Elon Musk ha puesto a España en el punto de mira de su particular cruzada contra la regulación digital. Por primera vez, el controvertido propietario de X ha mencionado específicamente a nuestro país en su red social, y lo ha hecho con un ataque directo y personal contra el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. La irrupción de Musk en la política española no es un hecho aislado, sino la última pieza de un patrón de comportamiento que ya ha afectado a otros países europeos como Alemania o Reino Unido.
La confrontación se desató cuando Sánchez anunció su intención de reforzar el control sobre las plataformas digitales y exigir que sus directivos asuman responsabilidades penales por las infracciones cometidas en sus redes. Una propuesta que, en el contexto europeo actual, no resulta especialmente controvertida, pero que ha despertado la furia del magnate tecnológico. Musk no tardó en responder con un mensaje contundente: "El Dirty Sánchez es un tirano y traidor al pueblo de España".
Este comentario, que mezcla insulto personal con acusación política, llega en un momento particularmente delicado. Las oficinas de X en Francia han sido objeto de una redada policial este martes, y la Fiscalía de París ha solicitado que Musk se personara para ser interrogado sobre su responsabilidad en la difusión de contenidos negacionistas y deepfakes de carácter sexual. La coincidencia temporal no parece casual, y refuerza la percepción de que el empresario estadounidense responde a la presión regulatoria con ataques personales contra los líderes políticos.
El modus operandi de Musk es, por desgracia, predecible. Tras atribuirse buena parte del éxito de la victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de Estados Unidos, el multimillonario ha fijado su mirada en el Viejo Continente con la intención de replicar la fórmula. Su primer objetivo fue Alemania, donde llegó a afirmar que "AfD es lo único que puede salvar a Alemania" en respuesta a un tuit que denunciaba supuestos crímenes cometidos por inmigrantes en mercadillos navideños. Una declaración que no solo interfiere en los asuntos internos de un país soberano, sino que legitima a un partido de extrema derecha.
Sin embargo, la obsesión principal de Musk ha sido Reino Unido. Durante el último año, el empresario ha lanzado cientos de ataques virulentos contra el gobierno laborista de Keir Starmer. Las acusaciones han sido de lo más grave: desde afirmar que el Ejecutivo británico "soltaba a pedófilos de las cárceles" hasta sugerir que fomentaba una "guerra civil". Musk ha llegado a pedir la dimisión de Starmer, el cambio de gobierno e, incluso, en momentos de mayor exaltación, la horca.
La estrategia de Musk en Reino Unido ha incluido la promoción de voces extremistas y desacreditadas. El caso más evidente es el de Tommy Robinson, un activista islamófobo y criminal convicto cuya toxicidad es tal que hasta Nigel Farage, líder del partido populista Reform UK, se ha visto obligado a distanciarse de él. No obstante, Musk ha elevado su perfil, y en septiembre de 2025, Robinson convocó una manifestación que reunió a miles de personas. Ante esta situación, Musk instó a disolver el Parlamento británico y convocar elecciones anticipadas.
El patrón es claro: cuando un gobierno europeo intenta regular las grandes plataformas tecnológicas o proteger a sus ciudadanos de contenidos dañinos, Musk responde con una campaña de desinformación y ataques personales. La retórica es siempre la misma: los gobiernos están "asustados" de él y de su plataforma porque "ofrecen libertad de expresión a los europeos" que de otro modo "son censurados". Según esta narrativa, los líderes electos "no representan la voluntad del pueblo" y han sido "reemplazados por una clase complaciente de votantes inmigrantes".
Esta última frase, que Musk ha retuiteado y avalado, revela la verdadera naturaleza de su discurso: una mezcla de teorías conspirativas, xenofobia y populismo digital. La idea de que los gobiernos europeos están siendo manipulados por un supuesto bloque de votantes inmigrantes no solo carece de fundamento, sino que reproduce argumentos de la extrema derecha. Es una narrativa peligrosa que busca deslegitimar no solo a los políticos individuales, sino a los sistemas democráticos europeos en su conjunto.
En el caso español, la acusación de "traidor al pueblo" resulta particularmente irónica. Pedro Sánchez, con todos sus defectos y polémicas, es un presidente electo democráticamente que goza de una mayoría parlamentaria. La decisión de regular las plataformas digitales no es un capricho personal, sino una demanda creciente de la sociedad civil y de las instituciones europeas. La Unión Europea ha aprobado el Digital Services Act (DSA) precisamente para abordar los riesgos de las grandes plataformas, y España no hace más que cumplir con su obligación de transponer y aplicar esta normativa.
La respuesta de Musk, sin embargo, no se limita al ámbito de la política española. Al retuitear mensajes que hablan de un "ataque sin precedentes" de España, Francia y Reino Unido contra X, el empresario está construyendo una narrativa de victimización que le sirve para presentarse como el defensor de la libertad de expresión. Es una estrategia que le ha funcionado en Estados Unidos, donde su apoyo a Trump le ha convertido en un actor político de primer orden. Ahora intenta exportar ese modelo a Europa.
La pregunta que surge es por qué Musk actúa de esta manera. ¿Es una defensa genuina de la libertad de expresión? ¿Una respuesta emocional a la regulación que amenaza su modelo de negocio? ¿O una estrategia calculada para mantener su influencia política y económica? Lo más probable es que sea una combinación de todos estos factores. Musk ha demostrado una sensibilidad particular a cualquier intento de regular X, que considera su "caja de resonancia" personal. Al mismo tiempo, su creciente involucramiento en la política estadounidense le ha mostrado el poder que puede ejercer alineándose con movimientos populistas.
Para España, este nuevo escenario plantea desafíos significativos. Por un lado, la interferencia de un magnate extranjero en los asuntos internos del país es inaceptable y debe ser tratada con la firmeza que requiere. Por otro, la respuesta no puede caer en la trampa de la polarización que Musk busca generar. La regulación de las plataformas digitales es necesaria y legítima, pero debe implementarse de manera transparente y respetando los principios fundamentales del Estado de derecho.
La experiencia de Reino Unido y Alemania demuestra que ignorar los ataques de Musk no es una opción viable. Sus mensajes, por absurdos que parezcan, tienen un impacto real en la opinión pública y pueden alimentar movimientos extremistas. Sin embargo, tampoco es conveniente entrar en un intercambio de provocaciones que solo amplifica su visibilidad. La estrategia debe combinar firmeza institucional con la desactivación de sus narrativas mediante hechos y argumentos sólidos.
En definitiva, la irrupción de Elon Musk en la política española es un recordatorio de los riesgos de la concentración de poder digital en manos de unos pocos actores privados. Cuando un individuo puede amenazar, insultar y desestabilizar gobiernos electos desde su teléfono móvil, estamos ante un problema de dimensiones sistémicas. La respuesta no puede ser solo nacional, sino que requiere una coordinación europea firme y un debate profundo sobre los límites de la libertad de expresión en la era digital.
España ha entrado en el radar de Musk, y es probable que no sea la última vez que escuchemos sus comentarios sobre nuestro país. Lo que está en juego no es solo la reputación de un presidente, sino la capacidad de nuestras instituciones para defender la democracia frente a la desinformación y la injerencia extranjera. Es un desafío que debemos afrontar con determinación, pero también con la serenidad que caracteriza a las democracias maduras.