Simón Pérez y el primer fallecimiento en directo de un streamer en España

La muerte de Sergio Jiménez durante una retransmisión privada expone el oscuro ecosistema de los retos extremos y el consumo descontrolado en redes sociales

La madrugada del último día de 2025 quedará marcada en la historia de las redes sociales españolas por un trágico hito sin precedentes. Sergio Jiménez Ramos, conocido en plataformas digitales como "Sancho" o "Sssanchopanza", perdió la vida mientras cientos de espectadores observaban en tiempo real su consumo desmesurado de sustancias tóxicas. El barcelonés de 37 años se convirtió en la primera víctima mortal documentada en nuestro país durante una emisión en directo, un episodio que ha sacudido la comunidad online y puesto de manifiesto las terribles consecuencias del modelo de contenido extremo que gana terreno en la dark web social.

El deceso ocurrió en menos de tres horas de una retransmisión que nadie interrumpió. Según las investigaciones preliminares, Jiménez ingería seis gramos de cocaína y una botella completa de whisky mientras una audiencia de pago seguía la escena a través de una videollamada privada. Cuando su hermano entró en la habitación y descubrió el cuerpo sin vida, varios usuarios permanecían aún conectados al otro lado de la pantalla, testigos mudos de una tragedia anunciada que se desarrolló sin que nadie llamara a los servicios de emergencia.

El contexto de esta muerte resulta especialmente inquietante por las redes que la sostienen. Jiménez no era un aislado en el universo de los streamers, sino que formaba parte del círculo de influencia de Simón Pérez, una figura que ha pasado de la viralidad absurda a convertirse en el epicentro de un sistema de explotación digital. Su relación con Pérez era de mentorato, una especie de protección dentro de un ecosistema donde el espectáculo degradante se monetiza sin límites ni escrúpulos.

El ascenso y caída de un fenómeno viral

El nombre de Simón Pérez saltó a la fama en 2017 de forma accidental y controvertida. Junto a Silvia Charro protagonizó un vídeo promocionando hipotecas a tipo fijo mientras ambos mostraban signos evidentes de estar bajo efectos de sustancias psicoactivas. Aquel contenido, lejos de acabar su carrera, desató un interés morboso que Pérez supo capitalizar con astucia preocupante. Lo que comenzó como una sobreexposición en redes se transformó rápidamente en una búsqueda desesperada de monetización extrema, donde cada polémica equivalía a ingresos.

El modelo de negocio que desarrolló resultó sencillo y devastador: ofrecer a su audiencia desafíos cada vez más peligrosos a cambio de donaciones directas. Arrojar electrodomésticos desde el balcón, ingerir su propia orina o consumir cantidades crecientes de drogas se convirtieron en su moneda de cambio. Cada reto superado abría la puerta a uno más extremo, en una espiral sin freno que las plataformas tardaron en regular y que los usuarios ansiaban ver cumplida.

La expulsión de los principales servicios de streaming no detuvo su actividad, sino que la impulsó hacia la clandestinidad. Kick, Dlive y Pump.fun le vetaron por incumplir normativas sobre drogas y promoción de casinos ilegales, pero Pérez encontró en la oscuridad digital su nuevo territorio de operaciones. Así nació Los Diplomáticos, una comunidad privada que opera al margen de cualquier control corporativo o legal.

El oscuro universo de Los Diplomáticos

Este grupo cerrado funciona mediante un sistema de membresías que oscila entre los 40 y 120 euros mensuales. Los usuarios acceden a videollamadas por Google Meet donde Pérez realiza actos que superan cualquier límite de dignidad humana. Masturbaciones colectivas, automutilaciones o untarse con excrementos forman parte del repertorio que ofrece a quienes pagan por verlo, un menú de degradación que encuentra demanda constante.

