Manuel Sans Segarra: la clave para controlar el estrés está en gestionar el ego

El médico y cirujano defiende que la tensión no proviene del exterior, sino de nuestra necesidad de control y comparación constante. Sus propuestas para alcanzar la armonía emocional.

España atraviesa por una crisis silenciosa de bienestar emocional. Las cifras son contundentes y coinciden en una misma dirección: la tensión crónica se ha instalado en la vida de la mayoría. Un informe reciente de Ipsos sobre salud mental ubica en torno al 60 % el porcentaje de ciudadanos que experimenta estrés de forma recurrente, una cifra que replica la media mundial pero que adquiere dimensiones preocupantes en nuestro contexto social. Esta prevalencia convierte la ansiedad cotidiana en un desafío de salud pública que avanza sin alharacas, minando la calidad de vida antes de ser detectado. La tendencia se refuerza en otros análisis sectoriales. El Estudio Internacional de Salud Mental de AXA para España consigna que casi seis de cada diez personas padecen este malestar, con una incidencia especialmente elevada entre las generaciones más jóvenes. En el ámbito laboral, el VII Estudio de Salud y Estilo de Vida de Aegona eleva la cifra hasta el 72 % de trabajadores que han sufrido episodios de estrés o ansiedad en los últimos doce meses. Estos datos dibujan un mapa de fatiga emocional generalizada que trasciende ámbitos y perfiles. El problema va más allá de los nervios puntuales. Cuando la tensión se perpetúa, el organismo acaba pasando factura. Los informes sobre bienestar en el entorno profesional y las encuestas de salud pública alertan de un incremento sostenido del malestar psicológico en los últimos ejercicios, con mayor presencia de síntomas como irritabilidad, dificultad para conciliar el sueño y problemas de concentración que terminan por erosionar las relaciones sociales y el rendimiento personal. El estrés, además, rara vez proviene de un único foco, sino de la acumulación de prisas, expectativas desbordadas y la imposibilidad de desconectar. Frente a este panorama, Manuel Sans Segarra, médico y cirujano de larga trayectoria, propone un cambio de paradigma. Su diagnóstico es rotundo: la fuente del malestar no reside en las circunstancias externas, sino en nuestro interior. "¿Sabe quién le provoca el estrés? El ego, el ego", afirma tajante. Desde su perspectiva, la tensión diaria se dispara cuando la vida se gestiona desde la comparación constante, el miedo paralizante o la necesidad desmedida de control sobre todo lo que nos rodea. La propuesta de Sans Segarra gira en torno a un eje central: gestionar el ego. No se trata de eliminar los problemas —que seguirán presentes—, sino de modificar la forma en que nos relacionamos con ellos. "En el momento que controle el ego, usted tendrá una sensación de paz, de armonía, tendrá capacidad de afrontar y gestionar las emociones, será capaz de venir aquí aunque tenga un trabajo y unas presiones tremendas. Las atenderá de una manera tranquila y progresiva", explica el especialista. Esta transformación, según defiende, no es meramente emocional, sino que tiene un correlato biológico mensurable. El doctor detalla la conexión entre nuestra psique y nuestra fisiología con una claridad contundente: "Piensen que toda acción anímica del ser humano tiene una bioquímica, es decir, hay una respuesta en el cerebro de neurotransmisores y de hormonas. Por lo tanto, solo si controlamos el ego, controlaremos esta neuroquímica y esta bioquímica, que es lo que nos condiciona todas estas enfermedades". En esencia, aprender a gestionar el ego sería el primer paso para frenar el estrés antes de que se cristalice en un desgaste crónico. La hipótesis de Sans Segarra encuentra respaldo en la neurociencia contemporánea. Las emociones sostenidas —como la ansiedad crónica, la frustración o el resentimiento— activan cascadas hormonales que afectan al sistema nervioso, inmunológico y cardiovascular. El cortisol, la adrenalina y otras moléculas de estrés, cuando se liberan de forma continuada, desencadenan procesos inflamatorios y alteran la homeostasis del organismo. Controlar el ego, por tanto, no es un ejercicio de autosuperación vacío, sino una intervención directa sobre nuestra biología. Pero, ¿qué significa exactamente controlar el ego? No se trata de anular la personalidad o la ambición, sino de reconocer los patrones mentales que generan sufrimiento innecesario. El ego, en esta lectura, es la voz interna que exige estar siempre por encima de los demás, que interpreta cada contratiempo como una amenaza existencial y que nos impide aceptar la incertidumbre. Gestionarlo implica cultivar la autoconciencia, observar esos pensamientos sin identificarse con ellos y elegir una respuesta más equilibrada. La práctica requiere herramientas concretas. La atención plena o mindfulness, la reestructuración cognitiva y la terapia de aceptación y compromiso son algunas de las técnicas que permiten distanciarse de las demandas del ego. Sans Segarra insiste en que este no es un proceso rápido, sino progresivo: cada pequeño paso hacia la regulación emocional modifica, a su vez, el paisaje neuroquímico cerebral. El impacto potencial de esta aproximación es considerable. Si el estrés es un problema de salud pública, la educación en gestión del ego podría convertirse en una estrategia de prevención primaria. En lugar de abordar únicamente las consecuencias —ansiedad, depresión, enfermedades cardiovasculares—, se actuaría sobre la causa raíz: la forma en que procesamos la realidad. Las instituciones y las organizaciones empresariales empiezan a tomar nota. Programas de resiliencia emocional, espacios de desconexión digital y formación en inteligencia emocional son tendencias crecientes en las políticas de bienestar laboral. Sin embargo, la propuesta de Sans Segarra va más al fondo: no basta con gestionar el estrés, hay que desmontar el mecanismo que lo genera. La reflexión final apunta a una reconversión cultural. Vivimos en un entorno que premia la sobreexposición, la comparación constante y la velocidad. Redefinir el éxito, aprender a valorar el aquí y el ahora y cultivar una identidad menos dependiente de la validación externa son desafíos colectivos. El control del ego, lejos de ser un ejercicio individualista, se presenta como una respuesta social al malestar generalizado. En definitiva, los datos no mienten: el estrés nos atraviesa. La invitación del doctor Sans Segarra es revisar el mapa con el que navegamos. Si el territorio interno cambia, la experiencia externa también lo hace. Y esa transformación, como él mismo defiende, es tanto una cuestión de salud mental como de salud física, de neuroquímica y de calidad de vida.

Referencias

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