Brahim Díaz, de secundario en el Madrid a héroe marroquí

El malagueño nacionalizado guía a su selección al triunfo ante Camerún (2-0) y a las semifinales del torneo continental por primera vez desde 2004

Brahim Díaz ha escrito una nueva página dorada en su trayectoria profesional que trasciende las fronteras del clubismo. Mientras que en el Real Madrid su presencia se limita a un rol secundario y complementario, con la selección Marruecos se ha erigido como el líder indiscutible que guía a su equipo hacia la gloria continental. Su actuación magistral ante Camerún, que culminó con una victoria por 2-0, ha transportado a Marruecos a las semifinales de la Copa de África por primera vez desde 2004, rompiendo con dos décadas de frustraciones y complejos históricos que pesaban sobre la selección.

Los defensas cameruneses no encontraron otra fórmula efectiva para contener al malagueño nacionalizado que mediante faltas repetidas y sistemáticas. Cada aproximación de Brahim al balón representaba una amenaza inminente, ya fuera para iniciar jugadas desde el centro del campo con visión de juego o para desequilibrar en la zona ofensiva con su regate impredecible. Los rivales debían recurrir a la infracción una y otra vez para intentar frenar su desborde constante. Su exhibición combinó responsabilidad táctica, valentía para pedir el balón en cualquier situación y técnica exquisita, cualidades que resultaron decisivas para superar a un rival históricamente temible y que había generado verdadera paranoia en la población marroquí.

Con 26 años, Brahim Díaz ha escuchado durante temporadas que su momento aún no había llegado, que debía esperar pacientemente su oportunidad en el conjunto blanco donde figuras de mayor renombre y precio de mercado monopolizan la titularidad. Sin embargo, con la camiseta de Marruecos ha asumido sin complejos el liderazgo que le reclaman tanto el técnico Walid Regragui como la afición entera, que le ha adoptado como ídolo desde el primer partido. En la banda derecha, complementado por Abde Ez Abde del Betis en la izquierda, formaron una dupla imparable que encerró a Camerún en su propio área durante la mayor parte del encuentro, generando situaciones de peligro constante.

El gol inaugural llegó a los 26 minutos, en un momento de supremacía marroquí. Tras un córner botado magistralmente por Abde desde la banda izquierda, Brahim apareció en el segundo palo con un olfato goleador insuperable para empujar el balón al fondo de la red, estableciendo el 1-0 que desahogó a los 70.000 espectadores congregados en el estadio Príncipe Mulay Abdellah de Rabat. Ese tanto reflejó la insistencia marroquí y la capacidad de Brahim para estar en el lugar exacto en el momento preciso, una cualidad propia de los grandes futbolistas.

El duelo contra Camerún representaba mucho más que un simple partido de cuartos de final. Para Marruecos, enfrentarse a esta selección despertaba fantasmas históricos que pesaban sobre la conciencia colectiva del fútbol nacional. Camerún acumula cinco títulos continentales, mientras que los marroquíes solo conquistaron uno en 1976. Además, en las últimas cinco ediciones donde se encontraron con el anfitrión, los cameruneses siempre eliminaron al equipo local: 2008, 2002, 2000, 1992 y, de forma especialmente dolorosa, la Copa de África de 1988 celebrada precisamente en Marruecos, donde los locales cayeron eliminados.

Mustafá el-Haddaoui, delantero de aquella selección de 1988, recordaba esta semana en L'Equipe la dificultad de aquel encuentro: "Los defensas cameruneses medían todos 2,50 metros. No eran el Muro de Berlín. Eran la Muralla China". Ese peso del pasado generó una tensión palpable en las gradas, donde la paranoia colectiva se había apoderado de la afición durante los días previos. El nombre de Camerún resonaba como una maldición desde Marrakech hasta Tánger, generando auténtico temor en una población que soñaba con el título.

Sin embargo, Brahim Díaz no pareció intimidarse por esa carga histórica ni por la presión de romper una racha negativa de 36 años. Su rendimiento fue una declaración de intenciones, un mensaje claro de que esta generación marroquí está preparada para romper con los complejos del pasado y escribir su propia historia. Mientras en el Santiago Bernabéu se le considera un recurso complementario, en Rabat se convirtió en el eje sobre el que giró toda la creación ofensiva, el jugador al que todos buscaban cuando el balón debía avanzar hacia el área rival.

La presión sobre los hombros de los jugadores locales era inmensa y constante. Organizar la mejor Copa de África de la historia, según han reconocido todos los participantes incluidos rivales y periodistas extranjeros, implica la obligación moral de rendir a la altura de las expectativas generadas. Los estádios espléndidos, el ambiente festivo y la ilusión de un pueblo que no levanta el trofeo desde 1976 forman un cóctel de expectación difícil de gestionar para cualquier deportista, pero especialmente para los futbolistas locales que sienten la responsabilidad de devolver la alegría a su gente.

Frente a esa presión descomunal, Brahim mostró una madurez sorprendente y una personalidad fortalecida. Cada conducción, cada regate, cada decisión estuvo marcada por la claridad y la determinación de quien sabe que es el referente. No temió perder balones ni ser señalado como culpable en caso de error, mostrando una libertad mental envidiable. Esa confianza, combinada con su talento técnico innato, resultó demasiado para una defensa camerunesa que solo pudo contenerlo a base de faltas, amonestaciones y desesperación creciente.

El segundo gol, que selló definitivamente el pase a semifinales, llegó tras una jugada colectiva donde Brahim volvió a participar activamente, demostrando que su contribución trasciende lo individual. Su capacidad para generar superioridad numérica en cualquier sector del campo convierte a Marruecos en una selección temible para cualquier rival que se cruce en su camino hacia la final. No es un jugador que brilla por egoísmo, sino que eleva el rendimiento de todo el equipo con su presencia.

El camino hacia la gloria continental continúa con paso firme y ambicioso. Marruecos ya está en las semifinales, instancia que no alcanzaba desde 2004, y lo hace con la sensación de que tiene un líder en estado de gracia que puede marcar la diferencia en cualquier momento. Brahim Díaz ha encontrado en la selección marroquí el escenario perfecto para desarrollar todo su potencial, lejos de las sombras del Real Madrid y de la competencia con estrellas galácticas que monopolizan los titulares.

La Copa de África que organiza Marruecos está siendo un éxito rotundo en cuanto a organización y ambiente. Todos los participantes coinciden en calificarla como la mejor edición de la historia del torneo continental. Ahora, los anfitriones sueñan con coronarla con el título más importante, el que les ha resistido durante casi medio siglo. Con Brahim Díaz como estandarte, la ilusión cobra forma de realidad cada vez más tangible y alcanzable.

La exhibición ante Camerún no fue un hecho aislado, sino la confirmación definitiva de que este jugador está preparado para asumir las responsabilidades más exigentes en el máximo nivel. Su evolución en el torneo ha sido meteórica, pasando de ser una alternativa interesante a convertirse en el referente absoluto del equipo. Cada partido ha sido una demostración de que su talento no entiende de jerarquías clubistas ni de cartelería mediática.

La próxima cita será la semifinal, donde Marruecos buscará continuar haciendo historia y acercarse al título que ansía todo un país. El rival será otro escollo importante, pero el equipo llega con la confianza de tener a un jugador diferencial. Lo que está claro es que Brahim Díaz ya no es ese joven que debe esperar pacientemente su turno en el banquillo. En Marruecos, su momento es ahora, y está aprovechándolo para convertirse en leyenda viva del fútbol marroquí.

Referencias

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