Ucrania enfrenta frío extremo sin electricidad tras ataques rusos

Cientos de miles de ucranianos resisten temperaturas bajo cero con solo 1-2 horas de luz diaria mientras Rusia intensifica los bombardeos contra infraestructura crítica.

La población de Ucrania enfrenta una de las crisis humanitarias más severas del invierno actual, con cientos de miles de personas obligadas a resistir temperaturas gélidas sin acceso a servicios básicos como electricidad, calefacción y agua corriente. Los ataques sostenidos con drones y misiles lanzados por las fuerzas rusas han dejado en estado crítico la infraestructura energética nacional, generando un escenario de emergencia que se agudiza con la llegada de las heladas más intensas de la temporada. Esta situación no es coyuntural, sino el resultado de una estrategia militar deliberada que busca quebrar la resistencia civil del pueblo ucraniano mediante el sufrimiento colectivo durante los meses más inhóspitos del año, cuando las temperaturas pueden descender hasta los -20 grados Celsius en muchas regiones del país.

En la capital, Kyiv, las autoridades han alertado sobre la llegada de una ola de frío que mantendrá el termómetro por debajo de cero durante al menos los próximos cuatro días, acompañada de vientos gélidos. Vitaliy Klitschko, alcalde de la ciudad, ha sido enfático al señalar que la ciudadanía debe prepararse para momentos extremadamente complicados. A través de su canal oficial en Telegram, el mandatario local advirtió que las próximas jornadas serán particularmente duras para los residentes de la capital, quienes ya han demostrado una capacidad de adaptación notable desde el inicio del conflicto, pero que ahora enfrentan condiciones que ponen a prueba los límites de la resistencia humana.

La situación de la infraestructura energética ucraniana ha sido calificada por Klitschko como muy difícil, lo que ha obligado a las autoridades municipales a activar todos los puntos de calefacción comunal disponibles. Estos espacios, equipados con generadores de emergencia, funcionan a máxima capacidad para ofrecer refugio a la población, permitiendo incluso que algunas personas pasen la noche en instalaciones seguras. Sin embargo, la capacidad de estos refugios es limitada y no puede absorber a toda la población afectada, lo que genera una competencia desesperada por un lugar al calor y obliga a muchos a permanecer en sus hogares con condiciones de vida precarias.

Según datos oficiales del Ministerio de Energía, los habitantes de Kyiv solo disponen de electricidad entre 90 y 120 minutos diarios, un tiempo insuficiente para mantener sistemas de calefacción en un clima polar. Esta limitación ha transformado la vida cotidiana en una lucha constante por la supervivencia básica, donde cada minuto con luz se aprovecha para cargar dispositivos móviles, calentar alimentos o intentar mantener algo de calor en espacios que rápidamente vuelven a congelarse una vez se apagan los generadores, creando un ciclo de frío interminable.

El testimonio de un residente de un edificio de 16 pisos en la azotea de la capital ilustra la dramática realidad que viven miles de familias. Durante los primeros días de enero, este ciudadano y su esposa se quedaron completamente sin calefacción, electricidad ni suministro de agua, quedando aislados en un entorno hostil que transformó su hogar en una especie de cámara frigorífica donde la supervivencia se convirtió en la única prioridad, superando cualquier otra actividad normal de la vida diaria.

El siguiente ataque militar ruso impactó directamente la central eléctrica que abastecía de energía y calor a este bloque de apartamentos, extendiendo el daño a otros 1.100 edificios en la capital. Las consecuencias fueron inmediatas: aproximadamente la mitad de los residentes del complejo vieron obligada su evacuación, incluida la familia del testigo, quienes tuvieron que buscar refugio en instalaciones públicas o con familiares en zonas menos afectadas, desplazándose como refugiados dentro de su propia ciudad.

