Hace apenas unos meses, una cámara de besos en un concierto captó a una pareja abrazándose entre el público. Lo que podría haber sido un momento trivial se convirtió en una condena pública instantánea cuando ambos reconocieron que no estaban allí con sus respectivas parejas. La cámara no mentía, pero su mirada fue más rápida que la conciencia. En cuestión de segundos, la exposición digital se transformó en juicio moral, y la evidencia visual en sentencia sin apelación. No hubo tribunal, ni defensa, ni presunción de inocencia. Solo una pantalla que decidió, y una muchedumbre virtual que ejecutó.
Este episodio nos introduce en una reflexión más profunda sobre cómo las pantallas digitales han reconfigurado nuestra relación con la verdad. No se trata ya de lo que vemos, sino de cómo lo interpretamos, compartimos y legitimamos. La imagen ya no es evidencia, es argumento. Y cada argumento, por poderoso que sea, se ahoga en un océano de contradicciones donde la realidad se negocia como nunca antes.
El caso de Renee Nicole Good, tiroteada en Minneapolis, ilustra esta transformación con dramatismo extremo. El autor de los disparos, lejos de ocultarse, apareció sonriente ante las cámaras minutos después. La justificación, en nombre de la lucha contra la inmigración ilegal, convirtió un acto de violencia en declaración política. Las imágenes del suceso, analizadas hasta el último detalle—trayectoria del vehículo, posición de las ruedas, ubicación exacta del tirador—no impidieron que una multitud, encabezada por el propio Gobierno estadounidense, defendiera la legítima defensa donde no la había.
Aquí reside la esencia del problema: el deseo de engañar por parte de quienes mienten es todavía muy inferior a las ganas de ser engañados por parte de quienes les creen. La pantalla no muestra lo que ocurre, sino lo que queremos ver. Y en esta economía de la atención, la verdad se convierte en mercancía más barata que la confirmación de nuestras propias creencias.
La era de la certeza perdida
En 1981, el mundo contempló atónito por televisión tres atentados que marcaron la historia: contra el papa Juan Pablo II, contra el presidente Anwar Sadat y contra Ronald Reagan. En todos los casos, las especulaciones sobre las motivaciones fueron inevitables, pero los hechos permanecieron incontrovertibles. Se vio claramente quién disparó, cuándo y dónde. Las dudas giraban en torno al porqué, nunca sobre el qué. La realidad, aunque brutal, era compartida.
Hoy esa certeza ha desaparecido. Las imágenes que documentan lo sucedido han pasado a la categoría de opiniones más en un mar de opiniones. Cada persona puede ver el mismo vídeo y extraer conclusiones opuestas, validadas por algoritmos que refuerzan nuestras burbujas cognitivas. El relativismo digital no es filosófico, es tecnológico. Las plataformas no están diseñadas para la verdad, sino para el engagement. Y la verdad, demasiado a menudo, no genera interacción.
Esta transformación afecta no solo a la política o la violencia, sino a la intimidad misma. La pareja atrapada por la cámara de besos experimentó en carne propia cómo el ámbito privado se disuelve ante la mirada pública. No hubo contexto, ni explicación, solo exposición. Y la exposición, en el siglo XXI, equivale a condena. El juicio paralelo se ejecuta en tiempo real, sin más garantías que la velocidad de la conexión a internet.
El deseo de ser engañado
La psicología colectiva juega un papel crucial en este fenómeno. La información que confirma nuestras creencias activa los mismos circuitos de recompensa que la comida o el sexo. Nos sentimos bien estando de acuerdo con nuestra tribu digital. Por eso, cuando una imagen nos ofrece la oportunidad de validar nuestra visión del mundo, la aceptamos sin cuestionarla. El esfuerzo cognitivo de dudar es mayor que el placer de creer.
El tirador de Minneapolis no necesitaba una defensa elaborada. Solo requería una narrativa que resonara con un público predispuesto a escucharla. Las pantallas convertidas en tribunas políticas no buscan la verdad, buscan la adhesión. Y en esa lógica, la sonrisa ante la cámara no es una muestra de locura, sino de estrategia. Es la performance de la certeza en una era de incertidumbre.
Esta dinámica explica por qué las teorías conspirativas proliferan más rápido que las explicaciones racionales. Son narrativas emocionales, no factuales. Y las emociones, en el ecosistema digital, se contagian más deprisa que los virus. La triste realidad es que nuestras pantallas no nos informan, nos infectan.
Entre el pesimismo y la tristeza
Una librería de Barcelona agrupó recientemente una selección de títulos bajo una cita de Fernando Pessoa: «No soy pesimista, soy triste». La distinción es sutil pero reveladora. El pesimismo es una postura ideológica, una forma de ver el mundo que se puede argumentar y defender. La tristeza, en cambio, es una emoción, una respuesta humana ante la evidencia de que algo no funciona.
Ante la saturación de pantallas que nos rodea, quizás la reacción más honesta no sea la indignación performativa, sino la tristeza reflexiva. Tristeza porque hemos perdido el territorio común de los hechos. Porque la verdad ya no nos une, nos divide. Porque cada vez es más difícil distinguir entre lo que ocurre y lo que creemos que ocurre.
Leer es, en este contexto, un acto de resistencia. La lectura exige tiempo, atención y capacidad de duda. No hay scroll que valga, ni algoritmo que prediga la siguiente página. Por eso, en un mundo de pantallas y patatas fritas—de consumo rápido de realidad—, la lectura profunda se convierte en contracultura.
La responsabilidad de mirar
¿Qué hacer ante este panorama? La primera respuesta es individual: aprender a mirar con duda. No desconfiar de todo, pero tampoco creer sin más. Exigir contexto, buscar fuentes, soportar la incertidumbre. La segunda respuesta es colectiva: reclamar plataformas que prioricen la verdad sobre el viral. Regulaciones que no limiten la libertad, pero sí la desinformación deliberada.
La tecnología no es neutral, pero tampoco es inevitable. Las pantallas son lo que decidimos que sean: ventanas al mundo o espejos de nuestras propias obsesiones. El desafío no es desconectar, sino reconectar con una idea de verdad que trascienda nuestras preferencias personales.
La pareja de la cámara de besos, el tirador de Minneapolis, los atentados de 1981 y los versos de Pessoa tienen algo en común: todos hablan de cómo miramos y qué hacemos con lo que vemos. La diferencia está en que antes la mirada colectiva construía realidad compartida. Hoy, cada pantalla construye su propio universo. Y vivimos, como decía el poeta, en la época de la tristeza disfrazada de pesimismo, de la opinión disfrazada de hecho, de la mentira disfrazada de verdad.
La próxima vez que una imagen te haga sentir indignación o certeza absoluta, para. Respira. Pregúntate: ¿qué no estoy viendo? La respuesta, casi siempre, es el contexto que la pantalla ha decidido ocultar. Y sin contexto, no hay verdad. Solo hay espectáculo. Y nosotros, consumidores de patatas fritas digitales, engullendo realidad sin masticarla.