Desde el pasado 2 de febrero, la ciudad eterna ha dado un paso controvertido en la gestión de su patrimonio histórico. El Ayuntamiento de Roma ha activado un sistema de entrada de pago de 2 euros para todos aquellos visitantes que deseen acercarse a la majestuosa Fontana di Trevi, uno de los monumentos más emblemáticos y fotografiados del mundo. Esta medida, anunciada inicialmente en diciembre, marca un punto de inflexión en la política turística de la capital italiana.
La tarifa se aplica de manera selectiva. Solo aquellos turistas que quieran bajar las escaleras de piedra y acceder al área inmediata de la fuente deberán abonar los 2 euros. La plaza circundante, que ofrece una vista panorámica del monumento barroco, permanecerá abierta de forma gratuita para todo el público. Este detalle es crucial, ya que permite que cualquier persona pueda seguir disfrutando de la vista general sin coste alguno.
Los horarios de aplicación son específicos: de lunes a viernes de 11:30 a 22:00 horas, mientras que los fines de semana el acceso restringido comienza más temprano, de 9:00 a 22:00 horas. Fuera de estos horarios, el acceso al área cercana a la fuente seguirá siendo libre, al menos por el momento.
La medida contempla importantes exenciones. Los residentes de Roma no tendrán que pagar por acercarse a su propio monumento. Tampoco deberán hacerlo las personas discapacitadas y sus acompañantes, ni los niños menores de 6 años. Estas excepciones buscan garantizar el derecho de acceso a los ciudadanos locales y a colectivos vulnerables.
El objetivo oficial es doble. Por un lado, controlar el turismo masivo que durante años ha saturado este punto neurálgico de la ciudad. Por otro, recaudar fondos para el mantenimiento y conservación del monumento del siglo XVIII, obra del arquitecto Nicola Salvi. Las autoridades municipales argumentan que la masiva afluencia de visitantes genera un desgaste constante que requiere inversiones continuas.
Las reacciones entre los turistas no se han hecho esperar y son claramente divididas. Durante los primeros días de implementación, muchos visitantes consultados por medios internacionales mostraron una actitud pragmática. Consideran que 2 euros es una cantidad razonable para disfrutar de una experiencia tan icónica y esperan que efectivamente sirva para reducir las aglomeraciones que dificultan la contemplación y la toma de fotografías.
Sin embargo, no faltan las voces críticas. Francesco Noto, un visitante siciliano, expresó su rotunda oposición a la iniciativa. Para él, visitar monumentos debería ser un derecho universal, no un privilegio sujeto a tarifas. Su comentario, "¿Pero qué le vamos a hacer? Pagamos y sonreímos", refleja la resignación de quienes ven con preocupación la mercantilización del patrimonio cultural.
Los datos de afluencia justifican, en parte, la preocupación municipal. Entre diciembre de 2024 y diciembre de 2025, la Fontana di Trevi recibió la visita de más de 10 millones de personas. Este período coincidió en gran medida con el Año Santo Católico, que atrajo a unos 33,5 millones de peregrinos a Roma, convirtiendo la ciudad en un hervidero de turistas durante meses.
La Fontana di Trevi no es el único monumento afectado por esta nueva política de tasas. El Ayuntamiento ha extendido la medida a otros cinco monumentos romanos que hasta ahora eran de acceso gratuito. Entre ellos destacan el Invernadero de Villa Borghese y el Museo Napoleónico, ambos joyas culturales que ahora requieren entrada.
Esta decisión se enmarca en una tendencia creciente en las principales ciudades turísticas europeas. Destinos como Venecia, Barcelona o Ámsterdam han implementado medidas similares para hacer frente al turismo de masas y sus efectos negativos: deterioro del patrimonio, gentrificación, saturación de servicios y pérdida de calidad de vida para los residentes locales.