La temperatura interior en el apartamento alcanzó mínimos de 3 grados Celsius, un nivel que pone en riesgo la salud y la vida de cualquier persona, especialmente de niños y adultos mayores. Las autoridades locales informaron que las reparaciones necesarias podrían extenderse hasta dos meses, un periodo que coincide con las fechas más críticas del invierno ucraniano, donde las temperaturas pueden descender hasta los -20 grados en las noches más duras, haciendo prácticamente inhabitable cualquier espacio sin calefacción adecuada.

El sector empresarial también registra pérdidas cuantiosas que amenazan la estabilidad económica del país. La cadena de salones de belleza Backstage, con múltiples locales en el país, ha invertido cerca de 400.000 dólares en sistemas de emergencia, incluyendo generadores, reservas de combustible y baterías de respaldo. Sin embargo, la realidad superó cualquier plan de contingencia, demostrando que ninguna inversión privada puede compensar la destrucción sistemática de infraestructura crítica por parte de un ejército que utiliza la energía como arma de guerra.

Un dron de ataque impactó directamente una de las sucursales de la empresa, destruyendo la tubería principal de calefacción e inundando completamente las instalaciones. En su publicación en Instagram del pasado sábado, la compañía expresó su frustración: 'A pesar de toda esta inversión, las condiciones climáticas y los ataques rusos prevalecen sobre el sistema', un mensaje que refleja la impotencia del sector privado frente a la agresión militar y la imposibilidad de mantener operaciones comerciales normales en un contexto de guerra total.

El presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, ha denunciado sistemáticamente la estrategia militar rusa de atacar infraestructura civil. En su mensaje dominical a través de Telegram, el mandatario detalló la magnitud del asedio: 'Casi a diario, los rusos atacan instalaciones energéticas, infraestructura logística y edificios residenciales', enfatizando que estos actos constituyen crímenes de guerra según el derecho internacional y representan una violación flagrante de las convenciones de Ginebra.

Los datos compartidos por Zelensky son escalofriantes: durante la última semana, Rusia ha lanzado contra territorio ucraniano más de 2.000 drones de ataque, 1.200 bombas aéreas guiadas y 116 misiles de diferentes tipos, dirigidos contra ciudades y pueblos sin distinción. Esta cifra representa uno de los niveles de agresión aéreos más intensos desde el inicio del conflicto, superando incluso los momentos más críticos de la invasión inicial y demostrando una escalada deliberada en la campaña de destrucción de infraestructura.

Ukrenergo, la empresa nacional encargada de la red eléctrica, confirmó este domingo que continúa enfrentando las consecuencias de dos ataques masivos con misiles y drones ejecutados durante la semana. El nivel de destrucción ha superado la capacidad de respuesta inmediata, generando cortes generalizados y daños estructurales a las redes de transmisión y distribución que requerirán semanas o incluso meses de trabajo para su completa restauración, incluso con el apoyo internacional recibido.

La situación ha generado una crisis humanitaria en cascada, donde la falta de electricidad afecta no solo la calefacción, sino también el acceso a agua potable, sistemas de comunicación y servicios de emergencia. Las autoridades trabajan sin descanso, pero los daños son superiores a los recursos disponibles, creando un déficit crítico en la capacidad de respuesta estatal que se refleja en el sufrimiento de la población civil.

La comunidad internacional ha comenzado a movilizar ayuda adicional, aunque la logística de distribución se complica con cada nuevo ataque. Los ucranianos, mientras tanto, demuestran una resiliencia notable, compartiendo recursos, abriendo sus hogares cuando pueden y apoyando a los más vulnerables, fortaleciendo los lazos comunitarios en medio de la adversidad y creando redes de apoyo mutuo que han sido fundamentales para la supervivencia colectiva.

La perspectiva para las próximas semanas es incierta. Mientras continúen los ataques sistemáticos a la infraestructura crítica, la población deberá adaptarse a una nueva realidad donde la supervivencia diaria depende de la solidaridad comunitaria y de la capacidad de resistencia de un pueblo que no ceja en su determinación de defender su territorio y su dignidad, incluso en las condiciones más adversas imaginables, convirtiendo cada día en un acto de resistencia activa contra un agresor que busca quebrar su espíritu mediante el frío y la oscuridad.

Referencias