto: "A mí como si bebe vino". En otra ocasión, ante el silencio de Otegi sobre la reconstrucción de Batasuna, le espetó: "Ya sabía yo que no iba a responder". Estas actitudes, consideradas por algunos como un exceso de contundencia, terminaron en una condena del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) contra España por no garantizar un juicio imparcial.
Otro episodio que generó críticas ocurrió durante un juicio contra el jefe de ETA Txapote, cuando un micrófono abierto captó su voz diciendo: "Encima se ríen, estos cabrones". Esta frase le obligó a apartarse del caso por cuestiones de apariencia de parcialidad. A pesar de estas polémicas, su relación con algunos de los procesados resultó sorprendentemente compleja. Otegi mismo le obsequió el libro 'El factor humano' de John Carlin sobre Nelson Mandela, con una dedicatoria personal incluida.
Con más de 40 años en la judicatura, Murillo se jubiló en 2022, dejando un legado imborrable en la justicia española. Su figura representa una generación de jueces que enfrentaron los años más duros del terrorismo en el país, asumiendo riesgos personales y profesionales. La magistrada será recordada tanto por sus logros en la lucha contra ETA como por los debates que suscitaron sus métodos, siempre en el complejo equilibrio entre firmeza y garantismo procesal.
La noticia de su fallecimiento ha conmocionado al mundo judicial, que pierde a una de sus figuras más carismáticas y controvertidas. Su trayectoria refleja la evolución de la justicia española en las últimas décadas, marcada por casos de terrorismo, corrupción y delincuencia organizada. Ángela Murillo deja un vacío difícil de llenar en la Audiencia Nacional y en la memoria colectiva de un país que vivió sus juicios como momentos definitorios de una era.