El encuentro entre Alavés y Real Sociedad en los cuartos de final de la Copa del Rey ya prometía emoción con un marcador de 2-1 favorable a los locales, pero fue una decisión arbitral en el minuto 61 la que terminó por convertirse en el centro de todas las conversaciones. Lo que ocurrió en Mendizorroza trascendió el resultado para convertirse en uno de los momentos más controvertidos y, sin duda, más inusuales de toda la temporada futbolística.
La jugada en cuestión comenzó como una acción ofensiva más. Toni Martínez, delantero del Alavés, buscó explotar el espacio detrás de la línea defensiva visitante. En su carrera, el atacante sufrió un resbalón que alteró completamente el desarrollo de la acción. Duje Caleta-Car, central croata de la Real Sociedad, logró recuperar posiciones y colocarse correctamente para neutralizar la amenaza. Fue entonces cuando se produjo el contacto que desataría la polémica.
Dentro del área, ambos jugadores mantuvieron un forcejeo característico de los duelos defensivos. Sin entradas violentas, sin zancadillas, sin empujones exagerados. Caleta-Car intentó sujetar levemente la camiseta de su rival para impedir su progresión, un gesto común en el fútbol de élite. Sin embargo, el desequilibrio previo de Toni Martínez hizo que ese mínimo contacto tuviera una consecuencia inesperada: la camiseta se elevó hasta cubrir parte de la cara del delantero, obstaculizando momentáneamente su visión del campo.
El árbitro principal, Alejandro Quintero González, no había detenido la acción en primera instancia. El juego continuó su curso hasta que el VAR, dirigido en esta ocasión por Daniel Trujillo Suárez, le llamó para revisar las imágenes. Lo que siguió dejó a todos los presentes en estado de shock. Tras varias repeticiones, el colegiado señaló penalti, pero no por un agarrón claro, ni por derribo, ni por conducta violenta. La razón fue absolutamente inédita: sancionar que la camiseta del atacante hubiera sido levantada, generando una pérdida momentánea de visión.
La decisión generó estupor en todos los sectores del estadio. Jugadores, cuerpo técnico y aficionados contemplaban la situación con incredulidad. El reglamento contempla sanciones por agarrar a un adversario de manera que impida su movimiento, pero nunca antes se había visto una interpretación tan extrema y literal. El contacto había sido mínimo, propio de la dinámica del juego, y la consecuencia visual fue producto del azar, no de una intención deliberada del defensor.
Mendizorroza estalló en celebración, mientras la delegación de la Real Sociedad protestaba con vehemencia. Los jugadores visitantes no podían creer que una acción tan intrascendente se convirtiera en una pena máxima. La interpretación del VAR abría un precedente peligroso: ¿cualquier contacto mínimo que altere la visión del atacante, aunque sea accidental, sería sancionado con penalti? La pregunta resonaba en el terreno de juego.
El momento de la verdad llegó desde los once metros. Toni Martínez, protagonista involuntario de toda la polémica, asumió la responsabilidad de la ejecución. El delantero escogió lanzar a su derecha, pero Alex Remiro, portero de la Real Sociedad, había estudiado las tendencias del rival y adivinó perfectamente la trayectoria. Con una intervención magistral, el guardameta navarro desvió el balón, manteniendo el 2-1 en el marcador y evitando que la polémica decisión arbitral tuviera consecuencias definitivas en el resultado.
La parada de Remiro adquirió un valor incalculable. No solo evitó el 3-1, sino que mantuvo vivas las opciones de remontada para su equipo en un momento en el que la moral podría haberse desplomado por completo. El portero se convirtió en el héroe silencioso de una noche que, de otra manera, habría pasado a la historia por las peores razones para la Real Sociedad.
El debate posterior se centró en la necesidad de una mayor claridad reglamentaria. Si bien el VAR fue creado para corregir errores claros y evidentes, su intervención en esta ocasión generó más confusión que certeza. Los expertos en arbitraje se dividieron entre quienes defendían la estricta aplicación del reglamento y quienes advertían sobre el peligro de interpretaciones excesivamente literales que rompen con el espíritu del juego.
Para la Real Sociedad, el partido continuó con la tensión de quien ha sido perjudicado por una decisión cuestionable, pero también con la confianza de contar con un portero capaz de revertir la situación. Para el Alavés, la oportunidad de sentenciar se esfumó y el partido mantuvo su dramatismo hasta el final.
Este incidente servirá como caso de estudio en las academias de arbitraje y en los análisis futbolísticos de los próximos meses. La línea entre el contacto permitido y la falta sancionable se ha vuelto más difusa que nunca, y la tecnología, lejos de resolver las dudas, ha añadido una nueva capa de complejidad a la interpretación del juego.
El fútbol, en su esencia, es un deporte de contacto donde los jugadas fortuitas forman parte del espectáculo. La intervención del VAR en este tipo de acciones minuciosas plantea serias interrogantes sobre el futuro del arbitraje. ¿Hasta dónde debe llegar la revisión tecnológica? ¿Qué margen de error humano es aceptable? ¿Cómo se protege la espontaneidad del juego sin sacrificar la justicia?
Mientras estos debates continúan, el penalti de Mendizorroza ya forma parte de la historia reciente del fútbol español como uno de los momentos más insólitos y debatidos. Una acción que comenzó con un resbalón y terminó en el VAR, que pasó de un forcejeo ordinario a una polémica internacional, y que demostró que, en el fútbol moderno, hasta el detalle más mínimo puede convertirse en el centro de atención mundial.
La lección para jugadores, entrenadores y aficionados es clara: en la era del VAR, cualquier gesto, por mínimo que parezca, puede ser analizado, revisado y sancionado. La precisión tecnológica choca con la naturaleza impredecible del juego, creando situaciones que, como esta, desafían la lógica tradicional del fútbol.