Pablo Simón cuestiona el proyecto de Rufián para unir la izquierda

El politólogo analiza las dificultades de la iniciativa y advierte sobre las consecuencias del sistema electoral español

El panorama político español vuelve a debatir sobre la fragmentación de la izquierda tras los resultados de las recientes elecciones autonómicas en Aragón. La propuesta de Gabriel Rufián para liderar una coalición que aglutine a las fuerzas progresistas ha generado reacciones encontradas, siendo la del analista político Pablo Simón una de las más críticas y fundamentadas. Su evaluación, lejos de ser una simple oposición ideológica, se basa en una profunda comprensión de la mecánica electoral y las dinámicas internas de estos partidos.

El contexto que desató el debate

Las elecciones en Aragón han dejado en evidencia no solo el crecimiento de formaciones de derecha y extrema derecha, sino también la incapacidad del PSOE para movilizar a su electorado tradicional. Este fracaso ha reavivado una conversación recurrente en la política española: la necesidad de articular una alternativa de izquierdas que vaya más allá del socialismo convencional. En este escenario, el líder de ERC en el Congreso ha ofrecido su figura para encabezar un proyecto de unidad que, según sus palabras, podría cambiar el rumbo de la política española.

Sin embargo, Pablo Simón, reconocido por sus análisis rigurosos del sistema político, muestra una actitud cautelosa. Para él, esta no es más que otra tentativa en una larga lista de intentos fallidos por cohesionar a un espacio político caracterizado precisamente por su tendencia a la división. La experiencia histórica, argumenta, demuestra que hay tantas fracturas como propuestas de unidad, lo que hace que cualquier iniciativa parta con una desventaja estructural importante.

La distinción entre dos tipos de izquierdas

Uno de los aspectos más interesantes del análisis de Simón radica en su capacidad para diferenciar entre dos realidades completamente distintas dentro del mismo espectro ideológico. Por un lado, están las formaciones de carácter regional, que no compiten entre sí en el territorio y que, en teoría, podrían establecer alianzas sin mayores problemas. Estos partidos, que incluyen desde nacionalismos periféricos hasta confluencias locales, comparten objetivos comunes en lo que respecta a la movilización del voto progresista.

La unión de estas fuerzas, sin embargo, tendría un impacto prácticamente simbólico según el politólogo. Aunque lograran presentar una candidatura conjunta, su influencia en los resultados globales sería mínima desde una perspectiva matemática. El sistema electoral español, con su diseño de circunscripciones provinciales y el umbral del tres por ciento, penaliza a las formaciones minoritarias que no alcanzan una masa crítica significativa en cada territorio.

Por otro lado, se encuentran lo que Simón denomina "los elefantes en la habitación": las grandes formaciones de izquierda alternativa que compiten en todo el territorio nacional. Aquí es donde reside el verdadero nudo del problema. La coalición entre IU-Sumar y Podemos, por ejemplo, no es simplemente una cuestión de acuerdo programático, sino que implica negociaciones sobre liderazgo, estrategia y, fundamentalmente, sobre el reparto de poder.

El obstáculo de los puestos de poder

Precisamente, el concepto de "puestos de poder" es el que, según Pablo Simón, hace que estas negociaciones fracasen una y otra vez. No se trata solo de ideología o de programa electoral, sino de quién ocupa los lugares en las listas, quién controla la financiación, quién tiene voz en la toma de decisiones estratégicas. Estas cuestiones, aparentemente burocráticas, son las que han hecho naufragar proyectos previos de confluencia.

La iniciativa de Rufián, por muy loable que sea en su intención, choca contra esta realidad. El líder republicano puede ofrecer su imagen y su experiencia parlamentaria, pero no puede resolver las tensiones internas entre formaciones que, en muchos casos, han construido su identidad en la oposición mutua. La competición por el liderazgo del espacio alternativo al PSOE ha generado heridas que no se cierran fácilmente con llamamientos a la unidad.

El sistema electoral como trituradora

Quizás la advertencia más contundente de Simón sea su descripción del sistema electoral español como una "trituradora de carne". Esta metáfora gráfica refleja la brutalidad con la que la ley D'Hondt y la división provincial castigan a las fuerzas políticas fragmentadas. En este contexto, mantener dos listas de izquierda separadas no es solo un error estratégico, es prácticamente un regalo a la derecha.

