Juicio en Alemania contra grupo Antifa por ataques a ultraderecha

Siete militantes antifascistas se enfrentan a penas de hasta diez años en un macroproceso que se prolongará hasta 2027

El Tribunal Superior Regional de Dresde ha iniciado este martes uno de los procesos judiciales más controvertidos de los últimos años en Alemania. Con medidas de seguridad extremas y las protestas de una veintena de seguidores en las puertas del edificio, siete presuntos extremistas de izquierda han ocupado el banquillo de los acusados por una serie de agresiones violentas dirigidas contra miembros de la escena ultraderechista del este del país.

Los seis hombres y una mujer, con edades comprendidas entre los 28 y 49 años, están acusados de formar parte de una organización criminal denominada Hammerbande (Banda del Martillo) o Antifa Ost (Antifa Este). Según la Fiscalía Federal alemana, esta célula se consolidó a finales de 2017 o principios de 2018 en Leipzig y sus alrededores, convirtiéndose en uno de los grupos antifascistas más radicales de la región. El séptimo imputado, por su parte, responde a cargos de colaboración con la asociación ilícita.

Las penas previstas son severas. La mera pertenencia a una organización criminal puede conllevar hasta cinco años de cárcel, mientras que las lesiones corporales graves y el intento de asesinato, ambos presentes en la acusación, alcanzan los diez años de prisión. La representación del Ministerio Público ha calificado a los acusados de antifascismo militante, acusándoles de planificar sistemáticamente agresiones contra objetivos vinculados a la extrema derecha con la intención explícita de disuadir a estos colectivos mediante el terror y la violencia.

El documento de acusación, que consta de 270 páginas, detalla cómo los miembros de la célula actuaban de forma planificada y organizada, llegando incluso a asumir el riesgo de que sus víctimas pudieran fallecer como consecuencia de los ataques. La fiscal Alexandra Geilhorn ha sido tajante al presentar las pruebas: los agresores no improvisaban, sino que ejecutaban una estrategia coordinada que incluía entrenamientos físicos, adquisición de material para los ataques y protocolos de seguridad para evitar ser detectados.

La figura central del proceso es Johann G., considerado el cerebro de la operación. A él se le atribuye no solo la planificación de las agresiones, sino también el reclutamiento de nuevos miembros y la coordinación logística del grupo. Junto a su coacusado Paul M., habría organizado sesiones de entrenamiento de combate para asegurar la efectividad de sus acciones violentas. Las investigaciones revelaron que el grupo mantenía escondites en almacenes donde guardaban herramientas para golpear, spray de pimienta, material para ocultar su identidad y teléfonos móviles desechables. Johann G. estuvo prófugo durante años hasta que las autoridades lograron detenerle hace doce meses en un tren que atravesaba Turingia.

Este macroproceso judicial no surge en el vacío. Forma parte de lo que las autoridades alemanas han bautizado como proceso Antifa Ost, una amplia investigación que abarca múltiples agresiones de extrema izquierda en los estados federados de Sajonia, Turingia y Sajonia-Anhalt. La causa actual es, de hecho, la continuación del juicio contra Lina E., una estudiante condenada en 2023 a cinco años y tres meses de prisión precisamente en el mismo tribunal de Dresde. La joven, que mantuvo una relación sentimental con Johann G., fue identificada como líder de la misma célula junto a otros tres coacusados que recibieron penas menores. Un testimonio clave de un arrepentido fue fundamental para incriminarles.

La complejidad del caso ha obligado a las autoridades a extremar las medidas de seguridad en el tribunal. Decenas de agentes de policía custodian las instalaciones y se han establecido controles rigurosos para acceder a la sala. La tensión es palpable, no solo por la gravedad de los hechos, sino por el fuerte activismo que rodea tanto a grupos de extrema derecha como a movimientos antifascistas en el este de Alemania, una región donde el partido de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD) ha cosechado resultados electorales significativos.

El calendario judicial prevé que este proceso se extienda hasta el verano de 2027, lo que convierte al juicio en uno de los más largos de la historia reciente del tribunal dresdense. La duración refleja la complejidad de las pruebas, el número de víctimas que deberán declarar y la necesidad de desentrañar la estructura jerárquica de una organización que operaba en la clandestinidad.

El caso ha reavivado el debate sobre la violencia política en Alemania. Mientras la extrema derecha ha sido tradicionalmente el foco de atención de los servicios de seguridad, este proceso pone de manifiesto la radicalización de sectores de la extrema izquierda dispuestos a emplear métodos violentos para combatir lo que consideran una amenaza fascista. La Fiscalía insiste en que no se persigue la ideología, sino los actos delictivos, aunque los defensores de los acusados denuncian una criminalización del activismo antifascista.

La investigación ha sido posible gracias a la cooperación entre múltiples cuerpos policiales y agencias de inteligencia alemanas, que durante años infiltraron redes y monitorizaron comunicaciones. La detención de Johann G. marcó un punto de inflexión, permitiendo a los investigadores reconstruir la cadena de mando y obtener evidencias concluyentes sobre la planificación de los ataques.

Entre los hechos más graves figurarían agresiones con armas contundentes que causaron lesiones de extrema gravedad a varias personas identificadas como miembros de grupos neonazis o ultranacionalistas. La Fiscalía ha documentado al menos una decena de incidentes entre 2018 y 2022, algunos de los cuales tuvieron lugar en territorio extranjero, lo que complica aún más el marco jurídico del proceso.

El tribunal deberá determinar no solo la culpabilidad individual de cada acusado, sino también la existencia de una estructura organizada con fines delictivos. Para ello, los jueces analizarán minuciosamente las comunicaciones interceptadas, el material incautado en los registros y los testimonios de colaboradores que han decidido cooperar con la justicia a cambio de reducciones de pena.

La defensa, por su parte, cuestiona la calificación de organización criminal y argumenta que se trata de un grupo de activistas cuyas acciones, si bien violentas, no respondían a una estructura jerárquica definida. Los abogados también han denunciado irregularidades en las investigaciones y la presión mediática sobre el proceso.

Mientras tanto, la sociedad alemana observa con atención cómo se desarrolla este juicio que, más allá de las condenas individuales, establecerá un precedente sobre cómo el Estado de derecho aborda la violencia originada desde posiciones ideológicas extremas, independientemente de su signo político. La sentencia, cuando llegue en 2027, será un hito en la lucha contra el extremismo en Europa.

Referencias