El auge de Aliança Catalana: medievalismo y ultraderecha en la política catalana

Sílvia Orriols lidera el partido que crecería hasta 20 escaños según encuestas, con un discurso que mezcla independentismo radical y nostalgia por el pasado medieval

Los sondeos políticos en Cataluña dibujan un escenario inédito para las próximas elecciones autonómicas. Mientras los partidos tradicionales consolidan sus posiciones, una formación de reciente creación amenaza con alterar el tablero parlamentario. Aliança Catalana, liderada por la controvertida Sílvia Orriols, podría pasar de sus actuales dos escaños a una veintena, convirtiéndose en una fuerza decisiva en la cámara. Este ascenso meteórico no solo inquieta a los partidos establecidos, sino que también ha generado fricciones con otras formaciones de extrema derecha como Vox, con las que comparte ciertos postulados pero difiere en aspectos fundamentales.

El perfil de Orriols resulta clave para comprender la esencia de su proyecto político. Nacida en Vic el 9 de octubre de 1986, exactamente 748 años después de la conquista de Valencia por Jaime I, su biografía personal parece deliberadamente entrelazada con la historia medieval catalana. Esta conexión simbólica no es casual, sino el pilar sobre el que construye su discurso identitario. Desde su bastión en Ripoll, municipio que alberga la tumba de Guifré el Pilós, considerado el fundador mítico de la Casa de Barcelona y padre de la soberanía catalana, Orriols ha tejido una narrativa que rescata figuras históricas para legitimar un proyecto político contemporáneo.

El medievalismo como herramienta política no es exclusivo de Aliança Catalana. Expertos en ciencias políticas identifican este patrón como una constante en las estrategias de la extrema derecha europea. "Cuando Sílvia Orriols invoca a Guifré el Pilós o a otros condes catalanes, establece un paralelismo evidente con Santiago Abascal citando al Cid Campeador o Marine Le Pen reivindicando a Juana de Arco", explica Xavier Torrens, profesor de la Universidad de Barcelona. Estas referencias históricas sirven para construir una continuidad imaginada entre un pasado glorioso y un presente percibido como decadente, necesitado de redención nacional.

El programa electoral de Aliança Catalana deja poco espacio a la ambigüedad. Su primer punto aboga por una declaración unilateral de independencia y la "toma de control del territorio", argumentando que "los catalanes, por el simple hecho de existir como pueblo nacional consciente, debemos levantarnos en Estado independiente y expulsar a los estados español y francés de Cataluña". Esta formulación revela un nacionalismo etnocultural que va más allá del independentismo tradicional, introduciendo criterios de pertenencia basados en una identidad presuntamente inmutable.

La pregunta sobre quién es catalán bajo los parámetros de Orriols resulta inquietante. El partido promueve un concepto esencialista de la identidad que combina elementos lingüísticos, genealógicos y residenciales, pero sin establecer límites claros. Esta vaguedad intencional permite una interpretación flexible y arbitraria del concepto de "pueblo nacional", excluyendo a quienes no cumplan con unos requisitos que nunca se definen explícitamente. La lengua, el origen familiar y el tiempo de residencia se mencionan como factores, pero sin un criterio mensurable, lo que abre la puerta a decisiones discriminatorias.

La relación con Vox presenta una paradoja interesante. Ambas formaciones comparten un rechazo frontal al islam y una retórica identitaria excluyente. Sin embargo, mientras Vox defiende la unidad de España como valor supremo, Aliança Catalana propone su disolución violenta. Esta contradicción no impide que compitan por un electorado similar: votantes preocupados por la inmigración, la seguridad y la preservación de una identidad cultural percibida como amenazada. La diferencia radica en que Orriols añade una capa de independentismo que Vox considera inaceptable.

El crecimiento electoral de Aliança Catalana refleja una fragmentación del voto identitario en Cataluña. Tradicionalmente, el independentismo se había articulado desde posiciones de centro-derecha a izquierda, con un componente cívico importante. La llegada de Orriols introduce un etnonacionalismo radical que rompe con esta tradición, apostando por un modelo de comunidad cerrado y excluyente. Su discurso no busca convencer a los no independentistas, sino movilizar a quienes ya sienten una identidad catalana como rasgo étnico primordial.

Las implicaciones de este ascenso son múltiples. Por un lado, complica la aritmética parlamentaria para formaciones independentistas moderadas como ERC o Junts, que podrían verse obligadas a negociar con un actor cuya radicalización ideológica dificulta cualquier acuerdo. Por otro, polariza aún más el debate identitario, reduciendo los espacios para posiciones intermedias. La política catalana, ya de por sí compleja, se enriquece con un nuevo elemento que mezcla nostalgia histórica, ultranacionalismo y xenofobia.

El éxito de Aliança Catalana en las urnas dependerá de su capacidad para mantener el discurso maximalista sin entrar en contradicciones insalvables. Mientras tanto, su mera presencia en el Parlament catalán ya ha modificado el tono del debate, forzando a otros partidos a posicionarse frente a propuestas que cuestionan los fundamentos del sistema democrático español. La reivindicación de un pasado medieval glorioso sirve de cortina de humo para un proyecto que, en esencia, busca redefinir la ciudadanía catalana sobre bases excluyentes. El desafío para la política catalana no será solo contener su crecimiento, sino demostrar que la democracia puede ofrecer respuestas a las frustraciones que alimentan este tipo de propuestas sin caer en sus mismas trampas identitarias.

Referencias