Una jornada histórica para el deporte catalán ha quedado marcada por un incidente que trasciende lo puramente competitivo. Mientras Oriol Cardona, Ot Ferrer y Maria Costa disputaban su participación en la prueba de esquí de montaña de los Juegos Olímpicos de Milán-Cortina 2026, los servicios de seguridad del evento tenían una misión paralela: la retirada de toda simbología catalana de las gradas.
El escenario era Bormio, una localidad alpina italiana que acogía esta disciplina olímpica. En las gradas, familiares y seguidores de los deportistas catalanes habían desplegado pancartas de apoyo y banderas para animar a sus representantes. Sin embargo, esta muestra de fervor regional fue interceptada por los agentes de seguridad olímpica.
La intervención fue inmediata y contundente. Poco después del inicio de la competición, el personal de seguridad se acercó a los aficionados catalanes con una orden clara: entregar todas las banderas. Testigos presenciales describen cómo la frase "Lasciala" ("Déjala" en italiano) se convirtió en un estribillo repetido por los agentes durante el operativo. La actitud de los agentes, según relatan, fue firme pero sin violencia, insistiendo en el cumplimiento del reglamento olímpico.
El Comité Olímpico Internacional (COI) justifica esta actuación basándose en un principio fundamental de la Carta Olímpica: la absoluta neutralidad política de los Juegos. Según el reglamento, "no se permitirá ningún tipo de manifestación o propaganda política, religiosa o racial en ningún recinto o instalación considerada parte de los Juegos Olímpicos". Esta normativa, concebida para preservar el espíritu pacífico y universal del evento, se aplica con rigor en todas las ediciones, sin excepciones.
Los afectados, sin embargo, perciben la medida como una vulneración de su derecho a expresar su identidad cultural. A través de redes sociales, varios usuarios denunciaron la situación con mensajes que reflejaban su indignación. Una publicación destacada afirmaba: "Miembros de seguridad de los Juegos Olímpicos de Milán-Cortina nos han retirado senyeras mientras apoyamos a los deportistas catalanes participantes. Su 'libertad' pisotea la nuestra y esto no lo podemos tolerar". Estas publicaciones se viralizaron rápidamente, generando debate en la comunidad deportiva catalana.
El contexto de esta polémica no es nuevo. La relación entre el movimiento olímpico y los símbolos identitarios de Cataluña ha generado fricciones en múltiples ocasiones. El COI, como entidad rectora del deporte mundial, mantiene una postura inflexible: cualquier símbolo que pueda interpretarse como reivindicación política queda fuera de los espacios olímpicos. Esta interpretación amplia de "propaganda política" incluye tanto la estelada como la senyera, a pesar de que para muchos catalanes representan simplemente su identidad cultural y no una declaración política.
Los atletas catalanes, por su parte, se mantuvieron enfocados en la competición. Cardona, Ferrer y Costa lograron clasificarse para las semifinales, demostrando que el nivel del esquí de montaña catalán está entre el mejor del mundo. Su rendimiento deportivo, sin embargo, quedó eclipsado por el debate sobre la libertad de expresión en el ámbito olímpico. Los tres deportistas representaban a España, pero su origen catalán era evidente para quienes les seguían.
La tensión entre identidad colectiva y reglamentación internacional plantea interrogantes sobre los límites de la neutralidad en el deporte. Mientras el COI defiende la universalidad de sus principios, colectivos nacionalistas argumentan que la prohibición de símbolos regionales constituye una forma de censura. El debate se centra en si una bandera catalana representa inherentemente una postura política o si forma parte del patrimonio cultural de una comunidad histórica.
Este incidente en Bormio se suma a una serie de episodios similares en eventos deportivos de alto nivel. La política del COI respecto a símbolos no reconocidos internacionalmente como entidades soberanas es clara: solo las banderas de países miembros del Comité Olímpico Internacional tienen cabida en las ceremonias y competiciones. Esta regla afecta no solo a Cataluña, sino a otras regiones con aspiraciones de reconocimiento internacional, como Escocia, País Vasco o Cataluña misma.
La respuesta institucional ha sido tajante. Desde el organismo olímpico se recuerda que la decisión no busca menoscabar ninguna identidad, sino garantizar la igualdad de condiciones para todos los participantes y evitar que el evento se convierta en un escenario de disputas políticas. La neutralidad, argumentan, es el pilar que permite que atletas de más de doscientos países compitan en paz y armonía, lejos de las tensiones geopolíticas.
Para los familiares de los deportistas, la experiencia resultó frustrante y desconcertante. Habían viajado hasta los Alpes italianos para apoyar a sus representantes, llevando consigo símbolos que para ellos representan orgullo regional, no reivindicación política. La intervención de la seguridad les obligó a guardar las banderas, aunque algunos lograron captar imágenes del momento que rápidamente se viralizaron en redes sociales, alimentando el debate.
El incidente ha reavivado el debate sobre la autonomía del deporte respecto a la política. Mientras unos defendemos la necesidad de mantener los Juegos Olímpicos como un espacio libre de confrontaciones, otros cuestionan si esta neutralidad no termina por homogeneizar culturas y silenciar identidades legítimas. La tensión entre ambas posturas parece irresoluble dentro del marco actual del movimiento olímpico.
El esquí de montaña, disciplina relativamente nueva en el programa olímpico, se ha visto envuelto en esta controversia en su debut en los Juegos de invierno. La presencia de tres representantes catalanes entre los mejores del mundo hubiera debido ser la noticia principal, pero la polémica por las banderas ha desviado la atención mediática hacia el terreno político-administrativo.
Este episodio sirve como recordatorio de que los Juegos Olímpicos, más allá del espectáculo deportivo, son un complejo entramado de normativas, intereses políticos y tensiones identitarias. La capacidad del COI para mantener su apoliticismo en un mundo cada vez más polarizado se pone a prueba en casos como el de Bormio, donde las emociones locales chocan con la burocracia internacional.
Mientras tanto, los atletas catalanes continúan su camino en la competición, representando a España pero con la mirada puesta en demostrar el talento de su tierra de origen. Su éxito deportivo, independientemente de la bandera que ondee en el podio, constituye un logro para el esquí de montaña catalán y español, aunque la sombra de la polémica planea sobre sus actuaciones.
La polémica, sin embargo, persistirá más allá de los resultados deportivos. La pregunta sobre qué constituye propaganda política y qué es expresión cultural seguirá sin respuesta clara, al menos dentro del estricto marco olímpico. Para el COI, la línea está trazada y es innegociable; para muchos catalanes, la restricción sigue siendo injustificada y discriminatoria.