El ex vicepresidente de la Comisión Europea y antiguo jefe de la diplomacia comunitaria, Josep Borrell, ha lanzado este sábado una seria advertencia sobre la vulnerabilidad estratégica de Europa. Durante su intervención enlaSexta Xplica, el político español analizó la reciente operación estadounidense en Caracas y la detención del presidente venezolano, Nicolás Maduro, y su esposa, Cilia Flores, quienes actualmente se encuentran recluidos en un centro penitenciario federal del distrito de Brooklyn en Nueva York. Este episodio, según Borrell, debería servir como un despertar brutal para las instituciones europeas.
La reflexión central del ex ministro gira en torno a una pregunta incómoda que planteó directamente a la opinión pública: "¿Qué haríamos los europeos si mañana los marines desembarcaran en Groenlandia?". La respuesta, que él mismo proporcionó sin ambages, es demoledora: "No haríamos gran cosa". Esta contundente afirmación pone de manifiesto lo que Borrell considera una debilidad estructural crónica del continente: la ausencia de una capacidad de respuesta rápida y autónoma en materia de defensa.
El mensaje es claro y directo. Estados Unidos, según el diplomático, "no cuenta con nosotros" a la hora de diseñar sus estrategias geopolíticas. La operación en Venezuela se ejecutó sin consulta previa ni coordinación con Bruselas, lo que demuestra un desprecio explícito por la opinión europea. Borrell se preguntó retóricamente qué más tendría que hacer Donald Trump para que Europa comprenda que Washington "ya no es nuestro gran aliado" en el sentido tradicional del término. La conclusión es inevitable: el Viejo Continente debe espabilar urgentemente y garantizar su defensa por sus propios medios.
La metáfora del paraguas protector resulta especialmente ilustrativa. Según el ex alto representante, "seguir viviendo bajo el paraguas protector de alguien que lo puede cerrar en cualquier momento no es una posición muy inteligente". Esta dependencia militar unilateral convierte a Europa en un actor internacional débil, fragmentado y con escasa relevancia cuando se trata de conflictos de mayor envergadura. La Unión sigue siendo una unión de estados que no habla con una voz única en materia de seguridad, lo que la incapacita para actuar con determinación en momentos críticos.
El contexto de la guerra en Ucrania sirve a Borrell como ejemplo práctico de esta subordinación. Una parte significativa de los países miembros teme, por encima de cualquier otra consideración, perder el respaldo militar estadounidense. El político catalán explicó que "saben que los europeos no tenemos las capacidades militares para sustituir a Estados Unidos". Esta realidad material explica por qué Volodímir Zelenski, el presidente ucraniano, "va a negociar a Florida y no a Berlín o a París". La capacidad de presión, de mediación y de ofrecer garantías de seguridad reside exclusivamente en Washington, no en las capitales europeas.
El análisis de Borrell sobre la operación en Venezuela va más allá de la retórica oficial. Desde su perspectiva, resulta ingenuo creer que el objetivo real sea la defensa de la democracia. El ex ministro ha señalado directamente los intereses económicos como motor de la intervención. "Venezuela es la primera reserva de petróleo del mundo. Uno que no es muy bueno, pero hay mucho", sentenció con contundencia. Esta afirmación desnuda la narrativa moralista para revelar los cálculos geoestratégicos que, según él, están detrás de la decisión estadounidense.
La comparación histórica resulta inevitable para el veterano diplomático. Borrell trazó un paralelismo explícito con el caso de Manuel Noriega en Panamá, recordando que aquella intervención también ocultaba objetivos estratégicos y económicos bajo la bandera de la libertad. El patrón, en su opinión, se repite de manera mecánica: primero vienen las sanciones y la presión diplomática, luego la justificación ideológica, y finalmente la acción directa para proteger intereses concretos. Para Borrell, esta recurrencia histórica debería enseñar a Europa a desconfiar de las explicaciones simplistas y a desarrollar su propio criterio estratégico.
En la última parte de su intervención, el ex alto representante valoró positivamente la actitud del Gobierno español. Mientras que los primeros comunicados comunitarios se limitaban a afirmar genéricamente que "el derecho internacional debe ser respetado", Madrid optó por desmarcarse de esa posición tibia. Esta decisión, según Borrell, demuestra una mayor sensibilidad hacia la realidad latinoamericana y una capacidad de jugar un papel propio en el escenario internacional. España, con sus vínculos históricos y culturales con la región, podría liderar una postura europea más equilibrada y menos dependiente de los dictados de Washington.
La lección final que extrae el diplomático es que Europa se encuentra en una encrucijada histórica. O continúa siendo un actor secundario, dependiente y sin voz propia, o toma conciencia de su situación y construye las capacidades de defensa autónomas que le permitan sentarse a la mesa de las grandes decisiones como interlocutor válido. El episodio venezolano, lejos de ser un asunto aislado, es un síntoma de una transformación global en la que los intereses estadounidenses ya no necesariamente coinciden con los europeos.
Borrell insiste en que el tiempo apremia. La transición hacia una autonomía estratégica real requiere inversiones masivas, coordinación política sin precedentes y, sobre todo, voluntad política. Sin embargo, la alternativa es peor: seguir siendo un continente rico pero indefenso, capaz de regular el tamaño de los tomates pero incapaz de proteger sus fronteras o sus intereses vitales. La soberanía defensiva no es un lujo ideológico, sino una necesidad práctica en un mundo donde las antiguas certezas se desvanecen.
El mensaje del ex alto representante es un llamado a la acción dirigido a los líderes europeos. La época de los paraguas compartidos sin condiciones ha terminado. Cada vez que Washington actúa unilateralmente, como en Venezuela, pone de manifiesto la impotencia europea. La pregunta no es si Europa quiere ser independiente, sino si está dispuesta a pagar el precio de su libertad de acción. Y ese precio, según Borrell, se mide en capacidades militares, unidad política y, fundamentalmente, en coraje para desafiar el statu quo.