El baloncesto femenino ha perdido a una de sus figuras más icónicas e imponentes. Uliana Semenova, la letona que durante dos décadas intimidó a rivales con su gigantesco físico y dominó los tableros de toda Europa sin rival, ha fallecido este viernes a los 71 años. Su nombre quedará perpetuamente grabado en la historia del deporte como sinónimo de invencibilidad, excelencia y dominio absoluto, aunque desgraciadamente su etapa final estuvo marcada por graves dificultades económicas y de salud que ensombrecieron su brillante legado.
Nacida en la entonces República Soviética de Letonia, Semenova debutó en la élite del baloncesto con apenas 16 años en 1968, inaugurando una era de supremacía absoluta que duraría veinte años. Durante dos décadas, su mera presencia en la cancha se convirtió en garantía prácticamente matemática de victoria. Con el Daugava Riga, su club durante toda la etapa soviética, conquistó nada menos que once títulos de la Euroliga femenina y quince campeonatos de la liga soviética, estableciendo un dominio absoluto en el baloncesto del bloque del este. Pero sus éxitos no se limitaron al ámbito continental, sino que trascendieron a la escena global.
Con la selección de la URSS, Semenova cosechó dos medallas de oro olímpicas, tres campeonatos del mundo y diez títulos europeos. El dato más asombroso de su carrera internacional es que, en sus dieciocho años como jugadora de la selección soviética, el equipo solo perdió un único partido. Una cifra que habla por sí sola de su dominio absoluto sobre la competencia.
Su secreto no era solo el talento, sino unas condiciones físicas excepcionales. Con 2,13 metros de altura y 135 kilogramos de peso, Semenova era una fuerza de la naturaleza. Su envergadura y potencia le permitían controlar el juego de forma casi absoluta, convirtiéndola en una referencia insuperable para sus rivales. Sin embargo, esta ventaja física también escondía un problema de salud que marcaría su vida posterior.
La letona padecía acromegalia, un trastorno hormonal que provoca un exceso de producción de hormona de crecimiento. Esta condición fue la responsable de su gigantismo, pero también le causó graves complicaciones a lo largo de los años. A medida que avanzaba la enfermedad, sus problemas de movilidad se agudizaron, obligándola a someterse a múltiples intervenciones quirúrgicas.
Cuando el Telón de Acero comenzó a levantarse, Semenova decidió probar suerte fuera de su país. En 1987 recaló en España para jugar en el Tintoretto Getafe, donde dejó una profunda huella pese a estar ya en la recta final de su carrera. Un año después, en 1988, se trasladó a Francia para enrolarse en el Valenciennes Orchies. En ambos destinos, su legado trascendió los resultados deportivos, dejando un recuerdo imborrable entre compañeras y rivales.
Sin embargo, la vida tras el retiro en 1988 fue muy diferente a lo que su palmarés podría sugerir. Las normativas soviéticas de la época le impidieron acumular ahorros o generar un patrimonio durante sus años como deportista de élite. Al colgar las botas, se encontró sin recursos económicos y sin posibilidad de reorientar su carrera profesional hacia otros sectores.
Esta situación se agravó con el deterioro de su salud. Las secuelas de la acromegalia y las operaciones que requirió dejaron a Semenova en una posición vulnerable, sin los medios necesarios para afrontar sus gastos médicos ni mantener unas condiciones de vida dignas. La leyenda del baloncesto vivía en la precariedad, lejos de los focos que alguna vez la convirtieron en una estrella.
La comunidad del baloncesto no permaneció indiferente ante su situación. Hace tres años, las exjugadoras del Club Clermont Université de Francia organizaron una colecta para ayudar a quien había sido su rival en el pasado. La iniciativa, liderada por la leyenda del baloncesto galo Jacky Chazalon, generó una ola de solidaridad sin precedentes en el deporte europeo.
"El deporte no es solo medallas, también es amistad, fraternidad y apoyo mutuo", declaró Chazalon en aquel momento. La campaña logró recaudar más de 20.000 euros, una cifra que permitió a Semenova afrontar el coste de una prótesis y realizar una reforma en su vivienda para adaptarla a sus necesidades. También sus antiguas compañeras del Tintoretto Getafe se sumaron a la causa, demostrando que los lazos creados en la cancha perduraban más allá de la competición.
El presidente de Letonia, Edgars Rinkevics, fue uno de los primeros en reaccionar a su fallecimiento. A través de su cuenta en X, expresó: "Letonia ha sufrido otra gran pérdida: el fallecimiento de la leyenda del deporte Uliana Semenova. La chica de oro del baloncesto olímpico, mundial y europeo, una persona muy cálida y comprensiva. Nuestro más sentido pésame a la familia, colegas y aficionados de Uliana".
La Federación Española de Baloncesto también se sumó a los homenajes, recordando que Semenova "dejó un gratísimo recuerdo entre sus compañeras y rivales" durante su paso por la liga española. En un comunicado, la institución transmitió "en nombre de todo el baloncesto español, su más sentido pésame a familiares y amigos de Uliana Semenova, así como a la Federación de Letonia".
La historia de Uliana Semenova es un recordatorio de las contradicciones del deporte de élite. Mientras su nombre aparece en los registros como una de las más grandes de todos los tiempos, su vida posterior reflejó las carencias de un sistema que no protegió a sus propios ídolos. Su legado, sin embargo, no se limita a los títulos conseguidos, sino que se extiende a la lección de solidaridad que su situación generó en la comunidad deportiva.
La gigante del baloncesto descansa ahora, pero su historia continuará inspirando a futuras generaciones. No solo por su dominio indiscutible sobre el parquet, sino por la dignidad con la que afrontó las adversidades y la capacidad del deporte para unirse en torno a uno de los suyos cuando más lo necesitaba.