Misionero español pide unidad política en Honduras contra desigualdades

Patricio Larrosa, con tres décadas de labor humanitaria, urge a los políticos hondureños a trabajar juntos por la justicia y dignidad de los más vulnerables

El misionero granadino Patricio Larrosa, con una trayectoria humanitaria de más de treinta años en Honduras, ha lanzado un llamado contundente a la clase política de este país centroamericano. Su mensaje es claro: urge a los líderes de todos los partidos a unir esfuerzos para impulsar a la sociedad hondureña "hacia la verdad, la justicia y la dignidad de las personas", con el objetivo de superar las profundas desigualdades, la pobreza endémica y la falta de oportunidades que afectan a millones de ciudadanos.

En una entrevista exclusiva concedida a EFE desde Barcelona, Larrosa ha compartido sus reflexiones sobre la compleja realidad política y social de Honduras, un país que ha conocido de cerca durante las últimas tres décadas. Su voz, forjada en el trabajo diario con las comunidades más vulnerables, denuncia la existencia de "tantos espacios oscuros" en la esfera política del país, particularmente tras el último proceso electoral celebrado en noviembre de 2025.

La experiencia de Larrosa en territorio hondureño no es meramente testimonial. Durante treinta años, este religioso originario de Granada ha estado inmerso en proyectos de desarrollo comunitario, educación, salud y defensa de los derechos humanos en regiones donde el Estado ha tenido escasa o nula presencia. Su labor le ha permitido presenciar de primera mano las secuelas de décadas de desigualdad estructural, violencia y exclusión social.

El contexto político actual de Honduras, según el misionero, presenta desafíos significativos. La mención a los "espacios oscuros" alude a prácticas que han perdurado en el sistema político hondureño: corrupción, clientelismo, falta de transparencia en la gestión pública y una representación política que a menudo no responde a las necesidades reales de la población. Estos problemas, lejos de resolverse, parecen haberse agudizado en el clima postelectoral.

La pobreza en Honduras no es un fenómeno nuevo, pero sí persistente. El país enfrenta indicadores sociales alarmantes, con más del 70% de su población viviendo en condiciones de pobreza, y cerca de la mitad en pobreza extrema. Larrosa enfatiza que estas cifras no son simples estadísticas, sino rostros concretos: niños que no tienen acceso a educación de calidad, familias sin servicios de salud básicos, comunidades enteras sin acceso a agua potable o saneamiento adecuado.

La falta de oportunidades, otro de los ejes centrales de su discurso, se manifiesta en la escasa generación de empleo formal, la migración forzada de jóvenes hacia otros países en busca de un futuro mejor, y la vulnerabilidad de las mujeres y pueblos indígenas que enfrentan múltiples formas de discriminación. Para el misionero, estas realidades son el resultado de políticas públicas insuficientes y de una gobernanza que no prioriza el bienestar colectivo.

El llamado a la unidad política que hace Larrosa no implica una homogeneización de pensamiento, sino la capacidad de dialogar y construir consensos mínimos en torno a agendas que beneficien a los más necesitados. "No se trata de que todos piensen igual, sino de que todos piensen en el bien común", podría resumirse su filosofía. Esta unidad, según su visión, debe traducirse en acciones concretas: políticas de redistribución de la riqueza, inversión en educación pública de calidad, fortalecimiento de la salud comunitaria y garantía de acceso a la justicia para todos.

La dimensión de justicia en el mensaje de Larrosa va más allá del sistema judicial. Se refiere a la justicia social, a la equidad en el acceso a recursos y oportunidades, a la reparación de daños históricos a comunidades marginadas. La verdad, por su parte, implica transparencia en la gestión pública, rendición de cuentas y el fin de la impunidad que ha caracterizado a muchos casos de corrupción.

La dignidad es el valor central de su propuesta. Para el misionero, toda persona merece vivir con dignidad, independientemente de su origen socioeconómico. Esto significa tener cubiertas las necesidades básicas, pero también poder ejercer sus derechos ciudadanos sin temor, participar en las decisiones que afectan su comunidad y tener acceso a una vida digna y plena.

La situación de Honduras no es aislada en la región centroamericana. Países como Guatemala, El Salvador y Nicaragua comparten desafíos similares de desigualdad, violencia y debilidad institucional. Sin embargo, Honduras destaca por su alta tasa de homicidios, la influencia de estructuras de poder económico y la vulnerabilidad ante fenómenos climáticos como los huracanes, que golpean duramente a las comunidades más pobres.

El trabajo de Larrosa se ha desarrollado principalmente en zonas rurales y periurbanas, donde la presencia del Estado es mínima. Allí, las organizaciones de la sociedad civil, incluidas las religiosas, han tenido que asumir funciones que corresponderían al gobierno: desde la construcción de escuelas hasta la organización de sistemas de agua comunitarios. Esta experiencia le da una autoridad moral para hablar sobre las necesidades reales de la población.

El misionero granadino también ha sido testigo de la esperanza y resiliencia del pueblo hondureño. A pesar de las adversidades, las comunidades organizadas han demostrado una capacidad notable para movilizarse, exigir sus derechos y crear alternativas de desarrollo desde la base. Movimientos sociales, cooperativas de productores, grupos de mujeres y organizaciones juveniles representan una fuerza transformadora que, según Larrosa, debe ser reconocida y apoyada.

La migración, fenómeno que ha marcado la historia reciente de Honduras, también ocupa un lugar central en su análisis. Miles de hondureños, especialmente jóvenes, han abandonado el país en caravanas rumbo a Estados Unidos, huyendo de la violencia, la pobreza y la falta de perspectivas. Larrosa considera que esta migración forzada es un síntoma de la crisis estructural del país y que la solución no está en cerrar fronteras, sino en crear condiciones de vida digna en el territorio hondureño.

La comunidad internacional, incluida España, tiene un papel importante que jugar. La cooperación al desarrollo, el apoyo a organizaciones de la sociedad civil y la presión diplomática para el fortalecimiento democrático son mecanismos que pueden contribuir al cambio. Larrosa ha recibido apoyo de diversas instituciones europeas para sus proyectos, pero insiste en que la ayuda debe ser coherente con las demandas de las comunidades y promover la autonomía local.

El futuro de Honduras, según el misionero, depende de la capacidad de sus líderes políticos para escuchar las demandas de la ciudadanía y actuar con verdadero compromiso. Los "espacios oscuros" solo se iluminarán con transparencia, participación ciudadana y una ética pública que ponga a las personas por encima de los intereses particulares.

El mensaje de Larrosa es tanto una denuncia como un llamado a la esperanza. Denuncia las estructuras de injusticia que perpetúan el sufrimiento, pero también confía en la capacidad de transformación de una sociedad que ha demostrado una fortaleza extraordinaria. Su voz, lejos de ser la de un simple observador externo, es la de alguien que ha compartido su vida con el pueblo hondureño y que continúa comprometido con su lucha por la justicia.

En un momento en que Honduras busca definir su rumbo, las palabras de este misionero granadino recuerdan que el verdadero progreso no se mide solo en términos económicos, sino en la capacidad de garantizar una vida digna para todos sus habitantes. La unidad política que propone no es un fin en sí misma, sino un medio para construir una nación más justa, equitativa y humana.

Referencias