Lusaka: la capital de Zambia donde el tránsito arde y los carteles mandan

Un recorrido por las calles de Lusaka revela un corredor social permanente, comercio informal en cada esquina y la omnipresente imagen del presidente Hakainde Hichilema.

El acceso a la capital zambiana tiene su propia cadencia, un ritmo que se impone desde el primer momento. Lusaka recibe al visitante con un tránsito denso y caótico, especialmente después del mediodía, cuando las calles se convierten en un río de vehículos que avanza con dificultad. A lo largo de las principales vías de entrada, la escena se repite: niños de primaria con uniformes a cuadritos azules y blancos caminan pacientemente hacia sus casas o esperan algún medio de transporte, mientras grupos de adultos se resguardan bajo la escasa sombra de acacias o construcciones precarias de zinc y madera. La espera es parte del ritual diario, un ejercicio de paciencia que se ha vuelto costumbre en una ciudad donde el tiempo parece moverse a otro ritmo.

Los minibuses blancos, más compactos que los colectivos argentinos y con capacidad para quince pasajeros aproximadamente, son los verdaderos protagonistas de este corredor social permanente. No tienen paradas fijas; frenan en medio de la marcha, recogen pasajeros con agilidad que sorprende y continúan su ruta, tejiendo una red de conectividad informal pero eficiente. Los conductores conocen cada tramo, cada rostro habitual, cada gesto que significa "quiero subir". Los ayudantes, colgados de las puertas, gritan los destinos a voz en cuello. Esta dinámica transforma la ruta en algo más que una simple vía de circulación: es un espacio de interacción cotidiana donde la vida urbana se despliega sin pausa, donde las conversaciones flotan entre el ruido de los motores y donde la economía informal encuentra su mayor expresión.

Antes de adentrarse en el núcleo urbano, las aceras se metamorfosean en un mercado al aire libre improvisado. Bajo techos de paja sostenidos por estructuras mínimas de madera y alambre, vendedores ofrecen frutas tropicales con colores vibrantes: mangos dorados, piñas coronadas, plátanos verdes y maduros dispuestos en montones perfectamente organizados. La escena se repite kilómetro tras kilómetro: puestos de madera y lona que exhiben desde maceteros de arcilla cocida al sol hasta bancos y mesas de madera tallada, todos dispuestos directamente sobre la banquina. Cada metro cuadrado disponible parece tener potencial comercial, cada espacio libre es una oportunidad de negocio. Esta resiliencia económica se manifiesta en la capacidad de transformar cualquier rincón en un punto de venta, en la creatividad para sobrevivir y prosperar sin infraestructura formal, en la inventiva de quienes han convertido la supervivencia en arte.

Paralelamente, otro elemento captura la mirada del foráneo: la cartelería política masiva. A lo largo de avenidas, rutas y calles secundarias, grandes afiches sin iluminación muestran el rostro sonriente del presidente Hakainde Hichilema. No se trata de una presencia discreta, sino de una verdadera inundación visual que deja poco espacio para la oposición o el debate plural. Algunos carteles celebran logros controvertidos, como haber "acabado con la malaria" o reducirla drásticamente, aunque la realidad médica sea más compleja. Otros enfatizan el compromiso con la lucha contra la corrupción, promesa central de su campaña. Estos mensajes, lejos de ser verificaciones objetivas, constituyen propaganda de campaña permanente que ocupa espacios públicos, comercios establecidos y hasta restaurantes. Zambia celebró 60 años de independencia en 2024, y esa conmemoración sigue vigente en numerosos de estos anuncios, fusionando el orgullo nacional con la promoción personalizada del mandatario.

Para el visitante argentino, o cualquier latinoamericano, Lusaka presenta una particularidad que requiere adaptación inmediata: los vehículos tienen el volante del lado derecho, legado del pasado colonial británico. Cruzar la calle, ubicarse en el tránsito o simplemente orientarse se convierte en un ejercicio de reconcentración constante. Los reflejos deben reprogramarse, los hábitos de una vida dejan de servir. A esto se suma que ambulancias, patrulleros y la mayoría de los automóviles son de tamaño reducido comparados con los modelos que circulan en Argentina, lo que modifica la escala y la percepción del movimiento urbano. Las dimensiones son más modestas, pero la intensidad es igual o mayor. Los peatones desarrollan una percepción especial, casi un sexto sentido para sobrevivir a las calles.

Una vez dentro de la ciudad, el paisaje muta radicalmente. Los centros comerciales lucen ornamentados para la Navidad, con árboles artificiales de varios metros, luces parpadeantes y decoraciones que ocupan pasillos completos. Los carteles de Black Friday conviven con esta atmósfera festiva, creando un contraste entre tradición occidental y realidad local. Dentro de estos shoppings, locales de ropa internacional y supermercados repletos de productos importados reciben a familias y jóvenes que buscan el aire acondicionado como refugio del calor exterior. Un pequeño tren infantil recorre los pasillos, entreteniendo a los más pequeños mientras sus padres hacen las compras. Esta dualidad entre modernidad consumista y tradición callejera define la identidad de Lusaka, mostrando las múltiples caras de una sociedad en transformación.

El clima en esta época del año es seco y abrasador. El sol quema sin la humedad sofocante que caracteriza a otras regiones tropicales. La sensación térmica es intensa pero soportable, y la ciudad parece haberse adaptado a este ritmo meteorológico. Las construcciones tienen techos altos, las ventanas son grandes y las sombras son valiosas. La tranquilidad es otra constante: no se percibe un clima de inseguridad evidente, y los habitantes transitan con normalidad por las calles, conversando en grupos o caminando solos sin aparente preocupación. La policía es visible pero no invasiva, y la comunidad parece cohesionada por desafíos compartidos.

La economía de Zambia descansa sobre los hombros de la minería, sector que impulsa el crecimiento nacional y genera expectativas sociales medidas pero palpables. Esta dependencia se refleja en el ambiente urbano: hay una sensación de espera, de potencial por explotar, de un país en construcción constante. Las inversiones en infraestructura son visibles, pero también lo son las brechas sociales que aún persisten. La extracción de cobre es el motor principal, y su precio en el mercado internacional determina el ánimo de la nación. Los jóvenes hablan de futuro, de oportunidades, pero también de la necesidad de diversificar una economía vulnerable a los vaivenes del mercado global.

Entre el tránsito intenso, la cartelería política omnipresente, el comercio informal que ocupa cada rincón y la vida que se despliega sobre la ruta, Lusaka se presenta como una capital en constante movimiento. Una ciudad donde lo público y lo privado se mezclan sin fronteras claras, donde la política no se discute solo en los medios sino que se exhibe en cada pared, y donde la resiliencia económica se manifiesta en cada puesto callejero. Es una postal viva de África subsahariana, lejos de los estereotipos que suelen mostrar los medios occidentales, cercana a la complejidad de lo real. Una metrópoli que no se deja definir fácilmente, que exige ser vivida para ser comprendida, que desafía las expectativas y construye su propio camino entre la tradición y la modernidad.

Referencias