Venezuela gana el Nobel de Paz 2025: un grito por la libertad

El discurso que recorrió el mundo: de la independencia de 1811 a la lucha democrática actual, la historia de una nación que defiende su destino

La ceremonia del Premio Nobel de la Paz 2025 quedará marcada en la historia como uno de los momentos más emotivos de las últimas décadas. Un representante venezolano subió al podio en Oslo para recibir el galardón en nombre de todo un pueblo que ha resistido con dignidad. Sus palabras resonaron no solo en la sala, sino en millones de hogares alrededor del planeta.

El orador comenzó rememorando los orígenes de su nación. Venezuela no es solo un país petrolero, sino la cuna de una de las primeras constituciones republicanas del mundo hispano. En 1811, cuando la mayoría de las naciones aún se debatían bajo el absolutismo, los venezolanos redactaron una carta magna que consagraba la soberanía individual, la libertad religiosa y la separación de poderes. Fue un documento revolucionario que adelantó su tiempo y sentó las bases de una tradición democrática centenaria.

Aquella constitución no fue un accidente histórico. Nació de la fusión de culturas que define la identidad venezolana: la herencia española que aportó lengua y estructuras, las raíces indígenas que conectaron con la tierra y la memoria africana que enriqueció el tejido social. Esta mezcla única forjó un pueblo convencido de que la libertad solo tiene sentido cuando es compartida. De hecho, los libertadores venezolanos no se conformaron con su propia emancipación. Cruzaron el continente desde las orillas del Orinoco hasta las cumbres del Potosí para extender los ideales de independencia a toda América Latina.

El siglo XX representó para Venezuela una era de esplendor y progreso. El descubrimiento petrolero de 1922 en Cabimas, conocido como el Reventón de La Rosa, transformó la economía nacional. Pero lo más notable no fue la riqueza en sí, sino cómo se invirtió. En tiempos de paz, los ingresos del petróleo se convirtieron en motor de desarrollo humano. Científicos venezolanos erradicaron enfermedades endémicas, se fundaron universidades de prestigio internacional y se construyeron museos y salas de conciertos que rivalizaban con los mejores del mundo.

La inversión en educación fue particularmente ambiciosa. Miles de jóvenes recibieron becas para estudiar en las mejores instituciones del extranjero, con la convicción de que regresarían a transformar su patria. Y así fue. Las ciudades se llenaron de arte cinético, con obras de Soto y Cruz-Diez que convirtieron las calles en galerías al aire libre. Se forjó acero, se produjo aluminio y se desarrolló energía hidroeléctrica. Venezuela demostró que podía soñar en grande y materializar esos sueños.

Paralelamente, el país desarrolló una tradición de solidaridad internacional. A lo largo del siglo XX, Venezuela abrió sus fronteras a quienes huían del miedo. Españoles escapando de la guerra civil, judíos sobrevivientes del Holocausto, latinoamericanos refugiados de dictaduras militares y cubanos que repudiaban el totalitarismo encontraron en Venezuela una segunda patria. Esta vocación de refugio reflejó el compromiso con los derechos humanos que siempre ha definido al pueblo venezolano.

Sin embargo, el discurso no se quedó en la nostalgia. El orador denunció con contundencia la crisis que ha devastado a su nación en las últimas dos décadas. Lo que fue una democracia próspera y ejemplar se vio sometida a un proceso de deterioro institucional sin precedentes. La corrupción, la represión y la concentración del poder destruyeron las estructuras democráticas que tanto había costado construir.

La lucha actual no es solo política, es existencial. Millones de venezolanos han abandonado su país en la mayor crisis migratoria de la historia reciente de América Latina. Quienes permanecen enfrentan escasez, inflación descontrolada y la persecución sistemática de quienes disienten. Pero, como enfatizó el premiado, la resistencia no ha cesado. La sociedad civil, los estudiantes, los trabajadores y los líderes democráticos mantienen viva la llama de la libertad.

El mensaje central del discurso fue una llamada a la comunidad internacional. Reconoció que la solidaridad global ha sido crucial, pero instó a no bajar la guardia. La democracia venezolana, afirmó, no es un asunto interno, sino una causa continental. Una Venezuela libre y próspera beneficia a toda América Latina. Una Venezuela bajo dictadura representa una amenaza para la estabilidad regional.

El orador concluyó con una nota de esperanza. Recordó que su pueblo ha superado crisis antes, que la resiliencia está en su ADN. La constitución de 1811 no fue un documento perfecto, pero sí una promesa. Y esa promesa sigue vigente. La juventud venezolana, dijo, está preparada para reconstruir el país. Solo necesita la oportunidad de ejercer sus derechos sin miedo.

La ceremonia terminó con una ovación de pie. En las redes sociales, el discurso se convirtió en tendencia mundial. Periodistas, políticos y activistas destacaron la claridad del mensaje y la dignidad con la que fue expresado. Para muchos, este Nobel no es solo un reconocimiento al sufrimiento de un pueblo, sino un recordatorio de que la libertad nunca se regala, siempre se conquista.

El premio llega en un momento crítico. Con negociaciones estancadas y la crisis humanitaria sin solución, el reconocimiento internacional podría ser el empujón que necesita la causa democrática venezolana. El desafío ahora es convertir las palabras en acciones concretas. La historia de Venezuela demuestra que es posible. El mundo, a través de este Nobel, ha dicho que está observando. La pelota está en la cancha de quienes tienen el poder de cambiar el rumbo.

Este galardón no celebra una victoria, sino una lucha. No cierra un capítulo, sino que abre uno nuevo. Y en ese nuevo capítulo, los venezolanos esperan escribir, una vez más, su destino con pluma de libertad.

Referencias