Sergio Jiménez entró en esta órbita en octubre de 2025, apenas dos meses antes de su fallecimiento. La decisión resulta especialmente dramática si se considera que, según confirmó El País a través de fuentes cercanas al fallecido, el joven se encontraba bajo seguimiento psiquiátrico en el momento de sumergirse en este mundo. Su vulnerabilidad mental lo convirtió en presa fácil de un sistema diseñado para explotar precisamente esa debilidad, donde la salud es una molestia y el sufrimiento un espectáculo.

Lo que ocurre en estas sesiones privadas, sin embargo, representa solo la punta visible de un iceberg mucho más profundo y organizado. Alrededor de estas retransmisiones ha florecido toda una infraestructura paralela que organiza, financia y difunde el contenido, creando una economía completa basada en la autodestrucción ajena.

La red clandestina que alimenta el fenómeno

Los grupos de mensajería instantánea han sido fundamentales para la expansión de este ecosistema tóxico. Según investigaciones periodísticas, canales de Telegram como "AviatorVip IV", con más de tres mil miembros activos, funcionan como centros de operaciones digitales. Allí, los espectadores no solo comentan las emisiones en directo, sino que participan activamente en la planificación de los retos, votando propuestas y estableciendo recompensas.

Esta organización va más allá de la mera observación pasiva. Los usuarios contactan directamente con proveedores de sustancias, coordinan envíos y establecen las reglas de cada desafío con precisión enfermiza. Se trata de una maquinaria colaborativa donde la responsabilidad queda diluida entre cientos de participantes anónimos, cada uno contribuyendo con su granito de arena a la destrucción de un ser humano.

El contenido generado en estos espacios supuestamente privados no permanece aislado ni olvidado. Canales de YouTube dedicados al fenómeno recopilan y difunden los momentos más impactantes, asegurando un flujo constante de nuevos curiosos que eventualmente migran hacia los grupos de pago. Esta estrategia de marketing oscuro garantiza la perpetuación del modelo, creando un ciclo de explotación sin fin.

Un precedente europeo que no sirvió de advertencia

La muerte de Sergio Jiménez constituye un hito trágico en España, pero no es un caso aislado en el continente. Apenas cuatro meses antes, en agosto de 2025, el streamer francés Raphaël Graven, conocido como Pormanove, sufrió un desenlace similar durante una de sus retransmisiones. Su fallecimiento generó conmoción en Francia y debates parlamentarios sobre la regulación de contenido, pero claramente no bastó para prevenir la tragedia española, demostrando la incapacidad de las instituciones para adaptarse a la velocidad de estas dinámicas.

Esta secuencia de eventos plantea preguntas urgentes sobre la efectividad de las políticas de moderación de plataformas y la responsabilidad legal de quienes facilitan estos espectáculos. La naturaleza transfronteriza de internet dificulta la aplicación de normativas nacionales, mientras que la migración a espacios privados escapa por completo al control de los algoritmos y los equipos de seguridad.

El fenómeno Simón Pérez y su círculo representan el lado más oscuro de la economía de la atención digital. Cuando la búsqueda de clics y donaciones supera cualquier consideración ética o humana, el resultado es un mercado donde la vida humana se convierte en mercancía desechable. La muerte de Sergio Jiménez no fue un accidente, sino la consecuencia lógica y predecible de un sistema que premia el riesgo extremo y castiga la precaución como cobardía.

La reflexión que este caso obliga a hacer trasciende el ámbito de las redes sociales y habla de una sociedad que consume su propia desgracia como entretenimiento primetime. Comunidades enteras financian la autodestrucción de sus miembros más vulnerables mientras plataformas tecnológicas miran hacia otro lado, alegando incapacidad para intervenir en comunicaciones privadas. La pregunta ya no es si habrá más víctimas, sino cuándo y qué medidas drásticas se tomarán finalmente para evitar que el próximo Sergio, el próximo Raphaël, se convierta en estadística de un sistema que se alimenta de su propia crueldad.

Referencias

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