El analista es tajante: dos candidaturas progresistas diferentes garantizan la mayoría absoluta de PP y Vox. El voto útil, ese fenómeno psicológico que empuja al electorado a concentrar su apoyo en opciones viables, funciona en ambos sentidos. Mientras la derecha se presenta unida bajo el paraguas del Partido Popular, la izquierda se dispersa en múltiples opciones que, sumadas, no alcanzan la representación que tendrían de forma conjunta.

Esta realidad matemática, que ya se ha demostrado en comicios anteriores, convierte cualquier proyecto de unidad en una cuestión de supervivencia política. No es solo una preferencia estratégica, es una necesidad imperante si el objetivo es evitar que formaciones de extrema derecha accedan al gobierno.

Lecciones de la historia reciente

El historial de intentos de unidad no favorece al optimismo. Desde la creación de Unidos Podemos hasta las diversas confluencias municipales, pasando por la coalición de gobierno entre PSOE y Unidas Podemos, las experiencias han estado marcadas por tensiones internas, diferencias estratégicas y, en última instancia, por resultados electorales decepcionantes.

Cada uno de estos proyectos ha partido de una base común: la percepción de que la división perjudica a la izquierda. Sin embargo, todos han encontrado el mismo obstáculo: la dificultad de articular una propuesta que satisfaga a todas las partes sin que ninguna se sienta diluida o subordinada. La identidad política, en un ecosistema mediático que premia la diferenciación, se convierte en una barrera infranqueable.

El papel de Rufián en el nuevo escenario

La figura de Gabriel Rufián como potencial aglutinador no es casual. Su experiencia en el Congreso, su capacidad de diálogo con diferentes formaciones y su perfil mediático le convierten en un candidato aparentemente idóneo. Sin embargo, su pertenencia a ERC, un partido con aspiraciones independentistas, también puede ser un obstáculo para aquellas formaciones que buscan una alternativa de ámbito exclusivamente estatal.

La paradoja es evidente: quien propone la unidad representa una formación que, por definición, tiene un proyecto nacional diferente. Esto no invalida su iniciativa, pero sí complica su recepción entre aquellos que ven en el independentismo una línea roja insalvable.

Perspectivas de futuro

Ante este complejo escenario, las opciones son limitadas. La primera, y más probable según Simón, es que la iniciativa de Rufián se quede en una declaración de intenciones sin consecuencias prácticas. La segunda, que genere un debate interno que, aunque no conduzca a una unión total, sí facilite acuerdos puntuales en determinados territorios. La tercera, la menos probable, sería la creación de una verdadera plataforma unitaria que aglutine a todas las fuerzas progresistas.

Cualquiera de estas vías tendrá consecuencias en el corto plazo. Con elecciones municipales y autonómicas en el horizonte, y con la posibilidad de un adelanto electoral general, el tiempo juega en contra de los proyectos ambiciosos. La urgencia electoral no es compatible con las negociaciones complejas que requiere la construcción de una alternativa sólida.

La reflexión final

Más allá de las valoraciones personales sobre Rufián o Simón, el debate pone de manifiesto una realidad ineludible: la izquierda española enfrenta un dilema estructural. La diversidad ideológica y territorial, que en teoría debería ser una riqueza, se convierte en una debilidad ante un sistema electoral que premia la unidad y castiga la dispersión.

La iniciativa de Rufián, con todas sus dificultades, al menos tiene el mérito de volver a poner este problema sobre la mesa. La pregunta no es si la propuesta es loable o no, sino si existe la voluntad política necesaria para superar los intereses particulares en beneficio de un objetivo común. La respuesta, como sugiere Pablo Simón, no parece favorable.

En última instancia, la capacidad de la izquierda para competir efectivamente en el sistema político español dependerá no tanto de sus líderes, sino de su habilidad para resolver contradicciones internas que han demostrado ser más fuertes que cualquier llamamiento a la unidad. Mientras tanto, la derecha, unida y movilizada, sigue sumando victorias que, como advierte el politólogo, podrían consolidarse en mayorías absolutas si la fragmentación progresista persiste.

Referencias