Pablo Iglesias rechaza jornadas de Pérez-Reverte sobre Guerra Civil

El exvicepresidente declina la invitación argumentando que no participa en foros organizados por propagandistas de ultraderecha

La polémica en torno a las jornadas de debate sobre la Guerra Civil española organizadas por el escritor Arturo Pérez-Reverte ha alcanzado un nuevo capítulo tras el rechazo explícito del exvicepresidente del Gobierno Pablo Iglesias. La respuesta, contundente y sin ambages, ha reavivado el debate sobre quién tiene legitimidad para establecer los marcos de discusión histórica en España y bajo qué condiciones debe celebrarse el diálogo democrático sobre episodios tan traumáticos del pasado nacional.

El anuncio de Iglesias se produjo durante su intervención en el programa Malas Lenguas de Televisión Española, donde el exlíder de Podemos no solo declinó la invitación, sino que la calificó con una metáfora demoledora: "Es como Julio Iglesias organizando unas jornadas sobre feminismo". Esta comparación, irónica y provocadora, dejaba claro desde el inicio su postura sobre lo que considera una contradicción insalvable entre el organizador y la temática propuesta.

Tras agradecer formalmente la invitación de Pérez-Reverte, Iglesias dejó constancia de sus razones fundamentales. No participa en foros organizados por propagandistas de la ultraderecha que insultan y provocan, afirmó con rotundidad, estableciendo una línea roja que va más allá de la mera discrepancia ideológica. Para el exvicepresidente, se trata de una cuestión de principios: no puede legitimar espacios que, a su juicio, están diseñados para promover agendas políticas concretas bajo la apariencia de debate histórico.

La invitación, que contemplaba la participación de Iglesias como ponente en las jornadas previstas para octubre en Sevilla, había sido justificada por Pérez-Reverte como una oportunidad para que "en vez de enviarnos 'escrachadores' disienta de manera razonable y civilizada". El escritor, conocido por su activa presencia en redes sociales y su posicionamiento político crítico con la izquierda, había insistido en la necesidad de incluir voces discordantes para enriquecer el debate. Sin embargo, esta argumentación no ha logrado convencer a sus destinatarios.

El rechazo de Iglesias no ha sido aislado. Previamente, el escritor David Uclés ya había anunciado su negativa a participar tras conocer que en el ciclo intervendrían el expresidente del Gobierno José María Aznar y el exdirigente de Vox Iván Espinosa de los Monteros. Esta decisión desencadenó una cascada de rechazos que incluyó al dirigente de Izquierda Unida Antonio Maíllo, al escritor Paco Cerdá y a la exvicepresidenta Carmen Calvo, entre otros. La presencia de figuras políticas asociadas a la derecha y la extrema derecha en el programa resultó incompatible, para muchos, con un debate histórico riguroso y neutral.

En su intervención, Iglesias ha matizado que su crítica no se dirige a la obra literaria de Pérez-Reverte, que reconoce y respeta, sino a su papel público como propagandista de la derecha. Según el exvicepresidente, el escritor ha desarrollado un patrón de comportamiento consistente en insultar "constantemente" a partidos de izquierda como Podemos, lo que, a su entender, invalida su capacidad para organizar un debate imparcial sobre la Guerra Civil.

Esta distinción entre el creador y el activista político resulta crucial para entender el fondo de la polémica. Iglesias argumenta que no se puede separar la figura pública, con sus posicionamientos ideológicos explícitos, de la capacidad para establecer marcos de discusión histórica. En este sentido, advierte de un riesgo mayor: los sectores de la izquierda no deben aceptar los marcos que establece la derecha y la extrema derecha para discutir sobre la Guerra Civil, porque esos planteamientos no permiten afrontar "la cuestión histórica clave para entender también nuestro presente".

La reflexión de Iglesias apunta a una preocupación profunda sobre la instrumentalización de la historia con fines políticos contemporáneos. La Guerra Civil española (1936-1939) y la posterior dictadura franquista siguen siendo heridas abiertas en la memoria colectiva del país, y su interpretación no es una mera cuestión académica, sino que tiene consecuencias directas en el debate político actual. Desde la aprobación de la Ley de Memoria Histórica hasta las controversias sobre la exhumación de Franco, pasando por la retirada de símbolos franquistas, la gestión del pasado es un terreno de batalla política constante.

Por ello, Iglesias insiste en que los historiadores profesionales no deben mezclarse con propagandistas de extrema derecha para comprarles el marco. Esta afirmación revela una estrategia clara: defender la autonomía del trabajo académico frente a la injerencia de actores políticos que, según su perspectiva, buscan legitimar versiones revisionistas o minimizadoras de las atrocidades del franquismo.

La polémica también ha puesto de manifiesto las tensiones en torno a la libertad de expresión y el derecho al debate. Mientras Pérez-Reverte y sus partidarios enfatizan la importancia de escuchar todas las voces, incluidas las disidentes, sus críticos cuestionan quién establece las reglas del juego y con qué objetivo. No se trata, según Iglesias, de cerrarse al diálogo, sino de no prestar su presencia a espacios que considera prediseñados para la confrontación ideológica.

De hecho, el exvicepresidente ha dejado la puerta abierta a un encuentro con Pérez-Reverte en un contexto diferente. Ha señalado que estaría dispuesto a debatir con el escritor en "un programa democrático" como Malas Lenguas, donde las condiciones de moderación y equilibrio garantizarían un intercambio de ideas genuino. Esta oferta alternativa busca desplazar el foco de la polémica hacia un terreno que Iglesias considera más neutro y legítimo.

La suspensión de las jornadas, anunciada esta semana tras la retirada de Uclés, deja en el aire la viabilidad de iniciativas de este tipo cuando la confianza entre las partes es nula. La experiencia demuestra que, en el actual clima político español, cualquier intento de debatir sobre la Guerra Civil que no cuente con un consenso previo sobre las reglas básicas del juego está condenado al fracaso.

El caso también ilustra la creciente polarización en el ámbito cultural y académico. La figura de Pérez-Reverte, admirado por millones de lectores pero también controvertido por sus posiciones políticas, se ha convertido en un símbolo de esta fractura. Para sus seguidores, representa la defensa de la libertad de expresión y la necesidad de desmontar el relato hegemónico; para sus detractores, encarna la banalización del discurso de derechas y la normalización de posturas que cuestionan los avances en materia de memoria histórica.

La respuesta de Iglesias, lejos de ser un simple rechazo a una invitación, constituye una declaración de principios sobre cómo debe construirse el conocimiento histórico en democracia. Su argumentación apela a la necesidad de proteger la integridad del debate académico frente a la politización partidista, y de mantener una distancia crítica con aquellos actores que, percibidos como agresivos o despectivos, no garantizan un clima de respeto mutuo.

En última instancia, esta polémica refleja un dilema más amplio: ¿cómo se reconcilia la pluralidad de visiones históricas con la necesidad de salvaguardar la verdad y la dignidad de las víctimas? ¿Es posible un debate genuino cuando los interlocutores parten de premisas ideológicas incompatibles? Y, sobre todo, ¿quién tiene autoridad para convocar a la sociedad a reflexionar sobre su pasado?

Mientras estas preguntas permanecen sin respuesta, la Guerra Civil sigue siendo no solo un tema histórico, sino un campo de batalla simbólico donde se dirimen las identidades políticas del presente. El rechazo de Pablo Iglesias a las jornadas de Pérez-Reverte no es, en este sentido, un episodio aislado, sino un síntoma más de la dificultad de construir un relato compartido sobre el pasado en una sociedad profundamente dividida.

Referencias