El debate subyacente es complejo. Por un lado, está la necesidad de preservar el patrimonio histórico para las futuras generaciones. Las fuentes barrocas, esculturas y edificios antiguos requieren mantenimiento constante, y los presupuestos municipales son limitados. La tasa turística se presenta como una forma de que quienes disfrutan del patrimonio contribuyan directamente a su conservación.
Por otro lado, surge la cuestión de la democratización del acceso cultural. ¿Debería el patrimonio histórico, considerado patrimonio de la humanidad, estar sujeto a barreras económicas? Los críticos argumentan que incluso una tarifa modesta como 2 euros puede representar una barrera para familias numerosas o viajeros con presupuesto ajustado.
La experiencia de otros destinos sugiere que estas medidas pueden ser efectivas para reducir las aglomeraciones. En Venecia, la implementación de un sistema de reserva previa y tarifas para el centro histórico ha logrado descongestionar las calles en horas punta. Sin embargo, también ha generado controversia y debates legales sobre la libertad de circulación.
Para Roma, el desafío es particularmente delicado. La ciudad vive prácticamente del turismo, pero sus infraestructuras y monumentos muestran signos evidentes de sobrecarga turística. La Fontana di Trevi, con su tradición de lanzar monedas para asegurar el retorno a la ciudad, se ha convertido en símbolo de esta tensión entre el encanto turístico y la necesidad de protección.
La monedas recogidas de la fuente, que suman alrededor de 1,5 millones de euros anuales, ya se destinaban a obras de caridad. Ahora, con la nueva tasa, el Ayuntamiento espera recaudar fondos adicionales directamente para mantenimiento. El cálculo es simple: si cada uno de los 10 millones de visitantes anuales paga 2 euros, la recaudación potencial superaría los 20 millones de euros.
Sin embargo, la implementación no está exenta de desafíos logísticos. ¿Cómo se controlará el acceso? ¿Quién verificará la residencia? ¿Cómo se evitarán las colas adicionales que la propia medida pretende reducir? Estas son preguntas que las autoridades deberán resolver sobre la marcha.
El sector turístico local tiene opiniones divididas. Mientras algunos hoteleros y guías turísticos apoyan la medida como necesaria para la sostenibilidad del destino, otros temen que pueda disuadir a visitantes, especialmente en un momento en que la competencia entre ciudades europeas es feroz.
La perspectiva del viajero moderno también está cambiando. Cada vez más turistas buscan experiencias auténticas y sostenibles, y están dispuestos a pagar por una mejor gestión de los destinos. Para ellos, una tasa de conservación es más aceptable si se traduce en una experiencia de mejor calidad: menos aglomeraciones, mejor conservación y servicios mejorados.
El caso de la Fontana di Trevi puede sentar un precedente importante. Si la medida demuestra ser efectiva para preservar el monumento y mejorar la experiencia del visitante, otras ciudades con problemas similares podrían seguir su ejemplo. Sin embargo, si genera demasiada controversia o resulta ineficaz, podría frenar la tendencia hacia la tasación del patrimonio.
Mientras tanto, los viajeros que planeen visitar Roma deben tener en cuenta este nuevo coste en su presupuesto. Aunque 2 euros parezca una cantidad simbólica, sumada a otras tasas similares que puedan implementarse en el futuro, podría representar un incremento significativo en el coste total del viaje.
La Fontana di Trevi sigue siendo un testimonio del barroco romano en su máxima expresión. Sus figuras míticas, el agua cristalina y la luz dorada del atardecer continúan cautivando a quienes se acercan a ella. La pregunta ahora es si la nueva tasa conseguirá proteger esta magia para las generaciones futuras sin erosionar el espíritu democrático del acceso cultural.
En el corazón de Roma, donde la historia se respira en cada esquina, la Fontana di Trevi se ha convertido en el epicentro de un debate global sobre cómo gestionar el patrimonio en la era del turismo masivo. La solución de la ciudad eterna, al menos por ahora, tiene un precio: 2 euros por acercarse a la belleza.