La política africana regala historias sorprendentes, pero pocas tan paradójicas como la de Adolf Hitler Uunona. En las recientes elecciones regionales de Namibia, celebradas el pasado 26 de noviembre, este veterano político ha logrado lo que parece imposible: consolidar su liderazgo pese a un nombre que en Occidente evoca las peores atrocidades del siglo XX. Su victoria en el distrito electoral de Ompunjda, región de Oshana, confirma su quinto mandato consecutivo, una hazaña electoral que contrasta radicalmente con la carga simbólica de su identidad completa.
Uunona, que prefiere presentarse simplemente como Adolf Uunona en sus campañas, representa al Partido Organización del Pueblo de África Sudoccidental (SWAPO), la formación que ha dominado la política namibia desde la independencia. Su trayectoria de más de quince años al frente de la circunscripción de Ompunjda refleja un compromiso inquebrantable con su comunidad, donde ha cosechado apoyos masivos: en 2020 alcanzó el 85% de los votos, una cifra que los medios locales anticipan que se repetirá en este nuevo escrutinio, aunque la Comisión Electoral aún no ha hecho público el recuento oficial.
El origen de esta controvertida denominación no reside en ninguna ideología totalitaria, sino en el pasado colonial alemán de Namibia. Entre 1884 y 1915, el territorio estuvo bajo el protectorado del Imperio Alemán, una presencia que dejó profundas huellas en la toponimia y en la nomenclatura de numerosas familias. Durante ese período, los colonizadores impusieron sus costumbres y nombres, generando una amalgama cultural que perdura hasta hoy. Muchos namibios de generaciones anteriores desconocían el significado histórico exacto de estos apelativos europeos, algo que Uunona ha reconocido abiertamente en múltiples entrevistas.
El propio político ha explicado que su padre, al registrar su nacimiento, "probablemente no comprendía" las implicaciones que conllevaba aquel nombre. La Segunda Guerra Mundial y el holocausto fueron eventos lejanos para una población rural namibia de mediados del siglo XX, sin acceso a la educación formal ni a los medios de comunicación global. No fue hasta la madurez de Uunona cuando tomó conciencia del peso específico de su homónimo europeo, un descubrimiento que le llevó a distanciarse activamente de cualquier asociación ideológica.
A sus 59 años, Uunona ha construido una reputación basada en la defensa de los derechos de las comunidades del norte de Namibia, no en la retórica extremista. Su activismo durante la lucha contra el apartheid y su participación en los movimientos de liberación nacional le han valido el respeto transversal. Los vecinos de Ompunjda le conocen por su labor en el desarrollo de infraestructuras básicas —escuelas, centros de salud y acceso al agua— y por su defensa de los intereses de las poblaciones rurales, no por su nombre.
La ironía de la situación no escapa a Uunona, quien con humor ácido ha declarado en ocasiones: "No estoy tratando de dominar al mundo". Esta frase, dicha con la modestia característica de los políticos de provincias, resume su estrategia: desactivar la polémica con autocrítica y distanciamiento. Su decisión de omitir "Hitler" en sus carteles electorales obedece a una lógica práctica: evitar distracciones mediáticas que desvíen la atención de su gestión municipal.
Namibia, un país de poco más de dos millones de habitantes, conserva numerosos vestigios de su pasado germano. En ciudades como Windhoek o Swakopmund, los edificios de arquitectura teutona coexisten con calles bautizadas con nombres alemanes. Esta herencia colonial, sin embargo, no implica adhesión ideológica. Es el resultado de un proceso histórico complejo donde identidad y memoria chocan con las dinámicas de la globalización.
El caso de Uunona ilustra cómo los significados semánticos viajan y se reinterpretan según el contexto. Mientras que en Europa o América el nombre Adolf Hitler representa la personificación del mal, en ciertos rincones de África subsahariana permanece como un mero registro burocrático, desprovisto de su carga simbólica original. Esta disonancia cultural genera situaciones que, vistas desde fuera, resultan grotescas, pero que localmente carecen de relevancia política.
La prensa internacional ha abordado la noticia con mezcla de estupor y morbo, centrándose casi exclusivamente en el nombre y obviando la trayectoria política del candidato. Esta reduccionismo occidental refleja un sesgo que prioriza el sensacionalismo sobre el análisis contextual. La realidad es que la victoria de Uunona responde a factores estrictamente locales: su red de clientelismo, su eficacia gestionando fondos regionales y su capacidad para canalizar las demandas de una población rural que valora los resultados concretos sobre las etiquetas simbólicas.
El sistema electoral namibio, que combina listas cerradas con circunscripciones uninominales en algunas regiones, favorece la reelección de candidatos consolidados. Uunona ha sabido aprovechar esta ventaja, transformando su distrito en un feudo político donde la oposición apenas tiene cabida. Su pertenencia a SWAPO, el partido de la liberación nacional, le otorga un plus de legitimidad histórica que pocos rivales pueden cuestionar.
Más allá de la anécdota, el fenómeno Uunona plantea interrogantes sobre la memoria histórica global y los límites del universalismo moral. ¿Hasta qué punto es legítimo juzgar desde el Norte global las prácticas onomásticas del Sur? La respuesta no es simple, pero exige al menos un ejercicio de empatía histórica. Los namibios no participaron en la Segunda Guerra Mundial ni en el holocausto; su experiencia colonial fue alemana, pero no nazi en sentido estricto. El desconocimiento de sus padres no fue irresponsabilidad, sino desinformación estructural.
Uunona, consciente de su peculiaridad, ha optado por la pragmática. No cambiará legalmente su nombre, argumentando que sería negar su propia biografía familiar. Sin embargo, su marca política es otra: Adolf Uunona, el hombre que gobierna Ompunjda con mano izquierda y corazón independiente. Su historia, lejos de ser un chiste de mal gusto, es un recordatorio de que la historia se escribe desde múltiples perspectivas y que los símbolos, por poderosos que sean, no siempre significan lo mismo para todos.
En definitiva, la quinta victoria de Adolf Hitler Uunona no es un acto de provocación, sino la ratificación de un liderazgo local sostenido en el trabajo silencioso y en la confianza de su electorado. Namibia, con sus complejidades postcoloniales, sigue construyendo su propio camino, donde incluso los nombres más incómodos pueden encontrar su lugar en la democracia. La lección para el observador externo es clara: antes de condenar, comprender; antes de reírse, contextualizar. La política africana, una vez más, desafía las categorías occidentales.