La ciudad portuguesa de Coimbra vive este viernes en estado de máxima alerta ante la posibilidad de una inundación catastrófica que ha obligado a las autoridades a preparar la evacuación de aproximadamente 9.000 personas. La situación de emergencia se desencadenó tras la rotura de un dique de contención el pasado jueves, incidente que provocó el desbordamiento del río Mondego y causó daños severos en infraestructuras críticas del país.
El colapso del dique no solo puso en riesgo inmediato a la población civil, sino que también destruyó un tramo vital del viaducto de la autopista A-1, la principal arteria viaria que une las dos ciudades más importantes de Portugal: Lisboa y Oporto. Esta vía, conocida como la columna vertebral del transporte portugués, permanece interrumpida en los enlaces de Coimbra Norte y Coimbra Sur, generando un caos logístico de grandes proporciones. Aunque la empresa gestora Brisa ha logrado restablecer parcialmente el acceso desde Vila Franca de Xira en dirección norte, numerosos tramos continúan cerrados al tráfico en ambos sentidos.
La secuencia de eventos que ha llevado a esta crisis comenzó hace aproximadamente dos semanas con el paso de la borrasca Kristin, un sistema meteorológico que desató una serie de fenómenos adversos sin precedentes en la región. Desde entonces, Portugal ha sido azotado por una cadena ininterrumpida de borrascas que han dejado un saldo devastador: 16 personas fallecidas y daños materiales incalculables en decenas de municipios. La gravedad de la situación forzó al Ejecutivo de Luís Montenegro a declarar el estado de calamidad en 68 localidades, una medida excepcional que estará vigente hasta el próximo domingo.
La gestión de esta crisis ha estado marcada por una serie de decisiones políticas controvertidas. El propio presidente del Gobierno, consciente de las crecientes críticas por la lentitud en la respuesta inicial, decidió cancelar su asistencia a la cumbre informal del Consejo Europeo celebrada el jueves. Montenegro optó por concentrar todos sus esfuerzos en coordinar las labores de emergencia en territorio nacional, una jugada política que buscaba transmitir control y compromiso ante la ciudadanía.
La dimisión de la ministra del Interior, Maria Lúcia Amaral, sumió a la administración en una crisis institucional paralela. Su ausencia durante las primeras horas de la catástrofe generó tal rechazo social que su continuidad se volvió insostenible. Este episodio ha puesto de manifiesto las deficiencias en los protocolos de emergencia y la falta de preparación para afrontar fenómenos meteorológicos extremos de esta magnitud.
En Coimbra, la noche del jueves fue especialmente tensa. El alcalde de la Unión de Parroquias advirtió que el centro histórico de la ciudad podría convertirse en una de las zonas más afectadas si se confirmaba el peor escenario. Seis equipos de emergencia patrullaron las calles durante toda la noche, alertando a comerciantes y residentes sobre la evolución del río. Las autoridades locales distribuyeron instrucciones precisas sobre cómo preparar un kit de urgencia y los pasos a seguir en caso de orden de evacuación.
Los medios portugueses, como The Portugal News, han desempeñado un papel fundamental en la difusión de información vital para la población. Guías detalladas sobre rutas de evacuación, puntos de encuentro seguros y recomendaciones de seguridad han circulado ampliamente en redes sociales y plataformas digitales. Esta estrategia de comunicación ha contribuido a mantener la calma entre la población, aunque la incertidumbre sigue siendo palpable.
El primer ministro Montenegro ha hecho un llamamiento contundente a la ciudadanía para que respeten escrupulosamente las indicaciones oficiales. En rueda de prensa, subrayó la necesidad de mantener "una vigilancia total" durante los próximos días, periodo en el que se esperan nuevos picos de crecida en los ríos. La previsión hidrológica indica que el primer momento crítico se produciría a primera hora de este viernes, aunque las autoridades no han descartado nuevas alertas durante el fin de semana.
El contexto climatológico que ha desencadenado esta crisis no es aislado. Portugal ha experimentado un invierno excepcionalmente lluvioso, con acumulaciones de precipitación que superan ampliamente los valores históricos. Los expertos en cambio climático advierten que este tipo de fenómenos extremos se están volviendo más frecuentes e intensos en la región ibérica, donde la combinación de sistemas atlánticos y condiciones locales crea escenarios perfectos para desastres hidrológicos.
La repercusión económica de estas inundaciones será considerable. La interrupción de la A-1 afecta no solo al transporte de mercancías, sino también al turismo y a la movilidad laboral. Coimbra, ciudad famosa por su universidad histórica y su patrimonio cultural, ve paralizada gran parte de su actividad económica en un momento crítico del año. Los comerciantes del centro han tenido que cerrar provisionalmente sus establecimientos, mientras que el sector servicios sufre las consecuencias de la falta de accesibilidad.
La respuesta institucional ha incluido la movilización de fuerzas de seguridad, bomberos y equipos de rescate en todo el distrito. La protección civil ha establecido un dispositivo especial que coordina las acciones desde un centro de mando único. Helicópteros sobrevuelan la zona para evaluar los daños y localizar posibles focos de riesgo adicionales, mientras que equipos de ingenieros trabajan contrarreloj para reforzar otras defensas que podrían ceder.
La dimensión humana de esta crisis queda reflejada en los testimonios de los vecinos de Coimbra. Muchos han pasado la noche en vela, con las maletas preparadas y los documentos importantes a mano, esperando la orden de evacuación que finalmente no llegó, al menos por el momento. La incertidumbre sobre el estado de sus viviendas y negocios genera una ansiedad colectiva que los servicios sociales están tratando de gestionar mediante puntos de apoyo psicológico.
La comparación con eventos similares en el pasado resulta inevitable. Portugal ya sufrió graves inundaciones en 2010 y 2017, pero la frecuencia y virulencia de los fenómenos actuales supera cualquier precedente reciente. La capacidad de respuesta, aunque ha mejorado en términos de tecnología y coordinación, sigue mostrando lagunas en la planificación preventiva y en la gestión de infraestructuras críticas.
El futuro inmediato de Coimbra y de las zonas afectadas depende de varios factores. Las previsiones meteorológicas para las próximas 48 horas no son alentadoras, con nuevas precipitaciones previstas que podrían agravar la situación. Los técnicos trabajan en modelos de simulación para anticipar los puntos de máximo riesgo, mientras que la población permanece en estado de alerta máxima.
La lección que emerge de esta crisis es la necesidad de inversiones masivas en infraestructura resiliente y en sistemas de alerta temprana más eficaces. El cambio climático ya no es una amenaza abstracta, sino una realidad que pone en jaque la seguridad y la economía de regiones enteras. Portugal, con su extensa costa atlántica y su orografía particular, se encuentra en la primera línea de esta nueva realidad meteorológica.
Mientras tanto, en Coimbra, la vida se ha paralizado. Las calles del centro histórico, habitualmente bulliciosas con estudiantes y turistas, lucen semidesiertas. Las tiendas permanecen cerradas con persianas bajas, y solo los vehículos de emergencia rompen el silencio de una ciudad que espera, con la esperanza de que las aguas del Mondego no terminen por desbordar las últimas defensas que protegen sus hogares y su patrimonio. La resiliencia de sus habitantes será puesta a prueba una vez más, en una batalla contra los elementos que parece repetirse con cada vez mayor intensidad.