Alberto Garzón: La transición energética como desafío global

El exministro analiza en su nuevo libro cómo abandonar los combustibles fósiles sin sacrificar el bienestar social en un contexto de tensiones geopolíticas

El actual panorama internacional nos demuestra que los momentos de crisis pueden convertirse en catalizadores de transformación. La figura controvertida de Donald Trump, lejos de consolidarse como un agente de estabilidad, ha desencadenado una reacción en cadena que está modificando las dinámicas geopolíticas tradicionales. Su presidencia, caracterizada por decisiones impulsivas y una retórica confrontacional, está provocando que antiguos aliados reconsideren sus posiciones y que nuevas alianzas surjan con una urgencia inédita.

En este contexto de reconfiguración global, la comunidad internacional está despertando de una complacencia que duró décadas. La defensa de intereses comunes está superando viejas rivalidades ideológicas, como demuestran los recientes acuerdos comerciales entre la Unión Europea y mercados emergentes. La firma de pactos estratégicos con potencias asiáticas y latinoamericanas representa un desafío directo al unilateralismo que ha caracterizado la política exterior estadounidense en los últimos años.

La región latinoamericana, particularmente, está protagonizando un giro significativo. La reciente cumbre en Panamá, donde siete jefes de Estado de diferentes tendencias políticas reconocieron su interdependencia, marca un antes y un después. Ningún país puede afrontar sus desafíos en solitario, coincidieron los líderes, mostrando una madurez política que desafía el proteccionismo norteamericano donde más duele: en el terreno económico.

Mientras tanto, dentro de Estados Unidos, las consecuencias de las políticas trumpistas empiezan a ser visibles. Los incidentes en Minnesota y el accionar de las autoridades migratorias han generado una ola de protestas que trasciende las divisiones partidistas. Incluso figuras del propio Partido Republicano cuestionan la gestión, mientras el dólar se debilita y la inflación se mantiene persistente. La ostentación de poder y la apertura de múltiples frentes internacionales están agotando la paciencia de una sociedad estadounidense cada vez más polarizada.

Frente a este escenario de transición permanente, donde la barbarie acecha como posibilidad real, surge la voz de Alberto Carlos Garzón Espinosa. El exministro de Consumo del gobierno español, que abandonó voluntariamente la política institucional hace dos años, continúa aportando ideas desde su perspectiva crítica y rigurosa. Su trayectoria como líder de Izquierda Unida y su militancia comunista desde juventud no han mermado su capacidad de análisis, sino que le proporcionan un marco teórico sólido para interpretar los cambios globales.

Garzón acaba de publicar 'La guerra por la energía. Poder, imperios y crisis ecológica', una obra que llega en el momento preciso para enmarcar el debate sobre nuestro futuro colectivo. Desde sus páginas, el autor plantea una cuestión fundamental: ¿cómo desvincular nuestras sociedades de la dependencia de los combustibles fósiles sin destruir las conquistas sociales alcanzadas durante más de un siglo?

La pregunta no es baladí. La transición energética se ha convertido en el desafío existencial de nuestra era, pero su implementación plantea dilemas complejos. Las energías renovables, aunque imprescindibles, requieren una reorganización completa de nuestros sistemas productivos y de consumo. Garzón advierte que este proceso no puede ser simplemente tecnocrático, sino que debe incorporar una dimensión profundamente política y social.

El libro de Garzón desgrana cómo las grandes potencias han utilizado históricamente el control de los recursos energéticos como herramienta de dominación. Desde el petróleo del siglo XX hasta los minerales estratégicos del siglo XXI, la energía ha sido siempre un factor de poder geopolítico. Sin embargo, la crisis climática ha añadido una urgencia sin precedentes, transformando lo que antes era una cuestión de seguridad nacional en una supervivencia planetaria.

Una de las contribuciones más valiosas del análisis de Garzón es su insistencia en que la transición no puede significar un retroceso en los derechos sociales. El ecologismo no debe ser un lujo para elites, sino un proyecto que garantice el bienestar material de las clases trabajadoras. Esta perspectiva, que une la tradición marxista con el ecologismo moderno, ofrece una alternativa a los discursos que culpabilizan al consumo individual mientras ignoran las responsabilidades estructurales.

El autor propone un cambio de paradigma que vaya más allá de las soluciones de mercado. Los mecanismos capitalistas de precio y oferta-demanda, argumenta, son insuficientes para afrontar una crisis de esta magnitud. Se requiere una planificación democrática y participativa que involucre a ciudadanos, trabajadores y comunidades en la toma de decisiones sobre su futuro energético.

La geopolítica de la energía limpia también ocupa un lugar central en la obra. Garzón analiza cómo la competencia por los materiales necesarios para las renovables (litio, cobalto, tierras raras) está reproduciendo viejas dinámicas de explotación, especialmente en el Global Sur. La transición justa debe incluir la justicia global, evitando que la descarbonización del Norte se construya sobre la sobreexplotación del Sur.

Desde su retiro de la primera línea política, Garzón ha mantenido una coherencia intelectual que le permite hablar sin ataduras partidistas. Su análisis no busca complacer a ninguna formación política, sino abrir un debate honesto sobre las contradicciones de nuestro modelo de desarrollo. Esta independencia le confiere una autoridad moral en un momento donde la desafección con la política tradicional es generalizada.

El libro también aborda la dimensión temporal del problema. La urgencia climática exige acciones inmediatas, pero las transformaciones estructurales requieren tiempo. Garzón propone un proceso de transición planificado que combine medidas de choque a corto plazo con transformaciones profundas a largo plazo. Esta doble perspectiva evita tanto el fatalismo como el gradualismo cómodo.

La experiencia de Garzón como ministro le da una comprensión práctica de las dificultades de implementar políticas transformadoras dentro de las instituciones. Conoce de primera mano la resistencia de los lobbies energéticos, la burocracia estatal y las limitaciones del marco europeo. Sin embargo, no cae en el cinismo ni el abandono, sino que propone estrategias concretas para construir mayorías sociales que presionen desde abajo.

En definitiva, la obra de Garzón nos invita a pensar la transición energética como lo que es: el desafío político, económico y social más importante de nuestra generación. No se trata solo de cambiar las fuentes de energía, sino de reimaginar cómo organizamos nuestras sociedades, distribuimos el poder y garantizamos la dignidad de todas las personas.

En un momento donde el debate público se polariza entre negacionismo climático y soluciones tecnocráticas que ignoran la dimensión social, la voz de Garzón recupera la tradición de un pensamiento crítico que busca transformaciones radicales pero inclusivas. Su análisis nos recuerda que el futuro no está escrito y que depende de nuestras luchas colectivas construir un modelo energético que sea sostenible, justo y democrático.

Referencias